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años después, seguimos luchando.
Este 24 de marzo, mientras miles estemos
en las calles, habrán pasado treintaiún
años desde aquel día en que
los militares “golpearon” la
Argentina. El tiempo parecerá detenido
porque no se podrán borrar los recuerdos
y la bronca, aunque los gobiernos hayan
intentado hacerlo por decreto. Otra vez
transitarán por las calles los 30.000
compañeros a los que les arrancaron
la vida para poder instaurar el modelo económico
que sigue condenando a millones a la pobreza,
el desempleo y la miseria. Lamentablemente,
también recorrerá las calles
el reclamo por la aparición de Julio
López en un momento en que a pesar
de los discursos del gobierno la impunidad
no se termina y quedan muchas tareas pendientes.
Hace
treintaiún años, los argentinos
se despertaban con el “Comunicado
Nº 1”. Se inauguraba una de las
páginas más sangrientas de
una historia que había comenzado
a bosquejarse años antes.
La antesala
del horror
La Argentina de los ’70 estaba en
ebullición. Dos colosos se enfrentaban.
Por un lado, la clase obrera junto a los
estudiantes tomaban el destino en sus manos
y protagonizaban los “azos”
que conmovían el país siguiendo
el ejemplo del Mayo Francés y la
Primavera de Praga. Por el otro, la burguesía
daba batalla sabiendo que debía detener
el ascenso del pueblo.
Desde 1973 los golpes de Estado en Chile
y Uruguay comienzan a dibujar el macabro
Plan Cóndor del imperialismo. La
pulseada se agudizaba.
Perón había regresado al país
para poner fin a la oleada revolucionaria
y antes de morir, junto a López Rega,
funda la Triple A auspiciando masacres de
luchadores y activistas por doquier.
En 1975, todavía no habían
silenciado el clamor popular. Isabel junto
a sus ministros, legaliza el terror. Los
decretos de exterminio y el Operativo Independencia
abrían las puertas al golpe.
Mientras tanto millones peleaban por aumento
salarial y libertades democráticas.
Los estudiantes enfrentaban la intervención
en la universidad. El PST -partido del cual
nos reivindicamos continuadores- daba batalla
exigiendo también libertad para los
centenares de presos políticos a
pesar de la dura persecución.
Una oscura red de complicidades se entretejía
y Balbín, el caudillo radical, hablaba
de “guerrilla fabril”, avalando
la persecución y los asesinatos.
Con sus pueblos sitiados por la Triple A,
los obreros de Villa Constitución
y Ledesma resistían sin saber que
estaban viviendo el infierno que pronto
se extendería.
Un golpe al corazón del movimiento
obrero y popular
Meses antes del golpe, Videla lo anuncia
y le da tiempo a la Presidenta para ordenar
la Argentina. Frente a la situación
que se vivía, Balbín dice
no tener soluciones y comienza a correr
tiempo de descuento.
No había excusas para lo que vendría.
El plan sistemático de la dictadura
no estaba dirigido contra la guerrilla que
había dado pelea con sus métodos
aislados y alejados de la clase obrera y
estaba desarticulada. Las erradas experiencias
en la selva tucumana y Monte Chingolo habían
costado muchas vidas en las cuales la tesis
guerrillerista había protagonizado
su última aventura.
El “Comunicado Nº 1” dibuja
los objetivos. La dictadura militar se dirigía
a terminar con el “trabajo”
que había comenzado la Triple A intentando
torcer la voluntad del movimiento obrero.
Con torturas, desapariciones y asesinatos
intentaban silenciar el sueño de
una generación que luchaba en contra
del proyecto de país que hoy sufrimos
y contra el que seguimos peleando.
La dictadura enarboló las banderas
de la defensa de los principios “occidentales
y cristianos”. Detrás de aquella
frase rimbombante se escondía el
genocidio que no se podría haber
instaurado sin la complicidad de muchos
sectores. Los empresarios, que antes habían
pagado a los matones de la Triple A para
asesinar y secuestrar a “los rebeldes”
auspiciaron el Golpe y abrieron las puertas
de sus fábricas para garantizar el
exterminio. Los partidos tradicionales justificaron
el horror o se llamaron al peor de los silencios.
Por su parte, la jerarquía de la
Iglesia no sólo avalaba la desaparición
sino que incluso hablaba de asesinatos cristianos
y bendecía los vuelos de la muerte
y hasta las torturas.
Otra vez contra
la impunidad
Fueron
30.000 desaparecidos, centenares de niños
que se convirtieron en el botín de
guerra de los militares y un plan económico
que todavía desangra a los argentinos.
Después de la Guerra de Malvinas,
el régimen dictatorial comenzaría
a resquebrajarse. Desde aquel entonces millones
de personas pelearíamos por justicia
en elcamino que habían abierto años
atrás las heroicas Madres de la Plaza.
Más tarde Alfonsín firmaría
la impunidad con las leyes del perdón
y luego Menem indultaría a los máximos
genocidas.
Kirchner merece un párrafo aparte.
Desde un principio intentó levantar
las banderas de los derechos humanos, pero
coptó a los organismos llamados «históricos»
y hasta ahora no tomó las medidas
necesarias para solucionar el problema de
raíz. No bastan los museos de la
memoria y es necesario terminar con los
archivos secretos de las áreas de
inteligencia y desbaratar el aparato represivo
que se mantiene dentro de las Fuerzas Armadas
y policiales. Además, Julio López
no aparece por segunda vez.
Aunque falta muchos, la nulidad de las leyes
de impunidad y las consiguientes condenas
a los genocidas demostraron que lamovilización
popular puede ir conquistando avances.
Es necesario continuar movilizándose
para evitar que la Justicia ponga escollos
en los juicios a los genocidas y la investigación
de los crímenes de la Triple A. Aún
quedan en muchos tribunales funcionarios
que vienen desde la dictadura. No basta
con decir que se hacen flamear las banderas
de los derechos humanos: hay que plasmarlas
en la realidad y terminar con la impunidad.
Por eso, entremezclada con la bronca y el
dolor, la memoria se hará presente
en las calles y plazas de todo el país
reflejando que 31 años después,
seguimos peleando.
Adriana
Duprez
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