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La primera gran batalla contra Sarkozy

El 23 de noviembre, los ferroviarios de toda Francia y los trabajadores de transportes de París, votaron en asambleas generales levantar la huelga que durante nueve días había paralizado el país. Pocos dudaban que hubieran sido traicionados por las direcciones sindicales de las viejas confederaciones. Al igual que en el caso de los trabajadores de la electricidad y del gas, que habían protagonizado dos jornadas masivas de huelga en días anteriores, el gobierno accedió a abrir “negociaciones” que deberían conducir a algunas concesiones. Pero el alargue del tiempo de aportes de treinta y siete años y medio a cuarenta para conseguir cobrar la jubilación complete (una medida que ya le fue impuesta a otros trabajadores) no entra en la negociación.
Tres días antes, el 20 de noviembre, las direcciones sindicales de la función pública (trabajadores del Estado, docentes, empleados de las colectividades territoriales y de los hospitales públicos) y de empresas nacionales públicas o privatizadas, habían llamado a una jornada de huelga y movilización para mostrar su insatisfacción con los salarios, la supresión de puestos y las condiciones de trabajo. Dos millones de trabajadores salieron a la huelga, y las movilizaciones fueron muy fuertes.
Al mismo tiempo, a pesar de la fuerte represión, la huelga nacional estudiantil contra la ley de “autonomía” de las universidades, que las abre al capital privado y a una lógica de privatización, continúa y se refuerza cada día. Esta semana, más de la mitad de las universidades fueron afectadas, un tercio fue bloqueado, y la movilización comienza a extenderse a los liceos secundarios.
Hace dos meses que el país es sacudido por una oleada de luchas de sectores que van desde los pescadores de alta mar a los comisarios de abordo y las azafatas, de los abogados y los practicantes de medicina a los trabajadores que luchan por mejoras salariales o contra los despidos.
Estas luchas se desarrollan principalmente en respuesta a las múltiples agresiones del gobierno, que intenta aplicar su programa electoral: poner a Francia a tono con los demás países de la Unión Europea. Esto implica liquidar una serie de conquistas que los capitalistas juzgan exorbitantes de acuerdo con los criterios neoliberales. Las luchas son fogoneadas por una situación económica que se deteriora después de la explosión de las subprimes. Empujado por la patronal y el sector financiero que están inquietos por la pérdida de mercados y de su tasa de ganancia, el gobierno ataca en todos los frentes provocando la reacción lógica de los sectores afectados. Las promesas electorales demagógicas de Sarkozy, en particular la de “trabajar más para ganar más”, se estrellan ante la dura realidad. La gran mayoría de la población sufre la pérdida del poder de compra. El clima contestatario se ve aumentado por la acumulación de “affaires” fraudulentos que tocan a círculos dirigentes políticos y patronales, y que ponen en evidencia el enriquecimiento fabuloso de una pequeña minoría.

Una nueva generación militante

En los días y semanas a venir podremos confirmar una apreciación: no hay ambiente de derrota entre los ferroviarios que salieron a la huelga. Lo que predomina, más bien, es el orgullo de haber dado la batalla, y la conciencia de que ésta no es sino una etapa en una lucha de largo aliento. El mismo fenómeno se observa en los trabajadores del subterráneo y de los ómnibus de la región parisina. Un sector substancial está sacando conclusiones sobre el rol de la izquierda y las traiciones de los viejos aparatos políticos y sindicales. El terreno es propicio para la maduración política.
Más generalmente, todo conduce a pensar que, sea el que sea el resultado de los movimientos en curso, la dinámica que se inició va a continuar. Vamos a un refuerzo de la resistencia, no a la resignación frente a la aplanadora neoliberal.
Un elemento que será extremadamente importante para las jornadas que se acercan es la aparición de una nueva generación de militantes radicalizados. Las luchas de los estudiantes de los liceos y de las universidades en los últimos dos años, así como las huelgas de los trabajadores jóvenes de comercio (Mac Donald’s, Virgin, etc.) y de la industria (Peugeot-Citroen Aulnay en el Gran París) ya lo habían mostrado. La movilización de los estudiantes universitarios (que en su gran mayoría trabajan para pagarse los estudios) y de los ferroviarios fueron en gran medida protagonizadas por jóvenes que en los últimos años no sólo se sindicalizaron sino que tomaron responsabilidades de dirección. Es esta juventud proletaria de conjunto la que está siendo tocada por un proceso de radicalización hacia la izquierda.

