| América
Latina, uno de los centros de la revolución
mundial
Para
enfrentar la contrarrevolución económica
de ajuste y saqueo que impulsan el imperialismo
y sus aliados, los trabajadores y los pueblos
se vienen movilizando activamente en grandes
zonas del planeta, protagonizando muchas
veces verdaderas insurrecciones.
Este enfrentamiento se da en un marco cualitativamente
distinto a partir del proceso que termino
en la caída del estalinismo en los
años 89-91. Esta caída significó
no solamente la destrucción a manos
del movimiento de masas del mayor aparato
contrarrevolucionario del siglo XX, sino
también el fin del orden mundial
impuesto en Yalta y Postdam. Así
se cierra la etapa abierta en la posguerra
(1945), que estuvo determinada por la vigencia
del frente único contrarrevolucionario
entre el imperialismo norteamericano y el
estalinismo mundial.
Desde los años 1989-91 lo que prima
en la situación internacional es
el desorden social y político. El
imperialismo comienza a perder el control
en regiones enteras. La ausencia del estalinismo
y la debilidad de las direcciones nacionales
traidoras hace que el ascenso mundial vaya
en forma más directa contra el imperialismo
yanqui, quien debe involucrarse de lleno
y responder política y hasta militarmente.
Ejemplos de esto son la invasión
a Irak, el derrotado intento de golpe en
Venezuela y ahora sus amenazas contra Irán.
La clase obrera y los pueblos conquistan
libertades democráticas y, al calor
de las luchas, van avanzando en hacer su
experiencia política con el régimen
democrático burgués y sus
instituciones. En forma desigual, en este
proceso se combinan la lucha por la liberación
nacional contra la dominación imperialista;
contra los gobiernos de turno y los regímenes
democrático burgueses, y la revolución
política contra sus viejas direcciones
políticas y sindicales.
Los trabajadores retoman su rol de vanguardia,
liderando a los otros sectores explotados
y desposeídos. Tras sacarse la losa
del estalinismo mundial, con sus particularidades
en cada país, la clase obrera empieza
a romper con los partidos tradicionales
y las burocracias sindicales que las dirigieron
durante años. La vanguardia se radicaliza
y hay crisis, realineamientos políticos
y rupturas, todo lo cual crea mejores condiciones
para el desarrollo de una nueva dirección
política revolucionaria.
Hoy la revolución mundial tiene tres
centros claramente marcados. Uno es el Medio
Oriente, donde existen varios focos de conflicto.
En Irak continúa la resistencia popular
contra la intervención militar yanqui,
que día a día se empantana
más. En Palestina, ante la crisis
del partido-régimen histórico
de la OLP, ganó el gobierno Hamas
y esto agudiza las fricciones con Israel
y los Estados Unidos. En Irán el
nuevo gobierno islámico avanza en
su desarrollo atómico independiente,
cuestionando fuertemente la hegemonía
imperialista norteamericana.
Otro núcleo del ascenso es Europa,
donde la clase obrera y los sectores populares
le dieron un duro golpe a su propio imperialismo
con el triunfo del No a la Constitución
europea en varios países y llevan
adelante grandes huelgas contra los planes
de ajuste, en especial en Francia, Alemania,
Italia y Portugal. El punto revolucionario
más alto hoy es sin duda Francia,
donde una poderosa lucha juvenil y obrera
de repercusión internacional acaba
de derrotar un proyecto de contrato laboral
flexibilizador, agravando así la
crisis del gobierno de Chirac y de todo
el régimen de la Vª República.
Todo esto repercute sobre los países
del este.
