| Ahora
es cuando
El
9 de julio próximo se cumplen 190
años de la declaración de
la independencia de nuestro país.
Pero el sueño de San Martín
y Bolívar está inconcluso.
Ese sueño, por el que lucharon y
murieron miles de patriotas, era el de una
América Latina unida en una gran
nación. Una república que
pudiera hacer frente a las ambiciones expansionistas
de Estados Unidos e Inglaterra, frente a
la decadencia de los imperios español
y portugués. La acción imperialista
y la debilidad, la decadencia y vacuidad
de la burguesía local impidieron
que se concretara esa unidad latinoamericana.
Hoy, casi doscientos años después,
seguimos siendo semicolonias explotadas
y saqueadas por las potencias imperiales
de esta época.
Sin embargo, los inicios del siglo XXI nos
vuelven a plantear, una vez más,
el desafío de conquistar nuevamente
la independencia, una segunda definitiva
independencia de “toda potencia extranjera”.
Desde finales del siglo XX, los pueblos
pobres, las masas trabajadores del continente
están realizando una nueva gesta
histórica. Por eso la realidad lo
plantea nuevamente. Como lo hizo en más
de una oportunidad a lo largo de estos dos
siglos.
Con diferentes ritmos y las particularidades
de cada país, el proceso latinoamericano
es único. Un proceso donde domina
el ascenso del movimiento de masas. Donde
se combinan las luchas de los obreros más
avanzados como los petroleros de Venezuela
o la Patagonia argentina, con las poblaciones
de los pueblos originarios en Bolivia, Ecuador
o Perú. Los estudiantes chilenos
y los trabajadores de los servicios, los
desocupados y los sin tierra. Un movimiento
de masas potente demolió en las últimas
dos décadas el sistema político
de dominación, ajuste y entrega que
capitaneaban los viejos partidos. La revolución
bolivariana, que derrotó al golpe
pro yanqui que volvió a instalar
en el gobierno a Chávez y al paro
patronal petrolero, tiene puntos de contacto
con el Argentinazo de 2001, las rebeliones
reiteradas en Bolivia, los levantamientos
indígenas, de trabajadores y campesinos
en Ecuador. Procesos todos estos que pusieron
en crisis terminal a los viejos regímenes
democráticos donde se alternaban
partidos patronales agentes directos del
imperialismo yanqui.
El giro a izquierda en el movimiento de
las masas latinoamericanas se expresa, aunque
todavía de manera inconsciente, en
el reclamo de medidas profundamente anticapitalistas
y antiimperialistas. La simpatía
que ha despertado en todo el continente
la nacionalización de los hidrocarburos
por parte del gobierno de Evo Morales, aunque
parcial e insuficiente, es un síntoma.
Lo mismo que los discursos antiyanquis de
Chávez. En el caso del gobierno Kirchner
su doble discurso se debe fundamentalmente
a que éste ha realizado una lectura
realista de la situación del país
y del continente. Por eso, aunque termina
cediendo al gran capital y al imperialismo,
tironea y tiene poses críticas como
en su momento hizo con el FMI aunque terminó,
como Lula y Tabaré Vázquez,
pagando al contado toda la deuda con ese
organismo internacional. Haciendo ahora
una propuesta parecida a los integrantes
del Club de París. Todos ellos son
gobiernos distintos que expresan el desarrollo
desigual tanto de alternativa política
como de crisis de los viejos regímenes
y profundidad del asenso. Sin embargo, tanto
la relativa independencia de Venezuela y
el asedio por parte de Estados Unidos que
recibe Evo Morales, como la colaboración
descarada de Lula comandando el operativo
Haití y las piruetas de Kirchner
como para quedar en la centroizquierda,
son parte de la crisis política que
sacude al continente. Las masas latinoamericanas
buscan romper con las políticas de
ajuste y saqueo de las últimas décadas,
levantan reivindicaciones de renacionalización,
estatización y recuperación
de conquistas arrebatabas.
