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Frida: una revolución permanente

"El trabajo de Frida Kahlo es la mecha de una bomba" Andre Bretón, 1938

Escribe:Miranda González Martín Lic. en Antropología

Hace 100 años nació Frida Kahlo, un ícono en múltiples sentidos. Los museos más exclusivos y la revistas de arte y cultura se encargaron de “hacer conocer” a esta artista desde la década del 90, y ahora en su centenario, pasan a dedicarse por completo a su obra. Si la grandeza de Frida y su obra son o no un invento mediático poco importa, Frida ya es un tema presente, y son las lecturas que podemos hacer de ella lo que vale la pena desplegar. Desde muchos ámbitos se recuperan “diversas” versiones de Frida, pero la mayoría sigue sin lograr acercarnos algo fundamental sobre ella, el hecho de que se trataba de una mujer revolucionaria, en el más amplio sentido de la palabra. Aparece así una Frida sufrida (en cuerpo y espíritu) o bien una Frida libre, vanguardista. Pensar una Frida revolucionaria nos abre la posibilidad de imaginarla más intensa y plenamente, con sus contradicciones, sus deseos, sus idas y venidas, y esa pasión tan humana y, por lo mismo, tan maravillosa.

La misma obra de Frida es múltiple, plural, diversa, y muchos se pierden en los laberintos de sus contradicciones, en vez de buscar la unidad que logra hacer converger ese mundo de incongruencias. Esa unidad es la misma Frida. Su obra es su arte, pero su arte no puede reducirse a sus pinturas, su arte está presente en la forma en que se expresa, se piensa, y se proyecta ella misma hacia el mundo. La invención de Frida, es Frida, como ser. Se inventa a sí misma, como mujer, maternal, erótica, masculina, romántica, bisexual, fuerte, débil, mejicana, amante, comunista, creyente y, por sobretodo, asumida-mente creadora. Es esta última característica de Frida, la creación y la creatividad, la que estructura su existencia y nos hace reconocer en ella una permanente revolución, una mecha que cuando se enciende, ya no para.