El tercer centro revolucionario, donde el
proceso ha adquirido un carácter
continental, es Latinoamérica. A
partir de la caída de Mahuad en Ecuador
en el 2000 y el Argentinazo del 2001, se
abre una situación nueva y superior
en el enfrentamiento con el imperialismo,
los gobiernos y regímenes democrático
burgueses, que profundiza los elementos
de la nueva etapa revolucionaria abierta
en el 89-91 a nivel mundial. Parte integrante
de este ascenso es la fuerte movilización
de millones de inmigrantes latinos en EE.UU.
que vienen de realizar un paro histórico
el 1º de Mayo, donde el gobierno de
Bush viene desprestigiado por el desastre
del huracán Katrina y el descontento
creciente con la guerra de Irak. Nuestro
país es parte fundamental de este
nuevo escenario que se desarrolla en el
continente.
El ascenso
latinoamericano es concientemente antiimperialista
y a puesto en crisis a los regímenes
democrático burgueses
Si EE.UU. siempre consideró a Latinoamérica
su patio trasero, en los últimos
30 años la dependencia económica
del imperialismo se ha profundizado. Con
la “globalización”, las
semicolonias latinoamericanas están
destinadas a ser proveedoras de materias
primas para el mercado mundial y mano de
obra barata para las multinacionales.
La imposición del Consenso de Washington
y su modelo neoliberal, cuya cara más
visible es la entrada de las transnacionales
al mercado de materias primas y también
al de servicios vía las privatizaciones,
redujo a la burguesía latinoamericana
al rol de socia minoritaria del imperialismo.
Si bien hay roces de algunos países
con el imperialismo, como muestran Venezuela
y Bolivia, en el plano político esta
dependencia implica que la mayoría
de los gobiernos nacionales responden más
a los intereses imperialistas que a los
de sus propias burguesías.
La política del imperialismo yanqui
y mundial sigue siendo la dominación
mediante el mecanismo de la deuda externa
y los consiguientes planes de ajuste, y
la depredación brutal de los recursos
naturales. A la vez EE.UU. mantiene su pretensión
de abrir por completo nuestros mercados
para colocar “libremente” sus
productos, como ya logró con México
y los países de Centroamérica.
Como el año pasado en la Cumbre de
Mar del Plata le fracasó el ALCA
por el enorme rechazo continental, ahora
busca avanzar vía los acuerdos comerciales
bilaterales como firmó con Chile
y hace poco con Uruguay.
Esta dominación imperialista y su
secuela de hambre, miseria, despidos, rebaja
salarial, precarización laboral y
desigualdad social en aumento vienen provocando
como respuesta un ascenso revolucionario
de masas que cruza todo el continente, con
Venezuela y Bolivia a la vanguardia. A distinto
ritmo según cada país, esto
se verifica en incesantes luchas, paros
y movilizaciones obreras, campesinas y populares,
incluso con levantamientos semi-insurreccionales
que han llegado a voltear varios gobiernos.
Un rasgo central del ascenso es su carácter
neta y concientemente antiimperialista.
Entre las masas de Latinoamérica
existe un odio visceral a Bush, EE.UU. y
las multinacionales; a su presencia y maniobras
militares, su saqueo económico y
su ingerencia política. Por eso ubican
al imperialismo yanqui como su principal
enemigo y llevan adelante movilizaciones
y levantamientos contra el saqueo y su dominación.
El otro proceso fundamental que recorre
el continente es la crisis de los regímenes
democráticos burgueses, provocada
por el desmoronamiento de las direcciones
políticas y sindicales históricas
de la mayoría de los países.
La crisis, el vaciamiento y la liquidación
de esos pilares y de los distintos sistemas
bipartidistas, tienen distintos ritmos y
están en distintos momentos en los
diferentes países. Sin embargo es
uno de los rasgos comunes en el continente.
Los viejos partidos de América Latina,
como el PRI Mexicano, el radicalismo y el
PJ en Argentina, o las distintas variantes
de democracias cristianas o socialdemocratas,
como los Adecos o Copei venezolanos no existen
más como lo que fueron. Esto se combina
con una gran radicalización y el
giro hacia la izquierda de franjas de masas.
