| Ecosocialismo,
democracia y planificación
Escribe:
Michael Lowy Antropólogo
y abogado. Es el director de investigación
en sociología en el CNRS (Centro
Nacional para la Investigación Científica)
en París.
«Si
el capitalismo no puede ser reformado para
subordinar la búsqueda de ganancias
a la supervivencia humana, ¿qué
alternativa existe para moverse a una cierta
clase de economía nacional y globalmente
planificada? Problemas como el cambio climático
requieren de una ‘mano visible’
de planificación directa... Nuestros
líderes capitalistas corporativos
no pueden ayudarse, no tienen otra alternativa
que la de equivocarse de manera sistemática,
irracional y finalmente -dada la tecnología
que utilizan- con decisiones globales suicidas
sobre la economía y el entorno natural.
Entonces, ¿qué otra opción
podemos considerar para una verdadera alternativa
socialista?». Richard Smith.
El crecimiento exponencial de ataques al
medio ambiente y la creciente amenaza de
romper el equilibrio ecológico apunta
a un escenario catastrófico que pone
en peligro la misma supervivencia de la
especie humana. Nos enfrentamos a una crisis
civilizatoria que exige cambios radicales.
El Ecosocialismo es un intento de proporcionar
una radical alternativa civilizatoria, basada
en los argumentos básicos del movimiento
ecologista y en la crítica marxista
de la economía política. Se
opone a lo que Marx llamó el progreso
destructivo del capitalismo [1], defendiendo
una economía fundada en un criterio
no-monetario y extra-económico: en
las necesidades sociales y el equilibrio
ecológico. Esta síntesis dialéctica,
intentada por un amplio espectro de autores,
desde James O’ Connor a Joël
Kovel y John Bellamy Foster, y desde André
Gorz (en sus primeros escritos) a Elmar
Altvater, es al mismo tiempo una crítica
a la «ecología de mercado»,
la cual no desafía al sistema capitalista,
y al «socialismo productivista»,
el cual ignoró el problema de los
límites naturales.
De acuerdo con James O’ Connor, el
objetivo del socialismo ecológico
es una nueva sociedad basada en una racionalidad
ecológica, con un control democrático,
igualdad social y el predominio del valor
de uso. [2] Yo agregaría que, a lo
que esto apunta, requiere: a) la propiedad
colectiva de los medios de producción
-y «colectiva» aquí significa
propiedad pública, cooperativa y
comunitaria; b) la planificación
democrática que hace posible que
la sociedad defina las metas de inversión
y producción, y c) una nueva estructura
tecnológica de las fuerzas productivas.
En otros términos: una transformación
revolucionaria social y económica.
[3]
Para los ecosocialistas, el problema con
las corrientes de la ecología política,
representadas en su mayoría por los
Partidos Verdes, es que no parecen tomar
en cuenta la contradicción intrínseca
entre la dinámica capitalista de
expansión ilimitada del Capital y
acumulación de ganancias, y la preservación
del medio ambiente. Hacen una crítica
al productivismo, a menudo muy relevante,
pero no dejan atrás el ecologismo
reformista de la «economía
de mercado». El resultado ha sido
que muchos Partidos verdes se han vuelto
una coartada ecológica de gobiernos
de centro-izquierda social-liberales. [4]
Como Richard Smith recientemente observó:
«la lógica de crecimiento insaciable
se construye dentro de la naturaleza del
sistema, los requisitos de la producción
capitalista. (...) Cada corporación
actúa racionalmente desde el punto
de vista de los dueños y empleados
que buscan aumentar al máximo su
propio interés, tomando decisiones
capitalistas individualmente racionales.
Pero el resultado es que la suma de estas
decisiones racionales en lo individual,
son masivamente irracionales, de hecho y
finalmente catastróficas, de modo
que no están conduciendo al camino
del suicidio colectivo». [5]
Por otro lado, el problema con las tendencias
dominantes de la izquierda durante el siglo
veinte -la social-democracia y el movimiento
comunista soviético- es su aceptación
del modelo «realmente existente»
de fuerzas productivas. Mientras el primero
se limitó a reformar -en el mejor
keynesianismo- la versión del sistema
capitalista, el segundo desarrolló
una colectivista -o capitalista de Estado-
forma de productivismo. En ambos casos,
los problemas medioambientales permanecieron
fuera de vista, o bien fueron marginados.
Marx y Engels mismos no fueron desatentos
a las consecuencias medioambiental-destructivas
del modo capitalista de producción:
hay varios pasajes en El Capital y otros
escritos que apuntan a este entendimiento.
[6] Es más, ellos creyeron que el
objetivo del socialismo no es producir cada
vez más artículos, sino dar
tiempo libre a los seres humanos para desarrollar
totalmente sus potencialidades. Ellos tienen
poco en común con el «productivismo»,
es decir, con la idea de que la expansión
ilimitada de la producción es un
fin en sí mismo.
Sin embargo, hay algunos pasajes en sus
escritos que parecen sugerir que el socialismo
permitirá el desarrollo de las fuerzas
productivas más allá de los
límites impuestos por el sistema
capitalista. De acuerdo a este acercamiento,
la transformación socialista involucra
sólo a las relaciones capitalistas
de producción, que se han vuelto
un obstáculo - «cadenas»
es a menudo el término usado- para
el desarrollo libre de las fuerzas productivas
existentes; el socialismo significaría
sobre todo la apropiación social
de estas capacidades productivas, que se
pondría al servicio de los obreros.
Se cita un pasaje del Anti-Dühring,
un trabajo canónico para muchas generaciones
de marxistas: en el socialismo «la
sociedad toma posesión abiertamente
y sin desvíos de las fuerzas productivas
que se han vuelto demasiado grandes»
para el sistema existente. [7]
La experiencia de la Unión Soviética
ilustra los problemas que son el resultado
de una apropiación colectivista del
aparato productivo capitalista: desde el
principio, la tesis de la socialización
de las fuerzas productivas existentes predominó.
Es verdad que, durante los primeros años
después de la Revolución de
Octubre, una corriente ecológica
se pudo desarrollar, y fueron tomadas ciertas
(limitadas) medidas proteccionistas por
las autoridades soviéticas. Sin embargo,
con el proceso de burocratización
estalinista, se impusieron las tendencias
productivistas, tanto en la industria como
en la agricultura, con métodos totalitarios,
mientras los ecologistas eran marginados
o eliminados. La catástrofe de Tchernobyl
es un extremo ejemplo de las consecuencias
desastrosas de esta imitación de
las tecnologías productivas occidentales.