Su camino al arte: entre el sufrimiento y la fuerza

Frida nació el 6 de julio de 1907, en Coyoacán, aunque su amor por la revolución la llevó a repetir toda la vida que había vuelto a nacer con ella, y por lo mismo usaba como año de nacimiento 1910.
Desde su temprana infancia su vida estuvo atravesada por problemas de salud que marcaron su cuerpo a fuego. Pero esos mismos dramas, son los que de una u otra manera la harán ser Frida. La poliomelitis que contrajo a los 6 años le causó el debilitamiento de por vida de una pierna, y es esta misma debilidad física, y las burlas que va a generar entre sus compañeros de escuela, la que lleva a su padre a protegerla como a ninguna otra de sus hijas, enseñándole su oficio, el de la fotografía, que se revelará como técnica fundamental en su obra. Y nuevamente a los 18 años, el trágico accidente que casi le cuesta la vida, y dañó su columna y su pelvis de forma permanente, es el mismo que la hará abandonar sus estudios para medicina y le permitirá ser plenamente, a través de su arte. Es durante las solitarias y dolorosas recaídas de salud posteriores al accidente, que Frida reconoce en la pintura una suerte de cura psicológica, que le permite reflejar sus estados de ánimo, sus sentimientos, su dolor, su angustia y sufrimiento, como así también su dignidad y su determinación de vencer a la muerte y al dolor. En 1927, cuando su salud le hubiera permitido retomar los estudios de medicina, Frida ya había tomado la decisión que marcaría su vida: dedicarse a pintar. Pero además, el camino del arte la acerca a dos hitos importantes en su vida: la militancia y Diego Rivera.
En 1928 Frida conoce a la fotógrafa Tina Modotti (supuesta espía soviética), quien la afilia al Partido Comunista Mexicano y le presenta a Diego Rivera, con quien se casará el 21 de agosto de 1929. Diego era un importante miembro del PC, pero sobretodo un famoso muralista, uno de los más conocidos artistas plásticos que México haya dado. Frida le acercó alguno de sus trabajos, Diego la incentivó fuertemente a seguir con su obra, y meses después estaban casados. Diego siempre admiró la obra de Frida, y la recomendó ante los más reconocidos artistas «Yo la recomiendo, no como esposo sino, como un entusiasta admirador de su trabajo, ácido y tierno, duro como el hierro y delicado y fino como el ala de una mariposa, adorable como una hermosa sonrisa, profundo y cruel como lo más implacable de la vida». Diego formaba parte del movimiento de mexicanidad, que buscaba promover la identidad mexicana y para ello recurre a técnicas y temas extraídos del folklore y del arte popular de su país. Toda la obra de Frida se verá de una u otra manera influenciada por Diego y por el movimiento, aunque con el tiempo sus obras simples y con detalles autóctonos, comenzarán a yuxtaponer objetos incongruentes, que se montan en escenarios locales pero aún así fantásticos.
Buena parte de la obra de Frida está marcada por sus experiencias somáticas y psíquicas más primarias, pero ese es un sólo nivel de análisis posible, también podemos ver en ella la condensación de mundos posibles, imposibles y múltiples metáforas sobre la opresión y la lucha. “Como mis temas han sido siempre mis sensaciones, mis estados de ánimo y las reacciones profundas que la vida ha producido en mí, yo lo he llevado objetivamente y plasmado en las figuras que hago de mí misma, que es lo más sincero y real que he podido hacer para expresar lo que yo he sentido dentro y fuera de mí misma”
Son muchos los que victimizan a Frida a partir de las visiones de cuerpos monstruosos y doloridos, buscando en ellos la desazón de una mujer enferma. Pero esta es una sola de las posibilidades, hay una alternativa, y es la de ver en esos cuerpos enfermos y sufrientes que sin pudor alguno se desnudan en el lienzo, un desafío a la etiqueta y las normas burguesas sobre el arte. Pero además, el mismo hecho de retratar un cuerpo deteriorado, es visibilizar precisamente aquello que pretende ocultarse, silenciarse. Con su propio cuerpo sufriente, Frida evoca a otros cuerpos también silenciados, a otros sufrimientos, evoca a los proletarios que hasta el momento sólo se visibilizaban a través del realismo socialista. Más que oníricas, sus pinturas son condensaciones, síntesis y metáforas de lo que sentía, veía. Y así respondió ante el intento de Bretón de incluirla en el movimiento surrealista1 “Creen que soy surrealista, pero no es cierto, no lo soy. Yo nunca he pintado lo que sueño. Yo pinto mi propia realidad”. Entre el surrealismo que se le adjudicaba, y el realismo que le pregonaba Rivera, allí estaba Frida, sin intenciones de dejarse encasillar, creando, revolucionando.

