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Uribe, títere de Bush

Que Colombia no sea otro Israel

El 1º de Marzo el ejército colombiano realizó una incursión en territorio ecuatoriano, violando la soberanía del país vecino. Como resultado del ataque fueron asesinados 20 guerrilleros de las FARC, entre los que estaba Raúl Reyes. Fue un duro golpe para esa organización ya que Reyes era miembro del secretariado, encargado de asuntos internacionales y de la política cotidiana. La crisis desatada duró 9 días involucrando a Colombia, Ecuador y Venezuela, en una escalada que incluyó amenazas de guerra. La disputa se cerró luego de violentas acusaciones en la cumbre del Grupo Río realizada en la República Dominicana. La crisis puso al desnudo los planes de EE.UU., el rol de Colombia, los alcances de las políticas de Correa y Chávez, reabrió el debate sobre las FARC y colocó tareas continentales para los pueblos movilizados.

El asesinato de Reyes sólo puede ser calificado de una forma: te rrorismo de estado por parte de Colombia. Eso es incursionar con las fuerzas armadas 10 km. territorio de otro país para asesinar a militantes guerrilleros que estaban durmiendo. Es la primera vez que en el continente un estado viola impunemente fronteras para atacar, como lo hace Israel con Palestina y el Líbano.
Es el mismo terrorismo de estado que fronteras adentro ampara Uribe y ejecutan las siniestras bandas de paramilitares que a lo largo de los años asesinaron a miles de dirigentes y luchadores obreros, campesinos y estudiantiles.
Estados Unidos apoyó a Uribe. La reacción fue distinta en el ámbito de otros países ya que, con más o menos énfasis, la mayoría se distanció de lo actuado por el presidente colombiano.
Por la preocupación ante la eventualidad que se llegara al derramamiento de sangre entre pueblos hermanos, latinoamérica siguió atentamente los acontecimientos desde la trinchera de repudio a la violación de la soberanía ecuatoriana.
Como justificación, Uribe buscó instalar en el ámbito internacional que tanto Correa como Chávez tienen estrechos contactos políticos y financieros con los dirigentes guerrilleros. Las acusaciones adquirieron virulencia y llegaron a desplegarse soldados ecuatorianos y venezolanos en los limites con Colombia.
Como dijo Fidel: “Se escuchan con fuerza en el sur de nuestro continente las trompetas de la guerra, como consecuencia de los planes genocidas del imperio yanqui»

El reencuentro

Millones de personas siguieron por televisión los debates de los presidentes en la cumbre del Grupo Río, realizada en República Dominicana.
Los debates se prolongaron durante 7 horas de violentos cruces. Daniel Ortega, presidente de Nicaragua se posicionó contra Uribe ya que su país mantiene un litigio con Colombia por la delimitación de las aguas territoriales en una disputa por tres islas del Caribe, donde Uribe desplegó naves.
Antes y durante la cumbre, Chávez y Correa dijeron verdades sobre Uribe: que es un títere de los yanquis y que negocia permanentemente con los narcotraficantes y los siniestros paramilitares a quienes ampara.
El mandatario de derecha replicó rechazando el “cinismo comunista” de Chávez y Correa y repitió que tiene pruebas de que están vinculados a la guerrilla.
Cristina tuvo una presencia decorativa y, aunque Argentina no apoyó la incursión a Ecuador, no tuvo una postura claramente delimitatoria de Uribe y Bush, a quién envío un mensaje de apoyo al viajar a Haití (ver recuadro).
La crisis se cerró con la firma de un acta en la que Colombia admitió su error, pidió disculpas, afirmando que no va a volver a actuar unilate-ralmente, en la que, todos aceptaron que figure la formulación impuesta por Uribe que: «para Colombia las FARC son terroristas».
Había condiciones de lograr un contundente rechazo a Colombia y EE.UU. Sin embargo, los mandatarios presentes dejaron pasar esa oportunidad, Chávez y Correa pasaron de un discurso duro a uno conciliador. A pesar de la gravedad de los acontecimientos y del áspero debate, todo terminó con un apretón de manos, hecho que demuestra las limitaciones políticas de los gobiernos de Chávez, Correa, Ortega y el resto.

Los planes del imperio

Los problemas más graves se evidenciaron en el intento de intercambio humanitario. Uribe había aceptado la mediación de Chávez, pero en la medida en que hubo avances el protagonismo del presidente bolivariano fue aumentando lo descartó como tal. Seguramente, lo hizo actuando bajo las órdenes de Bush. Fue Uribe quien provocó el fracaso del intercambio cuando varios presidentes viajaron a la selva, por eso también tiene una gran cuota de responsabilidad por la integridad física de esas personas y por la paralización del intercambio de militantes de las FARC encarcelados y rehenes de ellas.
Reyes era el contacto más importante de Francia para el diálogo para la liberación de Ingrid Bettancourt. Al matarlo, Uribe disparó al corazón de las negociaciones con el objetivo de dejar en claro que busca una salida militar más que política. Aunque no exenta de negociaciones como un aspecto secundario, ya que, por ejemplo, conversa con el ELN (Ejercito de Liberación Nacional) la segunda guerrilla en importancia.
La estrategia de EE.UU. es seguir concretando su plan de transformar a Colombia en una auténtica base militar aliada con influencia en la región, por eso tiene más de 3000 mercenarios actuando con los militares de ese país, que después de Israel es el que más dinero recibe para armamentos. El Plan Colombia es un antecedente de ello, había sido diagramado por EE.UU. en 1999 para: recomponer el régimen institucional y el aparato militar, incrementar la dependencia económica y montar un dispositivo militar con sede de operaciones en la base de Manta, Ecuador, con la excusa de combatir el narcotráfico. Del sometimiento económico se encargaría el ALCA.
Ahora, ante la dificultad del imperialismo de intervenir con sus tropas en forma directa por la enorme movilización en su contra que provocaría, quiere que Colombia sea a América Latina lo que Israel es a Medio Oriente: el gendarme de los pueblos vecinos.
Uno de los grandes perjudicados en toda esta situación son los trabajadores y el pueblo colombianos. Décadas de planes imperialistas de sometimiento, enfrenta-mientos, atentados e inestabilidad en la que son protagonistas el gobierno junto a los militares y las bandas paramilitares, los zares del narcotráfico y las guerrillas, han causado en la población una sensación de hartazgo que se manifiesta cada vez con más claridad.