Los nuevos
gobiernos
Es este profundo proceso de luchas, crisis
y avance político el que está
detrás del surgimiento de los nuevos
gobiernos latinoamericanos. Aunque salvo
Venezuela, que se mantiene como país
independiente desde hace varios años
y posiblemente Bolivia a partir de las nuevas
medidas que ha tomado Evo Morales –hay
que estudiarlo con más detenimiento-,
los nuevos gobiernos siguen siendo agentes
directos o indirectos del imperialismo.
Sin embargo todos han tenido que alejarse
de palabra del estilo neoliberal de la década
anterior y adoptar discursos populistas
y de centroizquierda para intentar estar
a tono con los cambios en la conciencia
que han experimentado las masas en el continente.
Así pasa con Lula en Brasil (cada
vez menos), Bachelet en Chile, Préval
en Haití o Vásquez en Uruguay.
Aunque Kirchner es el campeón del
doble discurso, donde cada medida antipopular
o hasta abiertamente entreguista como el
pago total al FMI debe encubrirla con una
retórica progresista. Tendremos que
ver cual es la dinámica que tomara
Humala si llegara a ganar la segunda vuelta
en Perú.
Desde ya, pese a las similitudes, no todos
los gobiernos presentan una dinámica
igual. No son lo mismo aquellos gobiernos
surgidos luego de estallidos revolucionarios
(Venezuela, Bolivia, Argentina) que aquellos
que asumieron en países donde no
se produjeron (Brasil, Chile, Uruguay),
y tampoco si quienes gobiernan han jugado
roles protagónicos en esos procesos
o provienen del movimiento de masas (Chávez
y Evo Morales) o no (Kirchner).
En Venezuela, los trabajadores derrotaron
el golpe proimperialista y el paro petrolero
patronal y conquistaron la independencia
política del país. Ya el Caracazo
había echado por tierra con el régimen
bipartidista de AD y COPEI. El gobierno
de Chávez es la expresión
suprestructural de ese proceso objetivo
y tiene una mayor solidez relativa por ser
la dirección de la revolución
bolivariana, por sus posturas contra el
imperialismo y obviamente por contar con
un recurso tan valioso como el petróleo.
Allí tiene planteado un enorme desafío
la UNT, la nueva central sindical que nace
apoyada en el triunfo popular y en cuya
dirección hay destacados dirigentes
revolucionarios agrupados en el PRS. Con
un millón de trabajadores afiliados,
entre ellos los petroleros de PDVSA, la
UNT es una nueva organización democrática
(el más importante organismo obrero
que ha surgido en Latinoamérica),
que ha conducido importantes triunfos, con
dirigentes reconocidos y una fuerte corriente
clasista, que se declara independiente del
gobierno y socialista; además es
referencia para amplios sectores de campesinos
y pobladores, todo lo cual puede transformarla
en un organismo de doble poder en la medida
que sigua la movilización y se logra
imprimirle un carácter no solo sindical
sino político, articulando con el
movimiento campesino y otros sectores populares
que se están movilizando.
En Bolivia, después de tres insurrecciones
en tres años, los trabajadores y
campesinos pobres impusieron al dirigente
cocalero de izquierda Evo Morales como presidente.
Esto es fruto del actual proceso revolucionario,
a cuyo frente están las Juntas Vecinales
de El Alto y otras organizaciones populares
y donde la lucha por nacionalización
del gas tiene un peso fundamental. A diferencia
de Venezuela y por el grado de entrega de
los recursos nacionales, Morales tiene muy
escaso margen para dar concesiones al movimiento
de masas y consolidar así un espacio
político sólido si no avanza
contra las multinacionales y el imperialismo.
Las recientes medidas que ha tomado van
en este sentido y por eso han despertado
la simpatía de los sectores populares
de toda Latinoamérica y el mundo,
aunque todavía son insuficientes.
Otro país clave es Brasil, el más
importante del continente, donde el gobierno
frentepopulista de Lula viene perdiendo
prestigio en amplios sectores obreros y
populares por sus medidas de ajuste y por
la alta corrupción. Hay una gran
crisis en la CUT y el PT, incluyendo la
ruptura de franjas de masas como los estatales.