Ni Thatcher ni Menem

Todo esto confirma que la victoria electoral de Sarkozy en mayo último no fue una derrota para los trabajadores. El jefe de la derecha francesa le debió fundamentalmente su éxito a la vacuidad de las proposiciones y de la campaña del Partido Socialista (PS). Decir que esta victoria electoral constituyó un cambio en la relación de fuerzas real implica decir que se le infligió una derrota política mayor al movimiento obrero en el terreno de las luchas. Nada de eso es real. Sarkozy quisiera ser Thatcher o Menem en Francia, pero no tiene los medios. En un sentido, llega tarde. La mayoría de la población ya conoce bien al neoliberalismo y lo rechaza. El gobierno podrá imponer nuevos retrocesos a los trabajadores, incluso podrá tener éxito aislando relativamente a sectores en lucha, pero no podrá imponer un consenso mayoritario, ni siquiera resignado, a favor de las contra-reformas neoliberales.
En realidad, Sarkozy sólo es fuerte porque tiene el apoyo de las direcciones de la vieja izquierda. Las principales direcciones sindicales pasaron de la oposición inconsecuente a las reformas a una complicidad cada vez más abierta. El secretario general de la CGT (la principal central sindical), Bernard Thibault, intentó frenar la huelga ferroviaria antes de que hubiera comenzado. En julio, la dirección de la UNEF (Unión Nacional de Estudiantes de Francia), el principal sindicato de estudiantes universitarios, negoció y aprobó la contra-reforma universitaria contra la que se rebelan hoy en día los estudiantes. Ante la huelga ferroviaria, el primer secretario del PS, François Hollande, declaró que “los 40 años de aportes tienen que ser para todos”, y la ex candidata presidencial, Segolene Royal, se inquietó porque “se puede poner en peligro una buena reforma debido a la utilización del método equivocado”. El PCF (Partido Comunista Francés) está mudo, debatiéndose entre su respeto a las instituciones y su reconocimiento de la “legalidad” de Sarkozy, y su alianza estratégica con el PS en las elecciones municipales en pocos meses.

La alternativa política

Es un hecho: los huelguistas sólo tienen a su lado a la izquierda radical. A escala de masas, la oposición política a Sarkozy está representada por la LCR (Liga Comunista Revolucionaria), la principal organización de la extrema izquierda, y en el plano sindical por SUD (“Solidarios, unitarios, democráticos”), los nuevos sindicatos radicalizados que surgieron durante los ’90). Las figuras nacionales de la resistencia son Olivier Besancenot (vocero de la LCR), y, entre los ferroviarios, Christian Mahieux, secretario federal de SUD-Rail, la segunda organización sindical del sector después de la CGT.
Toda esta situación refuerza aún más la actualidad y la credibilidad del proyecto político votado por una gran mayoría de la dirección nacional de la LCR, que será sometido a voto en el próximo congreso, a fines de enero de 2008: comenzar la batalla por construir una nueva representación política de los trabajadores, un nuevo partido anticapitalista por el socialismo, pluralista y democrático, que rompa con los renuncios y capitulaciones, la adaptación y el seguidismo de las viejas direcciones. Ya no se puede seguir en la oposición testimonial, es hora de obrar concretamente para reconstruir al movimiento obrero sobre un nuevo eje de clase, ofreciendo una alternativa de masas.

 

Jean-Philippe Divès.
*Traducción: Virginia Marconi
 


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