Un Gendarme contra los pueblos

Aunque la presencia de EE.UU. en América Latina es preponderante, se dedica principalmente a intervenir en los conflictos mundiales que afectan sus intereses económicos y geopolíticos. Esto se profundizó luego del atentado a las Torres Gemelas y la invasión a Irak, ya que los esfuerzos de Washington se centraron en Medio Oriente.
El descuido por necesidad les costó caro ya que surgieron gobiernos que, aunque no lo enfrentan consecuentemente, mantienen ciertos grados de independencia en la toma de decisiones, algo que no sucedía con los gobiernos de los años 90, de corte netamente neoliberal.
Para EE.UU. son problemas grandes que continúen las rebeliones del pueblo ecuatoriano y que presida Correa; que no se detengan las movilizaciones de los bolivianos que impusieron la nacionalización de los recursos naturales energéticos con Evo Morales en el poder y que no puedan derrotar a la revolución bolivariana con Chávez postulándose como el gran opositor mundial de Bush. Es un problema Cuba y que los pueblos del continente se movilicen, hagan rebeliones y luchen empuñando en una mano sus reclamos específicos y en la otra una bandera anti yanqui.
Para que lo ayuden a enfrentar a estos “enemigos” quieren tener un gendarme que no respete fronteras, que reciba y ejecute órdenes, amparado en la cruzada contra el “terrorismo y el narcotráfico” como excusas para atacar a los pueblos.

Quieren aprovechar ahora


La contraofensiva política del imperialismo intenta aprovechar el actual momento que atraviesan los países que salieron de su órbita cercana.
Chávez viene de perder el referéndum a manos de la oposición y sufre un creciente deterioro local por las necesidades insatisfechas de la población, como la escasez de alimentos y la inflación, Evo Morales tiene a Bolivia permanentemente al borde de la guerra civil por la aventura separatista de Santa Cruz de la Sierra y Cuba se encuentra en un momento en que su líder histórico dio un paso al costado en la conducción cotidiana de los destinos de la isla.
Al mismo tiempo, Bush necesita mostrar que hay alguien en latinoamérica que comulga con su política “antiterrorista” y de ataques preventivos, cada vez más desprestigiada por el empantanamiento en Irak. También necesita que su debacle afecte lo menos posible a McCain, el candidato republicano a las próximas elecciones presidenciales. Por éstos motivos Bush y Condoolezza Rice siguen provocando y acusando a Chávez y a Correa de tener estrechos contactos con las FARC, lo que puede ser el preludio de nuevos ataques imperialistas.

Una tarea continental

Los sucesos cerraron el capítulo con un balance contradictorio: por un lado se fortaleció la política militarista de Colombia y EE.UU. hacia las FARC, lo cual va a alentar al ejército y los paramilitares a desarrollar una mayor ofensiva sobre las fuerzas de Marulanda, que, seguramente va a intentar extenderse sobre los campesinos cocaleros y sobre los luchadores obreros y estudiantiles en las ciudades.
Pero por el otro lado, los pueblos del continente no toleran la violación de la soberanía de otro país y empujan a sus gobiernos a hacer lo propio. Este fue el sentimiento que recorría América Latina y empezaba a expresarse con incipientes movilizaciones, que no fueron más grandes por el poco tiempo que duró la crisis y por el rechazo que generan las FARC en quiénes, aún no queriendo a Uribe y al imperialismo, tampoco apoyan a la guerrilla.
Aunque hubo una limitación internacional para Colombia que no fue categórica por responsabilidad de los asistentes a la Cumbre, no se puede descartar de plano que vuelva a repetirse, aunque tendría un costo muchísimo más alto todavía, que acercaría la posibilidad de enfrentamientos armados entre ejércitos de distintos países.
También repudiamos el asesinato de Reyes y los otros guerrilleros y exigimos que se reconozca a las FARC como fuerza beligerante, cuestión que no quiere hacer Uribe para no negociar y apelar principalmente a la fuerza.
Hacemos estas exigencias sin compartir los métodos de las FARC: las “acciones ejemplares”, los secuestros y atentados, que las separan cada vez más del movimiento de masas. Tampoco compartimos su política ni su estrategia de gobernar junto a empresarios y ricos en “Un gobierno pluralista, democrático y patriótico”, al que aspira Marulanda, esperando la oportunidad de integrarse plenamente al régimen ni bien se presente la oportunidad de hacerlo con algunas garantías, en lugar de pelear por el poder y un gobierno obrero y campesino.
Más allá de los debates, lo que no se puede hacer, es perder de vista al enemigo principal, para nosotros una tarea regional y continental se coloca a la orden del día: derrotar EE.UU. y a Uribe para que Colombia deje de proyectar sobre América Latina la sombra del estado terrorista de Israel.
En este sentido, impulsamos repudios y participamos de las movilizaciones y acciones que se concretaron para pararle la mano a Uribe y a sus jefes del norte (ver páginas 17 y 18). Sólo con la movilización y la unidad de todos los pueblos hermanos de latinoamérica, podremos derrotar los planes imperialistas y a los cómplices que los quieren implementar.

Rubén Tzanoff

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