Allí tenemos que seguir de cerca
el desarrollo del PSOL, un reagrupamiento
político de izquierda nacido de la
ruptura del PT y con sectores revolucionarios,
muy dinámico, que en octubre enfrentará
el reto de las elecciones presidenciales
y donde las encuestas le están dando
una posible votación que va del 5
al 9%, lo que le permitiría, de concretarse
esto, salir de este proceso como una clara
alternativa.
No son nuestros
gobiernos
Es de un sectarismo necio, igualar a Chávez
con Kirchner o Lula. Aunque ninguno de ellos
sea un gobierno revolucionario, ni Chávez
encabece un gobierno que plantea una salida
socialista ni de ruptura total con el imperialismo
es claro que el de Chávez es una
expresión superestructural del proceso
que recorre Latinoamérica y tiene
una mayor solidez relativa por haberse puesto
al frente del proceso de la Revolución
Bolivariana. Al tiempo que los primeros
pasos del gobierno de Evo Morales con la
nacionalización parcial del gas,
por ejemplo, indican un rumbo más
similar al de Chávez que al de Kirchner
o Lula. Pero si no se pueden considerar
como gobiernos “progresistas”
ni al de Kirchner, Lula, Tabaré o
Bachelt, tampoco son “nuestros”
gobiernos los de Venezuela o el de Evo Morales.
Independientemente de esto, frente a los
ataques que estos dos últimos sufran
por parte del imperialismo estamos convencidos
de que hay que defenderlos.
La perspectiva
En cuanto a la perspectiva general de la
lucha de clases en Latinoamérica,
creemos que el proceso revolucionario seguirá
avanzando, toda vez que no se avizora la
posibilidad por parte del imperialismo de
dar golpes importantes al movimiento de
masas. El ascenso ira haciendo que cada
vez más sectores hagan la experiencia
con los nuevos gobiernos y direcciones que
han surgido en el último periodo.
Seguirán deteriorándose los
regímenes democrático burgueses,
que vienen de haber recibido golpes tremendos.
Lo que indefectiblemente llevara a que se
produzcan nuevas crisis revolucionarias
donde se planteara nuevamente al rojo la
cuestión del poder y la posibilidad
de disputarlo.
Esta perspectiva, le plantea a los revolucionarios
de cada uno de los países latinoamericanos
el desafío de construir fuertes organizaciones
revolucionarias firmemente enraizadas entre
los trabajadores y sectores populares a
partir de la intervención en las
luchas y procesos políticos y sindicales
que se desarrollan. Al mismo tiempo que
la ausencia de una verdadera organización
internacional revolucionaria con peso en
franjas de masas y la debilidad y dispersión
de los agrupamientos existentes, plantea
la necesidad de avanzar en un proceso de
acercamiento y reagrupamiento en base a
un programa revolucionario y un funcionamiento
que nos permita convivir con diferencias.
A partir de las reivindicaciones más
sentidas del movimiento de masas, es imperioso
levantar en cada país un programa
y consignas de transición para movilizar
y enfrentar a los gobiernos de turno y sus
medidas, en el camino de lograr gobiernos
obreros y campesinos u obreros y populares,
basado en las alternativas políticas
de clase y organismos de masas existentes.
Es cierto que el imperialismo yanqui, como
última salida, puede alentar golpes
de Estado como lo hizo en 2002 en Venezuela,
donde fracasó. Pero la crisis y el
descrédito de las FF.AA. tras la
caída de las dictaduras militares
le dificulta enormemente tal posibilidad.
Es más probable que ante la agudización
de las luchas los gobiernos apelen a medidas
represivas, y que vayamos a nuevos estallidos
revolucionarios contra las nuevas variantes
políticas patronales que han surgido
en este último tiempo, como parece
estar acercándose en Ecuador.
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