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El “Súper Martes” de las presidenciales

Internas en Estados Unidos

Al cierre de ésta edición veintidós estados, la mitad del electorado nacional, decidirán sobre qué demócrata y qué republicano serán los candidatos para las elecciones presidenciales de noviembre.

El ambiente político se contrasta agudamente con el de hace cuatro años, cuando, tras la reelección de George Bush, los medios y comentaristas declararon todos al unísono que “vivimos en Bushlandia”. Que la gente había votado por lo que quería: patriotismo sin inmigrantes, guerra y tortura contra el terrorismo y un presidente prepotente.
En menos de un año Bush había perdido el “capital político” que su reelección supuestamente le había brindado. Sus iniciativas antipopulares fracasaron y el desastre en Irak hundió su nivel de aprobación a una escala sólo conocida hasta entonces por Richard Nixon.

En las legislativas del 2006 los demócratas ganaron las dos cámaras del Congreso, cerrando un período de 12 años de mayorías republicanas.
Hoy el 65% de los adultos está en contra de la guerra en Irak (encuesta de CNN), Bush es el hombre más odiado del país, y la palabra que llena los discursos de todos los candidatos es el “cambio”.

Toda la atención está enfocada en la interna demócrata, donde se enfrentan Hillary Clinton (quiensería la primer presidente mujer), y Barack Obama (quien sería el primer presidente negro).

El gran cambio será poco más que estético

El triunfo de los demócratas en las legislativas fue un claro rechazo a la guerra de Irak en particular, y a la política de Bush en general. Este sentimiento predominará también a lo largo del año electoral.
Pero lo único que ha mostrado el Congreso demócrata ha sido claudicación tras claudicación a cada iniciativa de la Casa Blanca: cada aumento del presupuesto para las ocupaciones de Irak y Afganistán, cada recorte impositivo para los ricos, etc.

La rapidez con la cual el Congreso y Bush ahora acordaron un salvataje miserable, hasta burlesco, a la crisis económica, demuestra una vez más
que en todo lo fundamental , demócratas y republicanos persiguen los mismos objetivos y representan los mismos intereses: mantener el dominio imperialista yanqui sobre el mundo y las ganancias de las grandes corporaciones.
Sin duda, la recesión y la enorme crisis económica abierta, son y serán un alto costo para cualquier gobierno estadounidense.

Obama ha levantado grandes expectativas, especialmente entre los votantes jóvenes, por su perfil anti-Establishment y su retórica de cambio, cuyo éxito ha obligado a los demás candidatos a adoptarla.
Él llega al 5 con la ventaja de haber obtenido la única clara victoria de las internas en la más reciente elección de Carolina del Sur.

A pesar de esto, se puede dar por derrotada a Clinton. No por la “experiencia” en los salones de poder que sus voceros dicen le dará una mayor habilidad para “cambiar” las cosas en Washington, sino por su experiencia (y la de su marido Bill Clinton) en la construcción de grandes maquinarias de campaña que ganan elecciones. Y porque cuenta con el apoyo de los principales dirigentes del aparato partidario, especialmente en California y Nueva York, los dos estados más importantes del martes 5. Sin embargo, las diferencias entre los dos senadores demócratas no van más allá de los discursos. Clinton es la candidata de la cúpula neoliberal del partido. Pero si miramos las posiciones políticas de Obama,
nos encontramos con un político plenamente convencional, más acercado al ala derecha que al ala izquierda del Partido Demócrata.

Los dos candidatos votaron por la ley inmigratoria que autorizaba la construcción de cientos de kilómetros de muros en la frontera con México, y la deportación de 5 millones de inmigrantes (la mayor repatriación forzada de la historia de las Américas). Los dos apoyan la continuidad de la ocupación Irak.
Ninguno de los dos denuncia el salvaje sitio de Gaza por parte de Israel. Y ninguno de los dos representa un cambio más que superficial en la política económica (tanto nacional como internacional) de Estados Unidos.

Como ha sido a lo largo de toda la historia de Estados Unidos, desde la independencia de la corona inglesa hasta hoy, cualquier cambio que ocurra no vendrá de la mano de ningún político demócrata. Será resultado de las luchas que libre el pueblo estadounidense contra quien sea que ocupe los salones de Washington.

Federico Moreno
 


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