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la medida de los poderosos
Cristina impulsa una reforma para fortalecer
la imposición de un PJ hegemónico,
recuperar el maltrecho régimen bipartidista
y, fundamentalmente, intentar borrar del
mapa político a los que no logra
cooptar ni doblegar, a los que apoyan a
los trabajadores en sus luchas: los
partidos de izquierda. Por otra parte se
burla de la población, ya que aplica
medidas cosméticas. Se necesita una
Asamblea Constituyente que pueda debatir
y decidir sobre los problemas del país;
entre ellos, una profunda reforma política.
Escribe
Vilma Ripoll
El
gobierno pretenden hacer caer la personería
de partidos que se vienen presentando a
elecciones, haciéndolos ilegales.
También busca limitar la cantidad
de partidos que se presentan, creando condiciones
más estrictas para ello.
Actualmente un partido puede postular un
candidato a presidente si se inscribe en
al menos cinco distritos -cualquiera de
las provincias y la Capital-. Para ello,
debe sumar firmas que representen el 4 por
mil del padrón en esas jurisdicciones.
La idea del Gobierno sería que suba
este porcentaje, o la cantidad de provincias
en las que debe presentarse. De esta manera
lograrían que fueran muchos menos
los partidos opositores, perjudicando fundamentalmente
a aquellos de izquierda (precisamente los
únicos que no hemos sido cooptados
por el poder). Se violenta así el
derecho a la representación de franjas
enteras de la sociedad que quieren decidir.
Existe otra medida regresiva, inicialmente
dictada por Menem y vuelta a aplicar desde
el año pasado. Para que los partidos
mantengan su personería jurídica
deberán tener un piso del 2%, pero
no sobre los votos efectivamente emitidos,
sino sobre la totalidad del padrón
electoral. Si en dos elecciones consecutivas
no lo alcanza, el partido pierde la personería.
Para lograrla, los partidos debemos llegar
a una determinada cantidad de adhesiones
y superar los numerosos obstáculos
que nos ponen. Por ejemplo, en muchas provincias
empezaron a exigir requisitos de afiliación
ante escribano público y fotocopia
del documento de identidad, lo que implica
un despliegue de fuerzas y una erogación
de dinero muy difícil de cumplir.
Una traba colocada con total premeditación.
Otro punto clave es el financiamiento de
los partidos. Ante el reclamo de transparencia,
en el año 2002 se sancionó
por primera vez en el país una ley
que otorgaba a la justicia las facultades
para ejercer un estricto control económico
a los partidos. Se trataba de la ley 25600.
A través de su dictado, se implementó
un sistema de ahogo a los partidos más
chicos, los cuales al carecer de la estructura
interna necesaria para responder a obligaciones
estrictamente contables (y más rigurosas
que las que regulan a las sociedades comerciales),
se vieron privados de percibir los fondos
estatales destinados al financiamiento de
la actividad política. El PJ, no
conforme con la situación planteada
por la ley, votó en el 2007 la nueva
ley de financiamiento -nº 26215-, que
profundiza la política de ahogo a
los partidos más pequeños
por los mismos motivos que la anterior.
Además implanta un sistema de diferenciación
entre los distintos partidos teniendo en
cuenta la cantidad de votos logrados en
las últimas elecciones. Por lo tanto,
el sistema de financiamiento vigente favorece
notoriamente a los partidos grandes que
se llevan 70% de los fondos públicos.
Mientras tanto, los partidos más
chicos cobran migajas.
Los partidos grandes no cumplen con las
pautas de “transparencia “ fijadas
por la ley. Por el contrario, se burlan
permanentemente de la legislación
que ellos mismos votan, al no someter sus
finanzas al contralor público. Pero
como sacan más votos, tienen más
dinero y cobran más del Estado, el
sistema se plantea como una efectiva y perversa
herramienta legal para logar la desaparición
de los partidos chicos como consecuencia
de la falta de recursos.
El Estado también dice que habría
que impedir que candidatos ligados a crímenes
de lesa humanidad integren listas (aunque
a Patti le reconocen que puede ser diputado).
Quieren que haya elecciones internas en
los partidos para elegir sus candidatos,
celebrar elecciones 60 días antes
de la asunción de las nuevas autoridades,
etc.
Más allá de las medidas parciales
que nadie rechazaría, las medidas
fundamentales que se tomarían tienen
tres características: afianzarían
el proyecto de lograr un PJ hegemónico
y de recomposición del régimen
bipartidista, debilitarían a la oposición
focalizando el ataque en los partidos más
chicos y de izquierda y no tocarían
ninguno de los puntos fundamentales que
necesitaría una verdadera reforma
política.
