| "Vi
cuando apunta y dispara, no se me olvida
más"
Marcela
Roa es una docente de perfil bajo, que siempre
está presente en cada lucha. Una
docente que adquirió protagonismo
a partir de su «impecable» declaración
en el juicio el pasado viernes 6 de junio.
Es una mujer inmensamente valiente y de
una gran convicción, que siguió
a un asesino en el medio de la represión
y mantuvo su fortaleza para contarlo a viva
voz, a través de su declaración.
Marce,
¿qué fue lo que pasó
el 4 de abril del año pasado?
Llegamos a las 8,30 hs a la estación
de servicio; 6 transportes completos y muchos
autos con centenares de personas. Al llegar,
los transportes se retiraron por lo que
tuvimos que continuar a pie. Cuando nos
acercamos, la ruta estaba cortada por muchos
uniformados con sus superiores, entre ellos
Rinzafri, y el camión hidrante.
Marcelo Guagliardo, Gustavo Aguirre y otros
compañeros estaban diciéndole
que nos permitieran reunirnos cuando llegara
más gente para poder retirarnos;
ellos no contestaron nada. Comenzaron a
llegar compañeras y compañeros,
nos retirábamos y alguien grita de
atrás “CORRAN, NOS VAN A GASEAR!”.
En ese instante, no habían pasado
diez minutos, no habíamos llegado
a la banquina cuando comenzaron los gases
y las balas de goma. Nos corrían,
algunos/as nos refugiamos en la estación
de servicio y los gases rebotaban en el
techo, en los surtidores y en un camión
que estaba descargando combustible. Era
una locura, disparaban y se reían.
Otros/as corrieron hacia el campo abierto,
entre ellos/as personas mayores, jubilados/as
militantes. Pude ver como dejaban que se
reunieran, les tiraban gases y se dispersaban.
En ese momento, los policías que
se encontraban uno al lado del otro con
una rodilla en tierra, les disparaban balas
de goma, hacían esto una y otra vez,
como un juego perverso.
Al costado de la estación un compañero
discutía con un hombre de camisa
y corbata, que tenía un arma reglamentaria
en la cintura y algo así como un
rifle. El compañero le mostraba su
espalda herida y cuando se da vuelta
para subirse a su auto, el hombre no cesó
de dispararle. Se llama Benito Mattus, un
policía que estaba de civil, guardaespaldas
personal de Jorge Omar Sobisch.
Se acercan dos policías con ropa
común a la estación y nos
piden que salgamos de a dos, “así
no nos pasaba nada”. Nos negamos y
salimos todas juntas; los empleados estaban
con un ataque de nervios.
Subimos a la ruta, muchos caminando y muchos
autos repletos, ibamos a paso de hombre
cuando nuevamente comenzaron a corrernos
con gases y balas de goma. Subimos a distintos
autos pero estaban tan llenos que muchos
nos bajamos. La camioneta de ATEN Capital, conducida
por Osvaldo Peña, impedía
que el hidrante nos alcanzara. Comenzaron
los gases y las balas de goma nuevamente;
logramos acomodarnos en autos los que estábamos
a pie. Me siento en la parte trasera de
un Renault 12, mirando hacia atrás
por la luneta. Alguien grita desde atrás
¡AMBULANCIA! pero no era una
ambulancia lo que venía, sino
dos trafics policiales repletas de uniformados
que ocuparon más de la mitad de la
ruta. Un grupo se desplaza rápidamente
y logra hacer a un lado la camioneta de
ATEN, pasa el hidrante y mientras esto sucedía
los policías le daban culatazos a
un 147 que quedó atrapado. El auto
salió zigzagueando de allí,
buscando un lugar. Los otros uniformados
que bajaron, se habían quedado formados
al costado del transporte menos uno que
estaba solo, al lado de la formación,
como si no perteneciera a ella. El 147 le
pasa cerca, el policía hace gestos
de enojo, camina en dirección al
auto, se levanta la visera, apunta y dispara
con el arma lanzagases a una distancia aproximada
de un metro o metro y medio. Yo grito ¡LES
DISPARARON! Y nos largamos del auto en movimiento.
Dos compañeros, rompiendo la luneta, sacaron
a Carlos que convulsionaba y despedía
sangre a borbotones por la nariz, la
boca y un agujero que tenía en su
cabeza. El hidrante relanza agua a la cabeza
del compañero que estaba en el piso.
Como yo no podía ayudar, decidí
correr al asesino pues tenía
miedo que se mezclara con el resto y lo
perdiéramos de vista. Mientras corría
le gritaba: ¡ASESINO HIJO DE PUTA,
YO TE VI, VOS LO MATASTE! Nunca se dio vuelta,
cruzó el cordón policial,
tenían escudos, dos policías
vestidos como él se le acercaron
y pusieron uno a cada lado. Lo condujeron
hacia una trafic y se escondieron. Me dio
una crisis de nervios, se me acerca un compañero,
Víctor Jacomo y le digo “negro,
lo tienen ahí”. Él se
acerca al lugar, yo lo sigo y Benito Mattus
me apunta con el arma a la cabeza. Le digo
“dispará, total está
lleno de medios”; se sonríó
y se corrió del lugar.
Nos volvimos después de increpar
a todos los uniformados que encontramos.
En el regreso, por la banquina nos seguían
las trafics repletas de policías
que nos apuntaban, se reían , se
agarraban los testículos, nos insultaban…
¿Qué sentiste cuando
declaraste?
Mientras declaraba tenía mucho odio,
pero hubo un momento de satisfacción:
cuando señalé a Poblete y
no pudo sostenerme la mirada, cerró
los ojos y agachó la cabeza.
Cuando salí, me dio mucha emoción
encontrarme con mis compañeros y
compañeras, nos abrazamos y lloramos
mucho.
¿Qué opinión
te merece el juicio?
En cuanto al juicio, todavía falta
declarar mucha gente a favor y en contra
del acusado pero tengo confianza que el
asesino no sale libre, tenemos que lograr
la pena máxima. Esto no termina el
23 de junio o el día que lean
la sentencia. Debemos seguir por la
cadena de mando hasta encarcelar también
a Sobisch... por el compañero Carlos
Fuentealba y por todos/as nosotros/as.
¿Qué le dirías
a l@s compañer@s que lean este artículo?
Quisiera que todos los que lean este artículo
ayuden desde el lugar que estén a
que no suceda nunca más algo así.
Para eso debemos seguir luchando por nuestros
derechos, en la calle, en nuestros lugares
de trabajo, en los sindicatos, partidos
políticos y no sentirnos amedrentados
sino más fuertes que nunca porque
como dicen nuestra queridas Madres de Neuquén
“La única lucha que se pierde,
es la que se abandona”
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