Un cambio en las formas de propiedad que
no es seguida por la dirección democrática
y una reorganización del sistema
productivo sólo puede llevar a un
punto muerto.
Una crítica de la ideología
productivista del «progreso»
y de la idea de una «socialista»
explotación de la Naturaleza ya aparecía
en los escritos de algunos marxistas disidentes
de la década de 1930, como Walter
Benjamín. Pero es principalmente
el ecosocialismo el que ha desarrollado,
durante los últimas años,
un desafío a la tesis de la neutralidad
de las fuerzas productivas que era predominante
en las principales tendencias de la izquierda
durante el siglo veinte: en la social-democracia
y en el comunismo soviético.
Los marxistas podrían tomar su inspiración
de los comentarios de Marx sobre la Comuna
de París cuando decía que
los obreros no pueden tomar posesión
del aparato estatal capitalista y ponerlo
a funcionar a su servicio. Tienen que «destruirlo»
y reemplazarlo por una forma de poder político
radicalmente diferente, democrático
y no-estatista. Lo mismo se aplica, mutatis
mutandis, al aparato productivo: por su
naturaleza, por su estructura, no es neutro,
ya que está al servicio de la acumulación
del Capital y a la expansión ilimitada
del mercado. Está en contradicción
con las necesidades de la protección
del medio ambiente y con la salud de la
población. Se debe, por consiguiente,
«revolucionarlo», en un proceso
de transformación radical. Esto puede
significar, para ciertas ramas de producción,
el discon-tinuarlas: por ejemplo, las centrales
nucleares, ciertos métodos masivos
e industriales de pesca (responsable del
exterminio de varias especies en los mares),
el proceso destructivo de los bosques tropicales,
etc. (¡la lista es muy larga!). En
todo caso, las fuerzas productivas, y no
sólo las relaciones de producción,
deben ser transformadas profundamente, empezando
con una revolución en el sistema
de energía, con el reemplazo de las
fuentes actuales -esencialmente fósiles,
responsables de la contaminación
y el envenenamiento del ambiente-, por fuerzas
de energía renovables: como el agua,
el viento y el sol.
Por supuesto, muchos logros científicos
y tecnológicos de la modernidad son
preciosos, pero el conjunto del sistema
productivo debe transformarse, y esto sólo
puede ser hecho por métodos ecosocialistas,
es decir: a través de una planificación
democrática de la economía
que toma en cuenta la preservación
del equilibrio ecológico.
El problema de la energía es decisivo
para este proceso de cambio civilizatorio.
La energía de fósiles (petróleo,
carbón) es la responsable de mucha
de la polución del planeta, así
como del desastroso cambio climático;
la energía nuclear es una falsa alternativa,
no sólo por el peligro de nuevos
Tchernobyls, sino también porque
nadie sabe qué hacer con las miles
de toneladas de desperdicios radiactivos
-que serán tóxicos por centenares,
miles y en algunos casos hasta millones
de años- y las masas gigantescas
de las contaminadas y obsoletas plantas.
La energía solar que nunca despertó
mucho interés en las sociedades capitalistas
no siendo «aprovechable» ni
«competitiva», se volvería
el objeto de una intensa investigación
para desarrolla, y jugaría un papel
clave en la construcción de un sistema
energético alternativo. Sectores
enteros del sistema productivo serán
suprimidos, o reestructurados, mientras
los nuevos tendrán que ser desarrollados
bajo la condición necesaria del pleno
empleo para toda la fuerza de trabajo, en
condiciones igualitarias de trabajo y sueldo.
Esta condición es esencial, no sólo
porque es un requisito de justicia social,
sino para asegurar que los obreros apoyen
el proceso de una transformación
estructural de las fuerzas productivas.
Este proceso es imposible sin el control
público sobre los medios de producción
y de la planeación, es decir, en
las decisiones públicas en la inversión
y el cambio tecnológico que deben
llevarse a cabo en los bancos y las empresas
capitalistas, que se llevarán a cabo
para servir al bien común social.
Para citar a Richard Smith de nuevo: «Si
el capitalismo no puede ser reformado para
subordinar la búsqueda de ganancias
a la supervivencia humana, ¿qué
alternativa existe para moverse a una cierta
clase de economía nacional y globalmente
planificada? Problemas como el cambio climático
requiere de una ‘mano visible’
de planificación directa... Nuestros
líderes capitalistas corporativos
no pueden ayudarse, no tienen otra alternativa
que la de equivocarse de manera sistemática,
irracional y finalmente -dada la tecnología
que utilizan- con decisiones globales suicidas
sobre la economía y el entorno natural.
Entonces, ¿qué otra opción
podemos considerar para una verdadera alternativa
socialista?»[8]
En El Capital, vol. III, Marx definió
al socialismo como una sociedad en la que
«los productores asociados organizan
racionalmente su intercambio (Stoffwechsel)
con la naturaleza». ¿Sólo
los productores? En El Capital, vol. I,
hay un acercamiento más amplio: el
socialismo se concibe como «una asociación
de seres humanos libres (Menschen) que trabajan
en común (gemeinschaftlichen) los
medios de producción». [9]
Esta segunda lectura es mucho más
apropiada: la organización racional
de la producción y el consumo tiene
que ser no sólo tarea de los «productores»,
sino también de los consumidores;
de hecho, de la sociedad entera, con su
población productiva e «improductiva»,
que incluye a los estudiantes, los jóvenes,
las amas de casa, los pensionados, etc.
La sociedad entera en este sentido -y no
una pequeña oligarquía de
propietarios, ni una élite de tecno-burócratas-,
podrá escoger, democráticamente,
qué líneas productivas serán
privilegiadas y cuántos recursos
serán invertidos en la educación,
la salud o la cultura. [10] Los precios
de los bienes no quedarían a expensas
de «las leyes de la oferta y la demanda»
sino, en cierta medida, serían determinados
de acuerdo a las elecciones sociales y políticas,
así como al criterio ecológico,
imponiendo impuestos en ciertos productos
y subvencionando los precios de otros. Idealmente,
conforme la transición al socialismo
avance, cada vez más se distribuirían
los productos y los servicios libres de
cargas impositivas, de acuerdo a la voluntad
de los ciudadanos.
