| Querer
no siempre es poder
El
gobierno de Cristina representa la continuidad
del proyecto político kirchnerista.
Pero la situación política
que le toca vivir no es la misma que enfrentó
su marido. Cristina vino a “hacer
los deberes” pendientes. Se propone
“normalizar” la situación
abierta con el Argentinazo del 2001.
Kirchner gobernó condicionado por
las exigencias políticas populares
surgidas a partir de la rebelión
de aquel diciembre. Bajo esta impronta,
hizo obligadas concesiones, adoptó
acciones limitadas por derechos humanos,
con una prédica antiimperialista
y de 'nueva política', que no tuvo
correlato en la realidad. Con el tiempo,
su doble discurso se fue desgastando. Si
no se hundió fue porque tuvo el respaldo
de una mejor situación económica
(comparada con el desastre del que se venía),
basada sobre todo en una coyuntura mundial
favorable a las exportaciones de materias
primas.
El cambio es que Cristina viene a intentar
cerrar la etapa de “anormalidad”
y “ordenar” la Argentina en
lo económico y lo político.
O sea, a intentar lograr previsibilidad
y confiabilidad a largo plazo para las inversiones
extranjeras y locales, garantizando las
grandes ganancias de las patronales, aplastar
los salarios, subir las tarifas e impuestos,
erradicar los conflictos sociales y recomponer
las desprestigiadas instituciones del régimen.
Sus herramientas son el pacto social, la
reconstrucción del viejo PJ con los
peores exponentes de la política
nacional, la reforma política para
“maquillar” las instituciones
y domesticar a los que no entran en el pacto
y normalizar las relaciones con el imperialismo.
También hay un endurecimiento en
la respuesta a las luchas para derrotarlas,
en sintonía con la patronal y la
burocracia sindical. Lo que hacen en el
Casino y otros conflictos, con represión
oficial y patotas, es el preludio a conflictos
más duros y para los cuales hay que
prepararse. Pero una cosa son las ambiciones
y otra muy distinta poder concretarlas.
En el largo y difícil camino de la
“normalización” hay un
primer escollo: para imponer sus planes
Cristina debería derrotar a los trabajadores
y el pueblo, lograr que ante cada iniciativa
no haya respuesta y resolver importantes
problemas estructurales que persisten.
La crisis de la economía mundial
está en pleno desarrollo y las teorías
del 'blindaje' y el 'desacople' empalidecen.
Hasta el director del FMI, Strauss-Kahn
advirtió que los países emergentes
sufrirán algún coletazo con
la más que probable recesión
estadounidense.
El Fondo y los yankis están presentes
como siempre en nuestros asuntos internos,
uno monitoreando la economía y los
otros buscando con el embajador Wayne normalizar
las relaciones de Argentina con el Club
de París, al que se le deben u$s
5800 millones.
Otro frente de tormenta latente es la crisis
energética. Pocos le creen a Cristina
cuando dice que su plan de ahorro bajó
el consumo. Y se prevé que faltará
gas en invierno porque Bolivia no lo enviará.
El cambio de lamparitas y de horario no
es solución para un país al
que, en menos de 10 años, se le agotarán
las reservas de gas y petróleo. Menos
aún lo es recibir al dictador de
Guinea Oriental para cerrar acuerdos por
el petróleo.
La relación precios-salarios es otro
drama. Hace rato que no logran contener
la inflación. Argentina ya está
entre los países más inflacionarios,
junto a Etiopía y Sri Lanka. Ni los
números truchos del INDEC intervenido
por Moreno pueden tapar los aumentos que
se hacen sentir en todas las familias.
Con la carestía de vida crece la
presión por subir el salario para
que alcance a cubrir la canasta familiar.
“Los aumentos de precios los traen
a las asambleas los compañeros, por
mandato de sus esposas”, dijo
Moyano, a la par que hasta él tuvo
que salir a plantear que no hay ni piso
ni techo, reconociendo el derecho de los
que piden aumentos superiores a los que
pretende el gobierno. Hay que incorporar
a los reclamos la gran cantidad de contratados
y trabajadores en negro y que están
por fuera de los convenios.
Tras la incorporación de Lavagna,
sigue avanzando el proyecto de reconstruir
el viejo y maltrecho PJ. Ahora se quieren
integrar con protagonismo las 62 Organizaciones,
postulando a Moyano como candidato a vicepresidente
del partido y pidiendo más cargos
relevantes. “Dios los cría
y ellos se juntan”, dice el refrán.
La así llamada “oposición”
no llega a conformarse como tal. La UCR,
en plena descomposición, está
dividida en pedazos pro K, anti-K, viejos
radicales, etc. Carrió, que se juega
a aparecer como la alternativa, gira cada
vez más a la derecha, llegando al
colmo de apoyar medidas neoliberales de
Macri.
Mientras tanto, las luchas muestran el camino.
Los municipales porteños frenaron
los despidos de Macri, los vecinos de Gualeguaychú
no aflojan ante las amenazas y promesas
de CFK, los docentes defienden su salario,
los trabajadores del Casino buscan encaminar
su lucha de 100 días, en Villa Constitución
se movilizan ante el drama de los accidentes
obreros -que tuvo otra terrible expresión
en Astilleros Río Santiago-, los
pilotos de Aerolíneas no dan el brazo
a torcer, los estudiantes cordobeses frenaron
por un año el boletazo del transporte,
la CTA prepara una marcha nacional y las
organizaciones de desocupados alistan sus
reclamos. También empezaron las reuniones
para volver a Plaza de Mayo el 24 de Marzo,
ante un nuevo aniversario del golpe genocida
y sin Julio López.
En las luchas como la de la Línea
60 y elecciones gremiales como la del neumático
surgen nuevos dirigentes, combativos y democráticos,
que son la base para ir forjando una nueva
dirección sindical, más necesaria
que nunca.
La gran tarea pendiente es la conformación
de una nueva alternativa política,
distinta a los viejos partidos que ya gobernaron
y nos hundieron y a las nuevas opciones
que no ofrecen ningún cambio de fondo.
Es la gran tarea que tenemos por delante
los luchadores y la izquierda.
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