| Las
FF.AA. K

Escribe: Marcelo Parrilli, Presidente del
CADHU
La
dictadura militar instaurada el 24 de marzo
de 1976 representó el proyecto más
brutal y profundo del imperialismo y el
capital nacional asociado a él para
implantar un plan económico-social
absolutamente antipopular, con enorme concentración
de la riqueza en los sectores privilegiados
y en especial en la especulación.
Para implementar ese plan, las Fuerzas
Armadas y sus socios civiles aplicaron el
terrorismo de Estado que causó miles
de desaparecidos, categoría hasta
entonces desconocida y que hoy, lamentablemente,
se conoce en el mundo como “muerte
argentina”. También hubo miles
de muertos, presos políticos y exiliados.
El extermino de una numerosa vanguardia
obrera y popular preparó el camino
para luego entregar, centralmente bajo el
gobierno de Carlos Menem, el patrimonio
nacional, las riquezas naturales y las principales
conquistas obreras logradas en décadas
de lucha.
La dictadura, además, dejó
en claro el rol esencial que las FF.AA.
han cumplido y cumplen en el sistema político,
económico y social: el de ser el
brazo armado de los sectores de poder para
reprimir al pueblo trabajador. Esto ya se
había manifestado en el pasado, pero
nunca de manera tan palmaria.
La historia de las FF.AA. argentinas muestra
que el último acto de fuerza al servicio
del pueblo y de una causa justa fue cuando
unos pocos soldados participaron en la Batalla
de Ayacucho, a fin de 1824, cuando un ejército
latinoamericano dirigido por el mariscal
Sucre puso fin a más de 300 años
de dominación española. Desde
entonces, la historia militar ha sido un
capítulo más en la historia
universal de la infamia.
Un ligero pantallazo no deja duda: la guerra
de la Triple Alianza para destruir al Paraguay
en 1865; la Campaña del Desierto
en 1879, donde Roca exterminó a miles
de personas de los pueblos originarios;
la represión en La Forestal ; la
Semana Trágica en 1919; el fusilamiento
de 1.500 peones en la Patagonia en 1920-21;
el golpe del ’30; los bombardeos en
Plaza de Mayo en junio del ’55; el
golpe contra Perón y los fusilamientos
de la “Libertadora”; la dictadura
de Onganía y Lanusse con los fusilamientos
de Trelew y, en 1976, el genocidio rematado
con el desastre de Malvinas en 1982.
Pero la feroz represión aplicada
desde 1976 generó también
una enorme movilización, que iniciaron
los familiares de las víctimas y
las organizaciones de derechos humanos y
luego se generalizó. A fines de 1982
un enorme movimiento de masas cruzaba el
país y barrió a las FF.AA.
del poder. Desde diciembre del ’83,
cuando toda la sociedad comenzó a
conocer los crímenes de los genocidas,
cientos de miles se movilizaban por juicio
y castigo, contando con la simpatía
de millones.
La pelea fue muy larga y atravesó
muchas dificultades. Los gobiernos democráticos
desde Alfonsín hasta hoy buscaron
retacear -leyes de punto final y obediencia
debida- o directamente impedir -indultos
de Menem- que se juzgue a los genocidas.
Pero la exigencia de justicia, apoyada en
la lucha popular, se terminó imponiendo.
Finalmente las leyes de impunidad fueron
anuladas, y los decretos, declarados inconstitucionales
por los jueces.
Esto abrió los actuales juicios por
las violaciones a los derechos humanos.
Allí se pone al descubierto no solo
la brutalidad de la dictadura, sino la naturaleza
antipopular de las FF.AA. que actuaron como
un salvaje ejército de ocupación
del propio país.
La lucha por juicio y castigo, más
el repudio generalizado a esos crímenes,
terminó con gran parte de los privilegios
militares. Se suprimió el servicio
militar obligatorio que hacía de
nuestros jóvenes los sirvientes de
oficiales y suboficiales. El reclamo contra
los genocidas y las consecuencias de la
derrota de Malvinas terminaron con los militares
como grupo de poder político en Argentina.
Esto es una enorme conquista popular. Antes,
jornadas como las de diciembre de 2001 se
saldaban con un golpe de Estado. Ahora los
militares debieron esconderse en sus cuarteles,
mientras el pueblo ocupaba calles y plazas.
Sin embargo, ningún dirigente tradicional
quiere destruir ni cambiar de raíz
estas FF.AA. Solo se las quiere maquillar
para adaptarlas a la nueva situación.
En esa dirección se mueve el kirchnerismo.
Por eso y buscando limitar el enjuiciamiento
a los genocidas, Cristina Kirchner insiste
en que ahora hay una “nueva generación”
de militares. A fines del año pasado,
al dirigirse a jóvenes oficiales
recién incorporados, dijo que entraban
a una “institución militar
diferente y mejor”, desvinculada de
un pasado de golpes de Estado y violaciones
a los derechos humanos. Según ella,
estamos en un nuevo camino donde “vamos
a darnos Fuerzas Armadas modernas, profesionales
y que cumplan con el lugar que la Constitución
les asigna”.
La cuestión no es de “generaciones”.
Desde que las fuerzas armadas dejaron de
estar formadas por milicias populares, como
era durante las guerras de la Independencia,
en vez de defender al pueblo, la soberanía
y el patrimonio nacional pasaron a defender
a los grupos de poder y a un sistema que
arroja al hambre y la miseria a millones.
Ahora el kirchnerismo intenta mejorar la
desprestigiada imagen de las FF.AA. y de
seguridad, policiales y paramilitares como
Gendarmería o Prefectura, para preservar
“las instituciones”. Quiere
salvar el garrote para poder utilizarlo
contra las luchas y reclamos populares,
como ya lo hace. Pero enfrenta muchas dificultades,
porque la movilización popular sigue
exigiendo juicio y castigo a todos los genocidas
-retirados o activos- y es incontrastable
que en los últimos 20 años
las masas lograron algo enorme: derrotar
históricamente a las FF.AA. como
aparato político de poder en el país.
En ese marco de lucha y movilización
debemos continuar hasta reemplazar estas
Fuerzas Armadas por otras, integradas popularmente,
que defiendan los intereses de los trabajadores
y el pueblo, y nuestra soberanía
frente al imperialismo.
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