Frida la mujer, artista, amante y revolucionaria

La imagen que Frida tenía sí misma, no puede desprenderse mecánicamente de sus obras, aunque si podemos deducir de ellas la imagen que Frida quería o necesitaba proyectar sobre ella misma. Rasgos de fortaleza superpuestos con un cuerpo destrozado y sufriente; la exageración de atributos supuestamente masculinos combinado con pechos abultados y turgentes, vestimenta y adornos tradicionales con situaciones de total trasgresión. Quizás una de las características más encantadoras de la obra de Frida, y de su vida, sea esta exposición total de las contradicciones, esa falta de decoro y racionalidad que le permitió visualizar sus trasgresiones, sin esconder el dolor y el sufrimiento que las mismas ocasionaron.
La feminidad de Frida se encontraba de una u otra manera vulnerada, las vigas de hierro que atravesaron su pelvis no sólo le generaron problemas de salud, sino que también quebrantaron su capacidad repro-ductiva y la estética misma de sus órganos reproductores. Su debilitada pierna tampoco contribuía a dar una imagen de mujer vigorosa. Los abortos espontáneos que sufre a lo largo de su vida la conmocionan, le despiertan significados en torno a la maternidad y su mismo nacimiento, que son sublimados a través de diferentes obras. Pero Frida es a la vez una mujer fuerte, que todo lo ve con sus ojos de mujer revolucionaria, que permiten que ella exprese sin recelos sus deseos por la maternidad, la lactancia, los miedos, a la vez que rechaza en acto el papel tradicional de la mujer. Su fórmula es la explicitación, la expresión conciente de lo femenino, con sus contradicciones, pero trascendiendo sus límites, y aceptando la realidad material con fortaleza, “Tenía tantas ganas de tener un pequeño Dieguito que lloré bastante, pero ya todo pasó y no hay nada más que hacer que soportarlo”. Frida es también erótica, como se puede ver en varias fotografías, y se desprende de relatos de sus amantes. Así Chavela Vargas la describe “Ella era fuerte, yo era fuerte. Parecía una potranca también, como yo, una yegua, de las que cuesta domar, de las que nunca se doman. Ella estaba postrada en la cama, o en la silla, pero no me refiero a eso: digo que su pensamiento no se podía doblegar».
Y en este ser mujer tan plenamente, es también revolucionaria la incorporación que Frida hace de la fealdad, exalta atributos de supuesta fealdad. Juega con ellos y los re-significa, sus bigotes, sus cejas, sus heridas, y el travestismo que se atreve a trascender barreras para liberar las fuerzas. Su arte tan real y tan fantástico, continuamente vuelve a evocar las posibilidades revolucionarias, abre el camino de la subversión. El amor y el arte se transforman en medios revolucionarios, la fuerza emocional como camino para vencer la explotación.
Y en simultáneo está el amor al prójimo, su vida atravesada por un gran amor, el que tuviera con Diego Rivera, con quien se casó dos veces. Este amor que la obligó a romper esquemas, a sopesar su propio amor por sobre el egoísmo y la etiqueta. Diego nunca dejó de mantener amoríos, lo hizo incluso con la hermana menor de Frida, causándole un dolor profundo a la artista “Yo sufrí dos accidentes graves en mi vida», dijo una vez Frida, «uno en el que un autobús me tumbó al suelo… el otro accidente es Diego». Pero finalmente Frida eligió seguir siendo fiel a sí misma, y amar por siempre a Diego. Pero este amor, con los años fue multiplicándose y haciendo lugar pa-ra otras experiencias, mujeres y varones a quienes amó profunda aunque fugazmente.
Sin duda en Frida se desatacan sobre todas las cosas, su capacidad amatoria, de un amor revolucionario, desprendido de ataduras burguesas. Y este amor empieza por ella, sigue por Diego, y otros amantes, a México, pero por sobretodo está su amor por la revolución, en sus palabras “Yo tengo que luchar con todas mis fuerzas para asegurarme que lo poquito que mi salud me permite realizar beneficie también a la revolución, la única razón verídica para vivir”. Así se lee en un fragmento de su diario:
1ª Convicción de que no estoy de acuerdo con la contrarrevolución — Imperialismo — fascismo — religiones — estupidez — capitalismo y Toda la gama de trucos de la burguesía — Deseo de cooperar en la Revolución para la transformación del mundo en uno sin clases para llegar a un ritmo mejor para las clases oprimidas.
Frida fue militante del PCM desde 1928, pero en la década del 30 se producirá una distancia, Diego la introduce a las ideas de Trotsky (a quien años más tarde hospedaran), que proponía formas más libertarias, incluido en su concepción sobre el arte. Esta cercanía a Trotsky será una fuente de interrogantes y reflexiones que llevarán a Frida a escribir apasionada e intensamente sobre filosofía, política y socialismo a partir de 1938. Y si bien durante la década del 40 la artista se cerca nuevamente al PCM de corte estalinista, su arte, su amor, su vida, su praxis, quedó para siempre marcada por su experiencia con Trotsky y el movimiento artístico-político del surrealismo, y la posibilidad de imaginar otros mundos, de transgredir siempre más, en busca de la libertad.