La energía que está desplegando
el movimiento de masas es enorme. Y no sólo
sacude a los viejos partidos y direcciones.
También a los nuevos que vacilan,
son inconsecuentes o traicionan. La traición
de Lula y la decadencia moral de ese partido
ha desprendido a izquierda a una nueva organización
como el P-SOL que, aunque todavía
es pequeña, ha ganado influencia
política en sectores masivos de trabajadores
y populares. Por su parte allí donde
todavía las masas no ven los límites
de gobiernos burgueses relativamente independientes
como en Venezuela se desarrolla un proceso
de creación de poder obrero y popular
cuando éste encuentra dirigentes
consecuentes. Es lo que ocurre con la UNT
de Venezuela que, a pesar de la fractura
provocada por un sector burocrático
minoritario, muestra el camino de conformación
de un organismo de poder obrero y popular.
En Argentina, el proceso se da con fuerza
en la liquidación de un partido centenario
como la UCR y la crisis enorme que sacude
al PJ. Pero el surgimiento de lo nuevo es
todavía incipiente, está recorriendo
recién los primeros pasos tanto en
lo que hace a alternativa política
como a nueva dirección obrera, sin
embargo distintos luchadores se comienzan
a organizar. Un ejemplo de ello es el espacio
por la recuperación del petroleo
(ver página central). También
se desarrollan foros y encuentros en defensa
de la salud y la educación pública,
hay movimientos contra el pago de la deuda
externa. Y, se están dando pasos
en el reagrupamiento político de
los luchadores y la izquierda. Entre los
trabajadores una parte de los nuevos dirigentes
obreros provenientes de distintas experiencias
y sectores comienzan a coordinar dentro
del Movimiento Intersindical Clasista. Estos
son ejemplos a desarrollar y seguir.
Pero en todo el continente hay decenas de
movimientos sociales, que se elevan a la
pelea política porque sinceramente
luchan por esos reclamos.
La construcción de una verdadera
nación latinoamericana no es una
utopía sino una necesidad. Pero esta
es una tarea titánica. No se resuelve
con intentos de integraciones regionales
de neto corte capitalista, como el MERCOSUR,
que desde su fundación ha servido
como oficina de negocios de multinacionales
y grandes grupos económicos sin beneficiar
a ninguno de los pueblos de los países
miembros, tampoco la integración
venezolana a ese espacio servirá
en este sentido.
Tampoco es el camino la negociación
entre gobiernos por el precio de los productos
básicos como es el caso del gas boliviano,
los barcos que necesita Venezuela, los alimentos
que puede suministrar Argentina, o el desarrollo
industrial alcanzado por Brasil.
No se puede tratar de una disputa entre
países con pueblos empobrecidos,
y saqueados y multinacionales y grandes
grupos económicos haciendo ganancias
multimillonarias. Con un plan continental
solidario en meses se terminaría
con el hambre y la miseria de centenares
de millones de latinoamericanos. Un intercambio
de acuerdo a las necesidades de cada uno
de países podría provocar
el desarrollo más rápido nunca
visto de toda esta parte del planeta.
Pero el problema es político. No
existe hoy en ninguno de nuestros países
una dirección que levante esa propuesta
con peso de masas.
El papel que jugaron hace dos siglos Bolívar,
San Martín, Castelli, Moreno y todos
aquellos hombres que lucharon incansablemente
por la libertad del continente, hoy está
vacante. No serán los viejos dirigentes
y partidos repudiados por el pueblo trabajador
quienes lo cumplan. Queda en manos de los
luchadores actuales, en su gran mayoría
anónimos, como en su momento lo fueron
aquellos. Serán esos luchadores sociales,
trabajadores, campesinos, desocupados y
otras fuerzas que representen al pueblo
pobre junto a una nueva izquierda quienes
tendrán que poner en pie esa alternativa
que luche consecuentemente por una segunda
y definitiva independencia y una verdadera
integración solidaria latinoamericana.
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