| Masacre
de Trelew
En la masacre fueron ametrallados 19 militantes
de las organizaciones guerrilleras: Fuerzas
Armadas Revolucionarias, Ejército
Revolucionario del Pueblo y Montoneros.
Tres de ellos sobrevivieron y denunciaron
el crimen político. Fue un ensayo
de terrorismo de estado. Esta represión
salvaje continuó dos años
después con las bandas fascistas
de la Triple A protegidas por parte del
aparato estatal y se profundiza luego con
el genocidio de la última dictadura
militar que exacerba sin límites
ese terrorismo de estado.
Durante décadas los asesinos y los
responsables políticos e intelectuales
vivieron impunes. La lucha de las Madres
de Plaza de Mayo y los organismos de DD.HH.,
junto al pueblo exigiendo justicia, fueron
decisivos para que se reabriera la causa.
La anulación de las leyes de Punto
final y Obediencia Debida, (en la que Patricia
Walsh cumplió un papel clave), la
reapertura de la causa por los familiares
de las víctimas, la declaración
de varios ex conscriptos y del médico
que extendió el certificado de defunción
de los militantes, fueron determinantes
para este triunfo democrático.
El juez Sastre, del juzgado Federal de Rawson,
decidió el pedido de captura de cinco
ex marinos por su presunta responsabilidad
en esta masacre, encuadrando los crímenes
como un delito de lesa humanidad, impidiendo
así que proscribiera la causa. En
la Unidad 6 de Rawson detuvieron al ex capitán
Luis Sosa, señalado por los sobrevivientes
como el principal responsable de los asesinatos,
y a los ex oficiales Del Real y Pacagnini.
Morandino, que vivía en EE.UU. acaba
de ser detenido, y el ex capitán
Bravo no está en el país.
El juicio y la detención de los ex
marinos es un gran avance en la lucha por
justicia y cárcel para todos los
genocidas que aún andan sueltos.
El
penal de Rawson alojaba unos
200 presos políticos. aunque la
mayoría eran de organizaciones político
militares populares, también estaban
dirigentes como Agustín Tosco, dirigente
de Luz y Fuerza cordobés. El 15 de
agosto del 1972 los grupos armados de FAR,
ERP y Montoneros tomaron el penal e iniciaron
la fuga. Confusiones y desencuentros hicieron
creer a los grupos de apoyo que la operación
finalmente no se haría. Sin embargo,
la cárcel fue tomada. la unidad 6
del penal de Rawson y dos grupos se dirigieron
al aeropuerto de Trelew.
El primero, donde estaban los dirigentes
guerrilleros, llegó a tiempo. Allí
los esperaba un avión de Austral,
copado por otro comando. El otro grupo se
retrasó. Finalmente, Mario Santucho,
Domingo Mena y Enrique Gorriarán
Merlo del ERP; Roberto Quieto y Marcos Osatinsky
de las FAR y Fernando Vaca Narvaja de Montoneros
huyeron rumbo a Chile, gobernado por el
presidente socialista Salvador Allende y
luego continuaron hacia Cuba.
Al rato llegó el segundo grupo que
tomó el aeropuerto de Trelew intentando
fugar en un avión que estaba por
aterrizar, pero que alertado no lo hizo.
Fueron rodeados por fuerzas de seguridad.
Los guerrilleros realizaron entonces una
conferencia de prensa. Hablaron Rubén
Bonet, del ERP, y Mario Pujadas, de Montoneros,
exigiendo garantías por su seguridad
para deponer sus armas y rendirse. El juez
Luis Godoy y el capitán de la marina
Luis Emilio Sosa, con el coronel retirado
del ejército Luis Perlinger como
testigo, aseguraron que sería respetada
la integridad física del grupo, que
serían llevados al penal de Rawson
y no a la base naval.
Por orden del presidente Lanusse los detenidos
fueron conducidos a la base Almirante Zar
y no al penal de Rawson, como se había
acordado.
