| Oportunismo
con los derechos humanos
"La Plaza es de las Madres y no de
los cobardes..." dice una vieja consigna
del movimiento de derechos humanos, acuñada
en miles de rondas en torno a la Pirámide
de Mayo y en centenares de marchas.
Escribe:
Marcelo Parrilli, presidente del CADHU
Así,
se puso siempre una valla entre los luchadores
por los derechos humanos, con las madres
y familiares de los desaparecidos como vanguardia,
y los genocidas, los traidores de todo tipo
y también los oportunistas de los
derechos humanos.
Oportunistas, precisamente, hubo muchos
desde 1983 en adelante.
El primero de ellos fue Raúl Alfonsín.
Hábilmente, este radical que nunca
había hecho nada por los derechos
humanos, que jamás presentó
un habeas corpus por un desaparecido o un
preso político, que se negó
a firmar una sola solicitada pidiendo por
la aparición con vida de los miles
de desaparecidos y que jamás pisó
la Plaza de Mayo desde el 24 de marzo de
1976 hasta que asumió la presidencia
el 10 de diciembre de 1983, se “apoderó”
del reclamo de justicia, de juicio y castigo
a los genocidas y con ello fundamentó
gran parte de su triunfo electoral de 1983.
Después, su política de derechos
humanos, terminó en las nefastas
leyes de punto final y obediencia debida
que garantizaron durante años la
impunidad a los genocidas. Menem completaría
la obra con sus indultos a Videla y otros
criminales de la dictadura, en 1989.
Con Néstor Kirchner primero y Cristina
Fernández ahora, asistimos a un nuevo
modelo de oportunismo en materia de derechos
humanos que, como característica
particular, va mucho más allá
que el alfonsinismo.
El ex presidente y la actual mandataria
jamás prestaron atención alguna
a los reclamos por los derechos humanos
y durante la dictadura formaron parte del
coro de civiles que adornó la gestión
de los militares en Santa Cruz. Tampoco
presentaron ningún habeas corpus
ni fueron a ninguna movilización
por los derechos humanos. Pero no bien llegaron
al poder, se lanzaron a una desenfrenada
carrera por apoderarse de las banderas históricas
de esa lucha.
Es que apropiarse de ellas era apoderarse
de la principal bandera de lucha de las
masas de las últimas décadas
en nuestro país.
Los Kirchner nos hablaban de los derechos
humanos del pasado y se atribuían
conquistas como la anulación de las
leyes de punto final y obediencia debida,
que eran fruto de la lucha de miles durante
años y del rol que jugó Patricia
Walsh. Mientras tanto, reprimían
brutalmente a los trabajadores petroleros
en el norte de Santa Cruz, apaleaban y mandaban
a procesar a los trabajadores del Hospital
Francés, desaparecía Julio
Jorge López, y Sobisch, aplicando
la política nacional de los Kirchner,
fusilaba a Carlos Fuentealba. Perseguían,
además, a los trabajadores del casino
flotante, del subte y otros luchadores.
Toda esta maniobra, que puede resumirse
en que el kirchnerismo utiliza la bandera
de los derechos humanos como negocio político
para tratar de encubrir frente a las masas
la política de derecha que aplican
en materia económica y social trae,
a su vez, un nuevo peligro.
Es que los Kirchner utilizan los derechos
humanos como una suerte de escudo legitimador
para imponer toda su política aun
cuando la misma sea resistida por enormes
sectores de la población, como ocurre
con las retenciones a los pequeños
productores agrarios. Y como tratan de imponer
su política de saqueo hacia los más
débiles con autoritarismo, patotas,
amenazas y corrupción, esto genera
un repudio popular todavía mayor.
Y el peligro es, precisamente, que el repudio
hacia el kirchnerismo se extienda también
hacia la heroica lucha que durante décadas
llevaron adelante miles de luchadores. En
concreto, que el repudio hacia el gobierno
se convierta en repudio hacia la legítima
causa de los derechos humanos y hacia organismos
como Madres, Abuelas y otros. Debemos tener
en cuenta además que, aprovechando
esta brecha que le abre el gobierno, la
derecha encuentra campo propicio para tratar
de desacreditar a las organizaciones de
derechos humanos y su lucha de conjunto.
Por todo eso, más allá de
la lamentable cooptación de las conducciones
de algunos de esos organismos por el gobierno,
y más allá de lo penoso que
resulta ver a Hebe de Bonafini pidiendo
cárcel y persecución para
los chacareros, debemos tener en claro que
esos organismos y esa lucha le pertenecen
al pueblo argentino y fundamentalmente a
los miles que, en muchos casos dando su
vida, enfrentaron a la dictadura.
Y precisamente por esto debemos movilizarnos
y denunciar esta nueva maniobra del kirchnerismo.
Debemos hacerlo en defensa de los derechos
humanos, de las organizaciones populares
de derechos humanos que levantaron esas
banderas y de la lucha de miles durante
largos y durísimos años por
lograr el juicio y castigo a los genocidas.
Ver
notas
Juicio
por Cromañón: Un nuevo
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Juicio
a los asesinos de Carlos Fuentealba: ¡Vamos
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