Lejos de ser «despótica»
en sí misma, la planificación
es el ejercicio, por parte de una sociedad
entera, de su propia libertad: libertad
de decisión y liberación de
las alienadas y cosificadas «leyes
económicas» del sistema capitalista,
las cuales determinan la vida y la muerte
de los individuos, así como su encierro
en la «jaula de hierro» económica
(Max Weber). La planificación y la
reducción del tiempo de trabajo son
los dos pasos decisivos de la humanidad
hacia lo que Marx llamó «el
reino de libertad». Un incremento
significativo del tiempo libre es de hecho
una condición necesaria para la participación
democrática de los trabajadores en
la discusión democrática y
la administración de la economía
y de la sociedad.
Los combatientes del mercado libre apuntan
el fracaso de la planificación soviética
para rechazar, sin sustento, cualquier idea
de una economía organizada. Sin entrar
en la discusión sobre los logros
y miserias de la experiencia soviética,
ésta era obviamente una forma de
«dictadura sobre las necesidades»
-para usar la expresión de György
Markus y sus amigos de la Escuela de Budapest-,
un sistema no-democrático y autoritario
que monopolizó todas las decisiones
en las manos de una oligarquía pequeña
de tecno-burócratas. No obstante,
no fue por la planificación que se
llegó a la dictadura, sino por otros
caminos: por las limitaciones crecientes
de la democracia en el Estado soviético,
y, después de la muerte de Lenin,
por el establecimiento de un poder burocrático
totalitario, llevado a un sistema de planificación
crecientemente antidemocrático y
autoritario. Si se define al socialismo
como el control, por los trabajadores y
la población en general, del proceso
de producción, la Unión Soviética
bajo Stalin y sus sucesores era un lamento
muy lejano de eso.
El fracaso de la URSS ilustra los límites
y contradicciones de la planificación
burocrática, que es inevitablemente
ineficaz y arbitraria: pero no puede usarse
como un argumento contra la planificación
democrática. [11] La concepción
socialista de la planificación es
nada más que una democratización
radical de la economía: si las decisiones
políticas ya no serán dejadas
en manos de una élite pequeña
de gobernantes, ¿por qué no
se debería aplicar el mismo principio
a la esfera económica? Dejando de
lado el problema de la proporción
específica entre la planificación
y los mecanismos del mercado, se admite
que durante las primeras fases de una nueva
sociedad los mercados tendrán, ciertamente,
un lugar importante, pero conforme la transición
al socialismo avance y la planificación
se vuelva más y más predominante,
esto irá en contra de las leyes del
valor de cambio. [12]
Friedrich
Engels ya había insistido que una
sociedad socialista «tendrá
que establecer el plan de producción
atendiendo a los medios de producción,
entre los cuales se encuentran señaladamente
las fuerzas de trabajo. El plan quedará
finalmente determinado por la comparación
de los efectos útiles de los diversos
objetos de uso entre ellos y las cantidades
de trabajo necesarias para su producción.».
[13] Mientras que en el capitalismo el valor
de uso es sólo un medio, y a menudo
un truco al servicio del valor de cambio
y la ganancia- lo que explica, a propósito,
por qué tantos productos en la sociedad
presente son sustancialmente inútiles-,
en una economía socialista planificada
el valor de uso es el único criterio
para la producción de bienes y servicios,
considerando las consecuencias económicas,
sociales y ecológicas a largo plazo.
Como Joel Kovel observó: «El
perfeccionamiento de los valores de uso
y la restructuración correspondiente
de necesidades se vuelve ahora el regulador
social de la tecnología en lugar
de, como bajo el Capital, la conversión
de tiempo en plusvalor y dinero».
[14]
En una racionalmente organizada producción,
el plan involucra las opciones económicas
principales, no la administración
de restaurantes locales, de comestibles
y panaderías, tiendas pequeñas,
o formas artesanales de empresas y de servicios.
Es importante dar énfasis que esta
planificación no es contradictoria
con la autogestión de los trabajadores
de sus unidades productivas: mientras la
decisión de transformar una planta
de automóviles en una que produzca
autobuses y tranvías sea tomada por
el conjunto de la sociedad, a través
del plan, la organización interior
y el funcionamiento de la planta debe ser
manejada democráticamente por sus
propios trabajadores. Ha habido mucha discusión
sobre el carácter «centralizado»
o «descentralizado» de la planificación,
pero podría argumentarse que el problema
real es el del control democrático
del plan, en todos sus niveles, local, regional,
nacional, continental y, esperanzadamente,
internacional: los problemas ecológicos
como el calentamiento global son planetarios
y sólo pueden enfrentarse a una escala
global. Se podría llamar a esta proposición
la planificación democrática
global; esto es en verdad lo opuesto a lo
que normalmente se describe como «planificación
central», ya que las decisiones económicas
y sociales no son tomadas por cualquier
«centro», sino democráticamente
decididas por la población involucrada.
Por supuesto, habrá inevitablemente
tensiones y contradicciones entre centros
autogestionados o las administraciones democráticas
locales, y grupos muy amplios de «personas
involucradas». Los mecanismos de negociación
pueden ayudar a resolver muchos de tales
conflictos, pero finalmente aquéllos
directamente interesado, si son la mayoría,
tienen el derecho para imponer sus puntos
de vista. Para dar un ejemplo imaginario:
una fábrica auto-administrada decide
tirar sus desperdicios tóxicos en
un río. La población de una
región entera se encuentra en peligro
de ser contaminada: puede, por consiguiente,
después de un debate democrático,
decidir que la producción en esta
unidad debe discontinuarse, hasta que una
solución satisfactoria se encuentre
en el control de desechos. Esperanzadamente,
en una sociedad ecosocialista, los obreros
de la fábrica tendrán una
consciencia bastante ecológica para
evitar tomar decisiones que son peligrosas
para el ambiente y la salud de la población
local... Esto no significa, sin embargo,
que la solución a los problemas acerca
de la dirección interior de la fábrica,
la escuela, el barrio, el hospital, o el
pueblo, no será tomada en sus manos
por los trabajadores locales o los habitantes
directamente involucrados.
