| Una
Herida abierta
Fanchiotti, Navone, Almirón. Vuelven
a sonar apellidos ligados a la represión
y a la violación de los derechos
humanos. No es casualidad, castigar a los
genocidas con la cárcel y depurar
el aparato represivo, son tareas pendientes
para el pueblo argentino.
El
asesino de Kosteki y Santillán libre
Fanchiotti
con salidas de privilegio
El
penal de Lisandro Olmos es
uno de los más siniestros del Servicio
Penitenciario Bonaerense. Se trata de una
unidad muy antigua, totalmente deteriorada
en donde los internos se hacinan de manera
brutal.
Los familiares de los presos y ellos mismos
la denominan como una villa miseria con
rejas. Los sufrimientos que pasan allí
los detenidos son enormes y, verdaderamente
en Olmos, como en la mayor parte de las
cárceles de nuestro país,
el objetivo fundamental de cada detenido,
cada día, es sobrevivir.
Pero ninguno de estos padecimientos era
conocido por el ex comisario Alfredo Luis
Fanchiotti, hasta hace poco detenido de
lujo en esa unidad.
Fanchiotti, quien fuera condenado a prisión
perpetua por los homicidios de Maximiliano
Kosteki y Darío Santillán
ocurridos el 22 de junio de 2002, no solamente
gozaba de una detención dorada sino
que, además, se le permitían,
por parte del servicio penitenciario bonaerense
y la policía provincial, salidas
de privilegio.
Todos estos hechos ya habían sido
denunciados por distintas organizaciones
populares y de derechos humanos pero no
se había tomado ninguna medida. Cuando
el tema estalló, el gobierno intervino
el penal de Olmos, removió a sus
autoridades y dispuso que Fanchiotti fuera
alojado en Florencio Varela en una cárcel
de máxima seguridad.
Los paseos de Fanchiotti, como no hace
mucho los del ex ministro del interior de
la dictadura Albano Harguindeguy por la
costa atlántica, demuestran que la
única manera efectiva de juzgar y
castigar a los represores de los trabajadores
y el pueblo y de hacer efectivas sus condenas,
es avanzando sobre la estructura represiva
de conjunto.
Fanchiotti es el resultado directo de la
policía bonaerense, es decir, de
una fuerza entrenada para el control social
a través de la tortura y el gatillo
fácil, atravesada por las peores
formas de corrupción y al servicio
de las autoridades políticas de turno.
Por eso no habrá verdadera justicia
hasta que no se desmonte totalmente el aparato
represivo con el enjuiciamiento de todos
los implicados en violaciones a los derechos
humanos y actos de represión contra
el pueblo y se democraticen las fuerzas
policiales y de seguridad a partir de las
elección por votación popular
de sus cuadros de mando. Y, como ya sabemos,
estas medidas y otras que apunten a destruir
el aparato represivo del sistema solamente
podrán ser impuestas por la movilización
y la lucha popular.
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