Otros son
los cambios necesarios
Hay que terminar con la Ley de Lemas y las
listas colectoras, las cuales fueron usadas
por Cristina para sumar votos de distintos
candidatos. Los padrones deben ser depurados,
ya que están totalmente inflados
con personas que ya murieron. Los punteros
del PJ llevan a cabo toda clase de fraudes
e irregularidades como la de las pasadas
elecciones, en las que sacaban las boletas
de los partidos opositores, pero dejaban
las de Cristina. En este sentido se puede
avanzar con la implementación del
voto electrónico o la boleta única.
Una muestra del lugar al que apuntan los
Kirchner es el Consejo de la Magistratura,
donde quieren imponer mano libre para la
elección de jueces. Para tener una
justicia distinta habría que avanzar
en una total democratización del
poder judicial mediante la elección
directa y la revocabilidad de los magistrados.
También habría que implementar
Jurados Populares. Los emisarios del poder
político, elegidos a dedo, condicionan
las decisiones judiciales a través
de la corrupción y las líneas
impartidas desde el poder político.
Hay que instrumentar mecanismos de decisión
y control de la población en todos
los ámbitos. Por ejemplo, las últimas
elecciones de Córdoba fueron un fraude
escandaloso que la población tuvo
que salir a enfrentar movilizada. Si fueran
controladas por organismos de derechos humanos,
representantes de organizaciones civiles,
sindicales y estudiantiles sería
distinto. Lo mismo ocurriría con
la instauración del voto electrónico.
Menem tomaba muchas decisiones por decreto
de necesidad y urgencia, lo hacía
a un ritmo de 52 por año; Kirchner
lo superó con 60 por año y
con la ejecución de paquetes que
se deciden entre dos o tres funcionarios
por encima de cualquier otra instancia,
provocando en los hechos un presidencialismo
extremo.
Un enorme paso democrático sería
eliminar el reaccionario e inútil
Senado, reemplazándolo por una Cámara
de diputados única que combinara
el ejercicio de los poderes legislativo
y ejecutivo, con diputados electos proporcionalmente,
tomando el territorio nacional como distrito
electoral único. Distinto a la actualidad
cuando, por ejemplo, con 20 mil votos en
una provincia se puede obtener un diputado
nacional y con la misma cantidad de sufragios
en Provincia de Buenos Aires no se obtiene
representación parlamentaria.
Los mandatos tendrían que tener una
duración de dos años y ser
revocables mediante consultas y plebiscitos
de fácil convocatoria, para poder
bajar a los funcionarios que tomen medidas
contra las grandes mayorías y se
burlen de sus propias propuestas electorales
con el objeto de engañar a los votantes.
Los salarios de los funcionarios tendrían
que ser equivalentes a los de un obrero
especializado o de una directora de escuela
con 20 años de antigüedad.
Como en Ecuador:
Asamblea Constituyente
Para imponer su modelo económico
de concentración de la riqueza en
pocas manos, el pago de la deuda a costa
del hambre del pueblo, los subsidios millonarios
a las empresas privadas y las grandes ganancias
de las patronales en detrimento de los salarios
de los trabajadores, los Kirchner necesitan
un partido hegemónico, un régimen
autoritario, patotas y represión.
Los cambios económicos, sociales
y políticos que se necesitan para
que los trabajadores y el pueblo no sólo
dejen de ser perjudicados, sino que sean
protagonistas activos en la participación
política y los destinos del país
no pueden decidirse entre un puñado
de iluminados ni “entre gallos y medianoche”.
Si los Kirchner tuvieran un atisbo de democráticos,
tendrían que convocar a una Asamblea
Constituyente, Libre y Soberana, como se
está haciendo en Ecuador y otros
países de Latinoamérica. Allí
se podría discutir todo: el modelo
económico y político, las
medidas a tomar al servicio de los trabajadores
y el pueblo y los pasos a seguir con la
participación plena de la población
en los destinos del país. Lo opuesto
a la “democracia” de los Kirchner
implementada bajo los designios de EE.UU.
y aplicada con los Fernández, Moreno,
De Vido, D‘Elía y dos o tres
funcionarios más, a espaldas de las
grandes mayorías.
Esta medida, que sólo puede ser impuesta
por la movilización, sería
una enorme palanca en el camino hacia la
única institución que puede
garantizar las máximas libertades
individuales y colectivas: un gobierno de
los trabajadores y el pueblo.
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