La planificación socialista, por
consiguiente, está conectada con
las bases mediante un debate democrático
y pluralista, en todos los niveles donde
las decisiones serán tomadas: diferentes
propuestas se someten a las personas interesadas,
en la forma de partidos, plataformas, o
en cualquier otro movimiento político,
y se eligen delegados que están de
acuerdo con determinadas posiciones. Sin
embargo, la democracia representativa debe
completarse -y corregirse- por la democracia
directa, en la que las personas elijan directamente
-a nivel local, nacional y, más tarde,
global- entre las opciones mayoritarias:
¿debe ser el transporte público
libre? ¿Deben pagar los dueños
de automóviles privados impuestos
especiales para subvencionar al transporte
público? ¿Debe subvencionarse
la energía solar -producida para
competir con la energía de fósiles?
¿Deben reducirse las horas de trabajo
por semana a 30, 25 o menos, aún
cuando esto significa una reducción
de la producción? La naturaleza democrática
de la planificación no es contradictoria
con la existencia de expertos, pero su papel
no es decidir sino presentar sus puntos
de vista -a menudo diferente, si no contradictorios-
a la población, para hacer una mejor
elección de soluciones. Como Ernest
Mandel escribió: «Los gobiernos,
partidos, científicos, tecnócratas
o quienquiera puede hacer sugerencias, presentándolas
como superiores a las demás, tratando
de influir en las personas. (...) Pero bajo
un sistema multipartidista, tales propuestas
nunca serán unánimes: las
personas tendrán la opción
de elegir entre alternativas coherentes.
Y el derecho y el poder de decidir debe
estar en las manos de la mayoría
de productores/consumidores/ciudadanos,
y de nadie más. ¿Qué
hay de paternalista o despótico en
todo esto?» [15]
¿Qué garantía hay de
que las personas tomarán las decisiones
ecológicas correctas, incluso al
precio de dejar algunos de sus hábitos
de consumo? No hay tal «garantía»,
pero otra cosa es que se apueste en la racionalidad
de las decisiones democráticas, una
vez que el poder del fetichismo de las mercancías
esté roto. Por supuesto, los errores
que se cometan serán responsabilidad
de las decisiones populares, pero ¿quién
cree que los expertos no cometen errores?
No se puede imaginar el establecimiento
de semejante nueva sociedad sin que la mayoría
de la población haya logrado, por
sus luchas, su auto-educación, y
por su experiencia social, un nivel alto
de conciencia socialista/ecologista, y esto
hace razonable suponer que los errores -incluso
decisiones que son inconsistentes con las
necesidades medioambientales- se corregirán.
[16] En todo caso, ¿no son las alternativas
examinadas -el mercado ciego o una dictadura
ecológica de «expertos»-
mucho más peligrosa que el proceso
democrático, con todas sus contradicciones?
Es verdad que la planificación requiere
de la existencia de cuerpos ejecutivos y
técnicos, encargados de llevar a
la práctica lo que se ha decidido,
pero si ellos están bajo el control
democrático permanente desde abajo,
no serán necesariamente más
autoritarios que, digamos, la administración
de los servicios de una oficina de correos.
La experiencia del presupuesto participativo
en Brasil, en un nivel local e incluso provinciano,
es, pese a sus limitaciones obvias, un ejemplo
interesante de tales prácticas democráticas
directas. Por supuesto, uno no puede esperar
que la mayoría de las personas desperdicien
todo su tiempo libre en la autogestión
o en reuniones participativas; como Ernest
Mandel comentó, «la auto-administración
no trae consigo la desaparición de
la delegación, combina decisión-ejecución
por los ciudadanos con un control más
estricto por su respectivo electorado de
los delegados». [17]
No hay espacio aquí para una discusión
detallada de otras concepciones de planificación,
como la del «socialismo de mercado»,
la ecología social (Murray Bookchin),
etc. Con todo, agrego sólo unas palabras
sobre Michael Albert y su «economía
participativa», que ha sido objeto
de algún debate en el movimiento
de Justicia Global. Esta concepción
tiene algunos rasgos en común con
la aquí expuesta -la planificación
eco-socialista como oposición al
mercado capitalista y a la planificación
burocrática, una confianza en la
auto-organización de los trabajadores,
el anti-autoritarismo. No obstante, hay
algunas limitaciones serias en esta propuesta
que parece ignorar la ecología y
asimila «socialismo» al modelo
soviético burocrático/centralizado.
La idea de Michael Albert de la planificación
participativa está basada en una
construcción institucional compleja:
«Los participantes de la planificación
participativa son los consejos de los trabajadores
y las federaciones, los consejos de los
consumidores y las federaciones, y varias
Tablas de Iteración Facilitadoras
(IFBs). Conceptualmente, afirma, el procedimiento
de la planificación es bastante simple.
Un IFB anuncia lo que podemos llamar «precios
indicativos» para todos los bienes,
recursos, categorías de trabajo y
capital. Los consejos de consumidores y
las federaciones responden con propuestas
de consumo que toman en cuenta los precios
indicativos de los bienes y servicios finales
como estimaciones de sus costos sociales.
Los consejos de los trabajadores y las federaciones
responden con propuestas de producción
en donde enlistan los rendimientos (outputs)
que podrían tener y los costos (inputs)
que necesitarían para producirlos,
de nuevo, tomando los precios indicativos
como estimaciones de los beneficios sociales
de los rendimientos y los verdaderos costos
de los recursos requeridos. Un IFB entonces
calcula el exceso de demanda o provee cada
bien y ajusta el precio indicativo para
una correcta alza, o baja, a la luz del
exceso de demanda u oferta, y de acuerdo
con los socialmente acordados algoritmos.
Usando los nuevos precios indicativos, los
consejos y federaciones de consumidores
y trabajadores revisan y replantean sus
propuestas. (...) En lugar de la regla sobre
los trabajadores por parte de los capitalistas
o por los coordinadores, la economía
participativa es una economía en
la que los trabajadores y consumidores determinan
sus opciones económicas y beneficios
por ellos mismos, de maneras que promueven
equidad, solidaridad, diversidad, y autogestión.»
