| Entre
espías y contramarchas
La temperatura de
la campaña electoral está
subiendo rápidamente. Y por caminos
de escándalo. Ante la presentación
en sociedad del candidato Blumberg, que
ahora quiere demostrar que representa a
toda la sociedad y por eso prepara una marcha
en Fiorito de la mano de Raúl Castells,
el gobierno de Kirchner contestó
con la contramarcha de D’Elía.
Pero como del ridículo es difícil
volver, ahora los asesores del presidente
destaparon la olla donde se cocinaba a fuego
lento el pasado de espía, del diputado
al que contrataron casi todos, incluso Kirchner,
para manejar “la seguridad”
en momentos de crisis, Juan José
Álvarez. Por supuesto que Álvarez
retrucó, “esto es una operación
política” dijo. Y pidió
que se informe también el prontuario
de los funcionarios del gobierno actual
que fueron compañeros suyos en la
cueva de espías que pagó la
Banelco de la Flexibilización Laboral
de De La Rúa y que cada día
investiga, persigue y arma carpetas. Las
dos cosas son ciertas, Álvarez fue
funcionario de la Side y hacer pública
esta información fue una operación
política contra Lavagna. Y para disciplinar
dirigentes díscolos del PJ. Contramarchas
y carpetas voladoras son el principio de
una campaña electoral que pinta ser
muy movida.
Pero más allá de los discursos
y zancadillas de campaña está
la realidad. La política de todos
los días que muestra un Kirchner
tomando medidas que no solucionan los graves
problemas de la población trabajadora
y que en muchos casos los empeoran, al tiempo
que comprometen al país. La “nueva”
ley de educación, los convenios petroleros
con Repsol y Petrobras, un anuncio de aumento
a los jubilados que recién se empezará
a pagar en febrero del año próximo.
La amenaza permanente de una crisis energética
y la vuelta de los apagones en verano. Lo
mismo que el aumento constante de los precios
a los productos de consumo popular que empujan
la inflación mientras que para conseguir
un aumento salarial tienen que producirse
duras luchas de los trabajadores. Conforman
el mar de fondo sobre el que se asienta
el escenario donde Kirchner representa la
comedia del doble discurso. Por eso las
advertencias en tono apocalíptico
de los analistas de la gran patronal como
Joaquín Morales Solá, que
critica la política de destrucción
de los partidos tradicionales que lleva
adelante el presidente. O el enojo mediático
de Grondona, que cuestiona la inconstitucionalidad
de los indultos agitando el fantasma de
una “venganza” de los militares
y sus socios civiles como Martínez
de Hoz. Inconstitucionalidad que le cargan
al presidente cuando en realidad, la lucha
contra la impunidad es parte del avance
de las luchas populares.
Lo que estos analistas no comprenden, no
pueden o no quieren ver es que el presidente
está obligado a dar pequeñas
concesiones cosméticas, antes de
que algunas reivindicaciones sean arrancadas
por la bronca popular. Lo que no quieren
o no pueden analizar los Solá o los
Grondona,
es la sensación de vértigo
en la que se maneja Kirchner al sentir todavía
el rumor del “que se vayan todos”
no se evapora y su recuerdo se mantiene
amenazante.
Kirchner necesita el doble discurso para
mantener las expectativas de un pueblo que
aprendió a revocar ministros y presidentes
por la acción directa en las calles.
Mientras tanto, la oposición de derecha
o de centro encuentra el techo a que la
lleva en el caso de Macri y López
Murphy al escaso espacio para su propuesta
mientras que la alianza de radicales con
pejotistas rebeldes que proponen a Lavagna
acaba de sufrir un duro golpe con el descabezamiento
de Álvarez. Al tiempo que los restos
dispersos de menemismo están intentando
conformar una confederación de pequeños
partidos provinciales que adherirían
al Frente para la Victoria del presidente.
Donde hay espacio es para el lado izquierdo.
El obstáculo es aquí que la
falta de unidad, y las viejas prácticas
de una izquierda que se resiste a aprender
de la nueva situación rompiendo con
el sectarismo autosuficiente. O la búsqueda
de un poco de calor hacia el centroizquierda
que buscan algunos sectores que se inclinan
al oportunismo, cumplen al final el mismo
papel divisionista.
El sentido que tiene la propuesta de precandidatura
presidencial de Patricia Walsh impulsada
desde el MST es justamente el de buscar
los caminos para levantar una fórmula
única de la izquierda que sume a
aquellas organizaciones políticas
y sociales, a aquellas personalidades independientes
que unidas por un programa consecuente pongan
en pie una nueva izquierda con vocación
de poder para llevar adelante las transformaciones
de fondo que el país y el pueblo
trabajador necesitan. Estamos convencidos
de que hay espacio para esta propuesta.
El desafío es salir a ganarlo.
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