A poco de llegar a la base los detenidos
fueron sometidos a torturas físicas
y psicológicas.
A las 3.30 de la madrugada del 22, según
relatos de los sobrevivientes María
Antonia Berger, Alberto Camps y René
Haidar, desaparecidos después con
la última dictadura, Sosa y otros
integrantes de la armada ordenaron a los
presos pararse frente a sus celdas y comenzó
el ametrallamiento.
La respuesta oficial que dio el gobierno
de Lanusse fue que esta matanza se realizó
después de un intento de fuga. Es
la misma versión que hoy da el detenido
Capitán Sosa, que asegura que él
no tuvo nada que ver.
Las víctimas
En la masacre de Trelew murieron los militantes
Carlos A. Astudillo, Alfredo E. Kohon y
María A.Sabelli, de las FAR; Rubén
P. Bonet, Eduardo A. Capello, Mario E. Delfino,
Alberto C. del Rey, Clarisa R. Lea Place,
José R. Mena, Miguel A. Polti, Ana
M. Villarreal de Santucho, Humberto S. Suarez,
Humberto A. Toschi y Jorge A. Ulla, del
ERP y Susana G. Lesgart de Yofre y Mario
Pujadas, de Montoneros.
Sobrevivieron a la masacre, como decimos
más arriba, Alberto M.Camps, María
A. Berger y Ricardo R. Haidar, desaparecidos
años después. Estos crímenes
no hubiesen sido posibles sin el consentimiento
político expreso del general Lanusse
y su gobierno.
El impacto sobre la vanguardia obrera, estudiantil
y revolucionaria de la época
El 22 de agosto del 1972 me encontraba viviendo
en Tucumán, militando en el Partido
Socialista de los Trabajadores. Teníamos
un local en el centro de la ciudad y nos
enteramos por la radio. No podíamos
creer esta terrible noticia. Fuimos a tomar
un café con Nora Ciapponi y un grupo
de militantes y, como diría el poeta
César Vallejo, la noticia nos labró
surcos oscuros, en los rostros, en el cuerpo,
en el alma. Es que más allá
de las diferencias teóricas y políticas
que manteníamos con los grupos guerrilleros
y sus simpatizantes, compartíamos
la lucha de todos los días. Estos
asesinatos fueron una tragedia para nosotros.
Antes y después de Trelew, debatíamos
políticamente con las corrientes
guerrilleras, apoyados en Lecciones sobre
España de León Trotsky y en
los trabajos de Nahuel Moreno. Nuestra política
esencial era estar siempre pegados al movimiento
de masas, con el convencimiento de que son
los pueblos los que hacen los cambios y
las revoluciones. Y la vanguardia, cualquiera
que sea, debe respetar estos procesos y
decisiones.
Más allá de las peleas políticas
y las chicanas, nos queríamos y respetábamos
porque éramos parte de un mismo y
gran ascenso obrero, estudiantil y popular
en el país y el continente.
En esa época, en el mar de diferencias
había algo en común: todos
esos jóvenes hombres y mujeres de
una vanguardia revolucionaria como pocas
veces se ha visto en nuestro país,
queríamos cambiar la Argentina, Latinoamérica
y el mundo, algunos levantando la Patria
Socialista de Perón y Evita, y otros
el socialismo internacional. Todos dábamos
fe de nuestras convicciones poniendo el
cuerpo, jugándonos enteros por nuestros
ideales. Era un contexto histórico
nacional y mundial distinto.
Y si bien ahora el contexto ha cambiado,
son muchas las cosas que podemos rescatar
de ese pasado. Entre ellas, que pueden existir
grandes diferencias políticas pero
se puede lograr la unidad de acción.
Que los proyectos por los que luchábamos
no se han realizado y hay que concretarlos.
Que es necesaria y posible una segunda independencia
y un gobierno de los trabajadores y el pueblo.
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