[18]
El problema principal con esta concepción
-que, por cierto, no es «bastante
simple» sino extremadamente elaborada
y a veces bastante oscura- es que parece
reducir la «planificación»
a una clase de negociación entre
productores y consumidores sobre el problema
de precios, costos y rendimientos, suministros
y demandas. Por ejemplo, el consejo de trabajadores
de la rama de la industria del automóvil
productor se encontraría con el consejo
de consumidores para discutir precios y
adoptar los costos necesarios. Lo que queda
fuera es precisamente lo que constituye
el problema principal de la planificación
ecosocialista: una reorganización
del sistema de transporte, reduciendo radicalmente
el lugar del automóvil privado. Desde
la perspectiva del ecosocialismo se requiere
que ramas enteras de la industria desaparezcan
-las centrales nucleares, por ejemplo- y
la inversión se canalice hacia pequeñas
o casi inexistentes ramas (de la energía
solar, por ejemplo), ¿cómo
puede tratarse esto a través de «negociaciones
cooperativas» entre las existentes
unidades de producción y los consejos
del consumidor sobre «entradas»
(inputs) y «precios indicativos»?
El
modelo de Albert refleja la estructura tecnológica
y productiva existente, y es demasiado «econo-micista»
para tener en cuenta los intereses globales,
socio-políticos y socio-ecológicos
de la población, los intereses de
los individuos, como ciudadanos y como seres
humanos, los cuales no pueden reducirse
a sus meros intereses económicos
como productores y consumidores. Además,
omite no sólo al Estado como una
institución -una opción respetable-
sino a la política como la confrontación,
a nivel de sociedades globales, de diferentes
opciones económicas, sociales, políticas,
ecológicas, culturales y civilizatorias.
El pasaje del «progreso destructivo»
capitalista al socialismo es un proceso
histórico, una transformación
revolucionaria permanente de la sociedad,
la cultura y las mentalidades -y la política
en el sentido justamente definido, no puede
ser sino central en este proceso. Es importante
dar énfasis, además, a que
semejante proceso no puede empezar sin una
transformación revolucionaria de
las estructuras sociales y políticas,
y el apoyo activo, de la inmensa mayoría
de la población, de un programa ecosocialista.
El desarrollo de la conciencia socialista
y el conocimiento ecológico es un
proceso, en el cual el factor decisivo es
la propia experiencia colectiva de lucha
de la propia gente, de las confrontaciones
locales y parciales para el cambio radical
de la sociedad.
Esta transición no sólo llevaría
a un nuevo modo de producción y a
una igualitaria y democrática sociedad,
sino también a un modo alternativo
de vida, a una nueva civilización
ecosocialista, más allá del
reino del dinero, más allá
de los hábitos de consumo artificialmente
producidos por la publicidad, y más
allá de la producción ilimitada
de mercancías que son inútiles
y/o perjudiciales para el entorno natural.
Algunos ecologistas creen que la única
alternativa al productivismo es detener
totalmente el crecimiento, o reemplazarlo
por un crecimiento negativo -eso es lo que
en francés se llama el décroissance-
y una drástica reducción al
nivel excesivamente alto de consumo de la
población, cortando por la mitad
el gasto de energía, renunciando
a las casas individuales, a la calefacción
central, a lavar con máquinas, etc.
Desde estas y otras similares medidas de
austeridad draconiana, que corren el riesgo
de ser bastante impopulares, algunos de
ellos juegan con la idea de una especie
de «dictadura ecológica».
[19]
Contra tales visiones pesimistas, los socialistas
optimistas creen que el progreso técnico
y el uso de fuentes renovables de energía
permitirán un crecimiento ilimitado
y la abundancia, para que cada uno pueda
recibir «según sus necesidades.»
Me parece que estas dos tendencias comparten
una concepción completamente cuantitativa
-positiva o negativa- del «crecimiento»,
o del desarrollo de las fuerzas productivas.
Hay una tercera posición que me parece
más apropiada: una transformación
cualitativa del «desarrollo».
Esto significa poner fin al monstruoso desperdicio
de recursos por el capitalismo, el cual
está basado en la producción,
en una extensa escala, de productos inútiles
y/o perjudiciales: la industria de los armamentos
es un buen ejemplo de ello, pero una gran
parte de los «bienes» producidos
en el capitalismo -con su programada obsolescencia-
no tiene otra utilidad que la de generar
ganancias para las grandes corporaciones.
El problema no es ningún «consumo
excesivo» en abstracto, sino en el
tipo prevaleciente de consumo, basado en
la conspicua apropiación, el desperdicio
masivo, la alienación mercantil,
la acumulación obsesiva de bienes,
y la adquisición compulsiva de pseudo-novedades
impuesta por la «moda». Una
nueva sociedad orientaría la producción
hacia la satisfacción de necesidades
auténticas y empezaría con
aquellas que podrían describirse
como «bíblicas» -agua,
comida, vestido, alojamiento-, pero incluyendo
también los servicios básicos:
salud, educación, transporta, cultura.
Obviamente, los países del Sur, donde
estas necesidades están muy lejos
de estar satisfechas, necesitarán
un nivel más alto de «desarrollo»
-construyendo ferrocarriles, hospitales,
sistemas del alcantarillado, y más
infra-estructura- que los industriales avanzados.
Pero no hay ninguna razón de por
qué esto no puede lograrse con un
sistema productivo que sea cuidadoso del
entorno natural y basado en energías
renovables. Estos países necesitarán
producir grandes cantidades de comida para
nutrir a su población hambrienta,
pero esto puede lograrse mucho mejor -como
los movimientos de campesinos organizados
a nivel mundial en la red mundial de Vía
Campesina ha estado argumentando durante
años- por un agricultura campesino
biológica basada en la unidad familiar,
cooperativas o granjas colectivistas, en
lugar de los métodos destructivos
y anti-sociales de los agro-negocios industrializados,
basados en el uso intensivo de pesticidas,
químicos y Organismos Genéti-camente
Modificados (OGM).
En lugar del monstruoso sistema actual de
la deuda y de la explotación imperialista
de los recursos del Sur por los países
capitalistas industriales, habría
un flujo de ayuda técnica y económica
del Norte al Sur, sin necesidad -como algunos
ecologistas puritanos y ascéticos
parecen creer- de que la población
en Europa o América del Norte «reduzca
su norma de vivir»: ellos sólo
se librarán del consumo obsesivo,
inducido por el sistema capitalista, de
artículos inútiles que no
corresponden con una necesidad real, mientras
se redefinen los significados de las normas
del vivir que connote un estilo de vida
realmente más humanamente rico, mientras
consuma menos.
¿Cómo distinguir las necesidades
auténticas de las artificiales, las
provisionales de las falsas? Estas últimas
son inducidas por la manipulación
mental, es decir, por la publicidad. El
sistema de publicidad ha invadido todas
las esferas de vida humana en las sociedades
capitalistas modernas: no sólo la
nutrición y el vestido, sino los
deportes, la cultura, la religión
y la política se configuran según
sus reglas. La publicidad ha invadido nuestras
calles, cajas del correo, pantallas de televisión,
periódicos, paisajes, de una manera
permanente, agresiva e insidiosa, contribuyendo
de manera decidida en los hábitos
de consumo conspicuo y compulsivo. Es más,
la publicidad gasta una cantidad astronómica
de gasolina, electricidad, tiempo de trabajo,
papel, químicos, y muchos otros materiales
-todos pagados por los consumidores- en
una rama de «producción»
que no sólo es inútil, desde
un punto de vista humano, sino directamente
en contradicción con las necesidades
realmente sociales.
Mientras la publicidad es una dimensión
indispensable de la capitalista economía
de mercado, ésta no tendría
ningún lugar en una sociedad en transición
hacia el socialismo, donde sería
reemplazada por la información sobre
los bienes y servicios proporcionados por
asociaciones del consumidor. El criterio
para distinguir una necesidad auténtica
de una artificial, persistirá después
de la supresión de la publicidad
(¡de la Coca Cola!). Por supuesto,
durante algunos años, los viejos
hábitos de consumo continuarán,
y nadie tiene el derecho de decirle a las
personas lo que sus necesidades son. El
cambio en los modelos de consumo es un proceso
histórico, así como un desafío
educativo.
Algunos artículos, como el automóvil
individual, suscitan problemas más
complejos. Los automóviles privados
son una molestia pública, matan y
mutilan a centenares de mil de personas
anualmente a escala mundial, contaminando
el aire en las grandes ciudades -con consecuencias
horribles para la salud de los niños
y de las personas más viejas- y contribuyendo
significativamente en el cambio climático.
Sin embargo, ellos responden a una necesidad
real, transportando a las personas al trabajo,
a sus casas o al ocio. Experiencias locales
en algunos pueblos europeos, con administraciones
ecológicamente dispuestas, muestran
que es posible -y aprobado por la mayoría
de la población- limitar progresivamente
la circulación de una parte de automóviles
individuales, promoviendo el uso de autobuses
y tranvías. En un proceso de transición
al ecosocia-lismo, donde el transporte público
-sobre o bajo tierra- se extendería
inmensamente y libre de cargo para los usuarios,
y donde los caminantes y los usuarios de
bicicletas tendrían sendas protegidas,
el automóvil privado tendría
un papel muy más pequeño que
el que tiene en la sociedad burguesa, donde
se ha vuelto un fetiche -promovido por la
publicidad, insistente y agresiva-, un símbolo
de prestigio, una seña de identidad
-en EE.UU. la licencia de conducir es el
documento de identificación reconocido-
así como el centro de la vida personal,
social o erótica.
Será
mucho más fácil, en la transición
a una nueva sociedad, para reducir drásticamente
el transporte de bienes por camiones, responsables
de accidentes terribles y altos niveles
de polución, reemplazarlos por el
tren, o por eso que en francés se
llama ferroutage (camiones transportados
en trenes de una ciudad a otra): sólo
la lógica absurda capitalista y «competitiva»
explica el crecimiento peligroso del sistema-camión.
Sí, responderán los pesimistas,
pero los individuos son movidos por aspiraciones
y deseos infinitos, que tienen que ser controlados,
vigilados, contenidos, y si es necesario,
reprimidos, y esto puede implicar algunas
limitaciones en la democracia. Pero el ecoso-cialismo
está basado en una apuesta que ya
era la de Marx: la del predominio, en una
sociedad sin clases y liberada de la alienación
capitalista, del «ser» por encima
del «tener», es decir: del tiempo
libre para el logro personal en actividades
culturales, lúdicas, deportivas,
científicas, eróticas, artísticas
y políticas, en lugar del deseo de
posesión infinita de productos. La
posesividad compulsiva es inducida por el
fetichismo de la mercancía inherente
al sistema capitalista, por la ideología
dominante y por la publicidad: nada demuestra
que es una parte de cierta «eterna
naturaleza humana», como el discurso
reaccionario quiere que creamos.
Como Ernest Mandel enfatizaba: «La
continua acumulación de cada vez
más mercancías (con una declinante
«utilidad marginal») no significa
ningún medio universal ni, mucho
menos, una predominante conducta humana.
El desarrollo de talentos e inclinaciones
para su propio bien; la protección
de la salud y la vida; el cuidado de los
niños; el desarrollo de ricas relaciones
sociales (...) todos esto se vuelven motivaciones
mayores una vez que las necesidades materiales
básicas han sido satisfechas».
[20]
Como hemos insistido, esto no significa
que no habrá conflictos, particularmente
durante el proceso de transición,
entre las exigencias para la protección
del medio ambiente y las necesidades sociales,
entre los imperativos ecológicos
y la necesidad de infra-estructura básica
en vías de desarrollo, particularmente
en los países pobres, entre los hábitos
populares de consumo y la escasez de recursos.
¡Una clase menos en la sociedad no
significa tener una sociedad sin contradicciones
y conflictos! Éstas son inevitables:
será la tarea de la planificación
democrática, en una perspectiva ecosocialista,
liberada de los imperativos del Capital
y la producción de ganancias, resolverlas,
por una abierta y plural discusión
que conduzca a la toma de decisiones por
la propia sociedad. Tales bases y la democracia
participativa son la única manera,
no de evitar errores, sino de permitir la
auto-corrección, por la colectividad
social, de sus propios errores.
¿Es esto una Utopía? En su
sentido etimológico -«algo
que no existe en ninguna parte»-,
ciertamente. ¿Pero no son las utopías,
es decir: las visiones de un futuro alternativo,
las imágenes-deseo de una sociedad
diferente, un rasgo necesario de cualquier
movimiento que quiere desafiar el orden
establecido? Cuando Daniel Singer explicó
en su testamento literario y político,
¿Cuál Millenium?, en un poderoso
capítulo titulado «Utopía
Realista», «si el establishment
parece ahora tan sólido, a pesar
de las circunstancias, y si el movimiento
obrero o la izquierda más amplia
están tan lisiadas, tan paralizadas,
esto es debido al fracaso de ofrecer una
alternativa radical. (...) El principio
básico del juego es que no se cuestionan
los principios del sistema ni los fundamentos
de la sociedad. Sólo una alternativa
global, rompiendo con esas reglas de resignación
y de rendición, puede dar al movimiento
de emancipación un alcance genuino».
[21]
La utopía socialista y ecológica
es sólo una posibilidad objetiva,
no el resultado inevitable de las contradicciones
del capitalismo, o de «las leyes férreas
de la historia». No se puede predecir
el futuro, a excepción de que sea
en términos condicionales: en ausencia
de una transformación ecosocialista,
de un cambio radical en el paradigma civilizatorio,
la lógica del capitalismo llevará
al planeta a desastres ecológicos
dramáticos, amenazando la salud y
la vida de billones de seres humanos, y
quizás incluso la supervivencia de
nuestras especies.
Soñar, y luchar, por un socialismo
verde, o, según algunos, un comunismo
solar, no significa que no se debe luchar
en concreto por reformas urgentes. Sin ninguna
ilusión en un «capitalismo
limpio», se debe intentar ganar tiempo
e imponer, en la medida de lo posible, algunos
cambios elementales: la prohibición
del HCFCs que está destruyendo la
capa de ozono, una moratoria general sobre
los OGM, una reducción drástica
en la emisión de gases que provocan
el efecto invernadero, el desarrollo de
transporte público, la imposición
de impuestos a los automóviles contaminantes,
el reemplazo progresivo de camiones por
trenes, una regulación severa de
la industria de la pesca, así como
del uso de pesticidas y químicos
en la producción agro-industrial.
Éstos, y problemas similares, están
en el corazón de la agenda del movimiento
de Justicia Global, y de los Foros Sociales
Mundiales, en un nuevo y decisivo desarrollo
que ha permitido, desde Seattle en 1999,
la convergencia de movimientos sociales
y medioambientales en una lucha común
contra el sistema.
Estas urgentes demandas eco-sociales pueden
llevar a un proceso de radicalización,
a condición de que no se acepte limitar
los objetivos de acuerdo a las exigencias
del «capitalismo de mercado»
o de la «competitividad». Según
la lógica de lo que los marxistas
llaman un «programa de transición»,
cada victoria pequeña, cada avance
parcial lleva inmediatamente a una demanda
más alta, a un objetivo más
radical. Tales luchas alrededor de problemas
concretos es importante, no sólo
porque las victorias parciales son bienvenidas,
sino también porque ellas contribuyen
a elevar la conciencia ecológica
y socialista, y porque promueven la actividad
y auto-organización desde abajo:
ambas pre-condiciones decisivas y necesarias
para una radical, es decir, revolucionaria,
transformación del mundo. Experiencias
locales como las áreas liberadas
de automóviles en varias poblaciones
de Europa, las cooperativas agrícolas
orgánicas lanzadas por el movimiento
del campesinado brasileño (MST),
o los presupuestos partici-pativos en Porto
Alegre y, por unos años, en el estado
brasileño de Río Grande do
Sul (bajo el Gobernador Olivio Dutra del
PT), son ejemplos limitados, pero interesantes
del cambio social/ecológico. Permitiendo
a las asambleas locales decidir las prioridades
del presupuesto, Porto Alegre era -hasta
que la izquierda perdió la elección
municipal del 2002- quizás la experiencia
más atractiva de la «planificación
desde abajo», a pesar de sus limitaciones.
[22]
Ha habido también unas cuantas medidas
progresivas tomadas por algunos gobiernos
nacionales, pero en general la experiencia
de las coaliciones de izquierda/centro o
de izquierda/verde en Europa o en América
Latina han sido más bien decepcionantes,
permaneciendo firmemente dentro de los límites
de una política social-liberal de
adaptación a la globalización
capitalista.
No
habrá ninguna transformación
radical a menos que las fuerzas comprometidas
con un programa socialista radical y ecológico
lo vuelvan hegemónico, en el sentido
gramsciano de la palabra. El tiempo está
trabajando para el cambio, porque la situación
global del ambiente está poniéndose
peor y peor, y las amenazas son cada vez
más cercanas. Pero el tiempo también
corre muy rápido en contra, porque
dentro de algunos años -nadie puede
decir cuántos- el daño puede
ser irreversible.
No hay ninguna razón para el optimismo:
las élites gobernantes atrincheradas
en el sistema son increíblemente
poderosas, y las fuerzas de oposición
radical todavía son demasiado pequeñas.
Sin embargo, éstas son la única
esperanza de que el curso catastrófico
del «crecimiento» capitalista
pueda detenerse. Walter Benjamín
definió a las revoluciones no como
las locomotoras de la historia, sino como
la humanidad que alcanza a jalar el freno
de seguridad para detener el tren antes
de que se vaya al abismo... [23]
Notas
1]
Karl Marx, Das Kapital, Vomume 1, Berlin:
Dietz Verlag, pp. 529-530. Para un importante
análisis de la lógica destructiva
del Capital, ver: Joel Kovel, The Enemy
of Nature. The End of Capitalism or the
End of the World ?, New York,; Zed Books,
2002.
[2] James O’Connor, Natural Causes.
Essays in Ecological Marxism, New York:
The Guilford Press, 1998, pp. 278, 331.
[3] John Bellamy Foster usa el concepto
de “revolución ecológica”,
pero argumenta que “una revolución
ecológica global digna de tal nombre
sólo puede ocurrir como parte de
una extensa y social -e insisto, socialista-
revolución. Tal revolución
(...) demandaría, como Marx insistió,
que los productores asociados regulen racionalmente
la humana relación metabólica
con la naturaleza. (...) Podría tomar
su inspiración de William Morris,
uno de los más originales y ecologistas
seguidores de Karl Marx, hasta Gandhi, y
de otras figuras radicales, revolucionarias
y materialistas, incluyendo al propio Marx,
extendiéndose hasta Epicuro.”
(“Organizing Ecological Revolution”,
Monthly Review, 57.5, October 2005, pp.
9-10).
[4] Para una crítica ecosocialista
de la “realmente existente ecopolítica”
-la economía verde, la ecología
profunda, el bioregionalismo, etc.-, ver
el mencionado libro de Joel Kovel, Enemy
of Nature ch. 7.
[5] Richard Smith, “The Engine of
Eco
Collapse”, Capitalism, Nature and
Socialism, vol. 16, n° 4, december 2005;
p.31, 33.
[6] Ver: John Bellamy Foster, Marx’s
Ecology. Materialism and Nature, New York,
Monthly Review Press, 2000.
[7] F. Engels, Anti-Dühring, Paris,
Ed. Sociales, 1950, p. 318.
[8] R.Smith, Ibid. p. 35.
[9] K.Marx, Das Kapital, Berlin, Dietz
Verlag, 1968, vol. III, p. 828, vol. I,
p. 92. Se pueden encontrar problemas similares
en el marxismo contemporáneo; por
ejemplo, Ernest Mandel argumentó
por una “democráticamente-centralizada
planificación bajo un Congreso nacional
de consejos compuestos en su gran mayoría
de verdaderos trabajadores.”. (“Economics
of Transition Period”, in 50 Years
of World Revolution, Pathfinder Press, 1971,
p. 286). En sus últimos escritos
se refiere más bien a “productores/consumidores”.
[10] Ernest Mandel definió la planificación
en los siguientes términos: “Una
economía gobernada por un plan implica...
que esa sociedad, relativamente escasa de
recursos, no los aporta ciegamente (“a
espaldas del productor-consumidor”)
por obra de la ley de valor sino que son
asignados de manera consciente según
las prioridades previamente establecidas.
En una economía de transición
donde la democracia socialista prevalece,
la masa de trabajadores democráticamente
determina esta elección de prioridades”.
(“Economics of Transition Period”,
p. 282).
[11] “Desde el punto de vista de
la masa de trabajadores, los sacrificios
impuestos por la arbitrariedad burocrática
no son más ni menos ‘aceptables’
que los sacrificios impuestos por los mecanismos
ciegos del mercado. Éstos representan
sólo dos formas diferentes de la
misma alienación”(“Economics
of Transition Period”, p. 285). Vamos
a citar a menudo los escritos de Ernest
Mandel porque él es el más
articulado teórico socialista de
la planificación democrática.
Pero debe decirse que hasta el final de
la década de 1980 él no consideró
el problema ecológico como un problema
central de sus argumentos económicos.
[12] En su notable y reciente libro sobre
el socialismo, el economista marxista Claudio
Katz dio énfasis a esa planificación
democrática, dirigida desde abajo
por la mayoría de la población,
“no es lo mismo la absoluta centralización,
la total estatización, el comunismo
de guerra o a economía de mando.
La transición requiere la primacía
de la planificación sobre el mercado,
pero no la supresión de las variables
del mercado. La combinación entre
ambas debe adaptarse a cada caso y a cada
país”. Sin embargo, “el
objetivo del proceso socialista no es guardar
un equilibrio inalterado entre el plan y
el mercado, sino promover una desaparición
progresiva de la posición del mercado”.
(C.Katz, El porvenir del Socialismo, Buenos
Aires, Herramienta/Imago Mundi, 2004, pp,.
47-48.
[13] Anti-Dühring, p. 349.
[14] Joel Kovel, Enemy of Nature, p. 215.
[15] E.Mandel, Power and Money, p. 209.
[16] Ernest Mandel observó: “Nosotros
no creemos que ‘la mayoría
siempre tiene la razón’ (...).
Todos cometemos errores. Esto será
ciertamente verdad en la mayoría
de ciudadanos, en la mayoría de los
productores, y en la mayoría de los
consumidores igualmente. Pero habrá
una diferencia básica entre ellos
y sus predecesores. En cualquier sistema
de poder desigual (...) esos que toman las
decisiones malas sobre la asignación
de recursos raramente son aquéllos
que pagan por las consecuencias de sus errores
(...). Proporcionando una real democracia
política, así como una verdadera
opción cultural e información,
es difícil creer que la mayoría
preferiría ver sus bosques morirse
(...) o sus hospitales con personal escaso,
en lugar de corregir rápidamente
sus asignaciones equivocadas”. (“In
defense of socialist planning”, New
Left Review, n° 159, October 1986, p.
31.)
[17] E.Mandel, Power and Money, p. 204.
[18]. Michael Albert, Participatory Econopmics.
Life After Capitalism, London, Verso, 2003,
ch. 9.
[19] Ernest Mandel era escéptico
de los rápidos cambios en los hábitos
del consumidor, tal como el del automóvil
privado: “Si, a pesar de cada argumento
medioambiental, [los productores y consumidores]
quieren mantener el predominio del automóvil
privado y continuar contaminando sus ciudades,
ese sería su derecho. Los cambios
duraderos en las orientaciones del consumidor
son generalmente lentos -puede haber alguien
que crea que los trabajadores en los Estados
Unidos abandonarán su dependencia
al automóvil al día después
de una revolución socialista”.
(“In defense of socialist planning”,
p. 30). Mientras Mandel tiene razón
insistiendo en que los cambios en los modelos
del consumo no será impuestos, él
seriamente infravalora el impacto que un
sistema extenso, público y gratuito
de los transportes tendría, así
como la aceptación de la mayoría
de los ciudadanos -que sucede ya hoy, en
varias grandes ciudades europeas- para medidas
que restringen la circulación automovilística.
[20] Ernest Mandel, Power and Money. A
Marxist Theory of Bureaucracy, London, Verso,
1992, p. 206.
[21] D. Singer, Whose Millenium ? Theirs
or Ours ? New York, Monthly Review Press,
1999, pp. 259-260.
[22] Ver: S. Baierle, “The Porto
Alegre Thermidor”, in Socialist Register
2003.
[23] Walter Benjamin, Gesammelte Schriften,
Vomume I/3, Frankfurt: Suhrkamp, 1980, p.
1232.
Traducción: Andrés
Lund
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