La Casa Azul: un mundo de vanguardia

La Casa Azul de Coyoacán será el lugar en donde Diego y Frida pasen la mayor parte de sus vidas. Pero la Casa azul también ha sido asilo de importantes personajes históricos, cuna de discusiones y manifiestos, caldo de cultivo de diversas vanguardias, políticas y artísticas, y ante todo podemos definirlo como un espacio de compromiso social y revolucionario.
En fiestas o estadías de diferentes duraciones, la Casa Azul albergó personajes de la envergadura de André Bretón y León Trotsky, personajes que además tendrían un gran impacto en la vida del matrimonio.
Ya en 1930 Diego Rivera se considera expulsado del Partido Comunista Mexicano y comienza a simpatizar con las ideas de Trotsky, acercando también a Frida a sus ideas, aunque nunca obtuviera de ella una afiliación orgánica. Durante toda la década del 30, Trotsky transita con su mujer por diversos países, huyendo de la amenaza del estalinismo y buscando asilo político. Es entonces que Diego le solicita al presidente de México, Cárdenas, que de asilo político a Trotsky y sus seguidores, quien accede y proporciona además 24 hs. de protección militar para los refugiados. Es así que en 1937 Diego y Frida pasan a hospedar a León Trotsky y su esposa en la Casa Azul, lugar donde permanecerán por los próximos dos años. Trotsky tenía debilidad por las mujeres bellas, y Frida se encontró atraída por su importancia mundial y la simpatía que Rivera le demostraba. Este mutuo interés rápidamente terminó en una relación entre Frida y Trotsky con la que Frida muy pronto se desinteresó, y lo llamaba «el viejo». Luego del rompimiento, Frida le regaló un autorretrato que Trotsky abandonó al irse de la casa de los Rivera.
En 1938 cuando el matrimonio ruso seguía en la Casa Azul, llegó a Coayacán el padre del surrealismo, André Bretón, quien había conocido tiempo antes a Frida y su obra en Nueva York. Bretón y Rivera se dedicarán entonces a redactar un documento conocido como Manifiesto de la Fiari (Federación Internacional del Arte Revolucionario Independiente), o Manifiesto por un Arte Revolucionario e Independiente. Este manifiesto contó con la participación decisiva y entusiasta de León Trotsky.
Ya desde los inicios de la Revolución Rusa habían comenzado las discusiones en torno al arte y su relación con el partido y la revolución. Una parte del partido propugnaba por un arte sujeto a las necesidades pedagógicas y comunicadoras inmediatas de la revolución, desestimando a la vez toda producción artística pre-revolucionaria. Lenin y Trotsky, por su parte, eran de la postura que el arte no debía sujetarse a límites inmediatos ni materiales, sino que debía poder expresar las manifestaciones humanas en todas sus dimensiones y rescataban las posibilidades que el arte pre-revolucionario podía tener como fuente de inspiración y admiración. Pero cuando el estalinismo se instaura en Rusia, es la primera posición sobre el arte la que se impone, y con ella una versión del realismo socialista soviético que generará fuertes conflictos entre artistas e intelectuales. Es así que en palabras de sus autores, la finalidad del manifiesto que escriben Rivera, Trotsky y Bretón en 1938 “es hallar un terreno en el que reunirá los mantenedores revolucionarios del arte, para servir la revolución con los métodos del arte y defender la libertad del arte contra los usurpadores de la revolución. Estamos profundamente convencidos de que el encuentro en ese terreno es posible para los representantes de tendencias estéticas, filosóficas y políticas, aún un tanto divergentes. Los marxistas pueden marchar ahí de la mano con los anarquistas, a condición de que unos y otros rompan implacablemente con el espíritu policíaco reaccionario, representado por José Stalin o por su vasallo García Oliver.”
Poco tiempo después, en 1940, Trotsky fue asesinado por Ramón Mercader, un agente de la policía secreta soviética de origen español, en México, con un pica hielo y bajo las órdenes de Stalin. Como éste era amigo de Frida en un principio las sospechas se instauran sobre ella. Diego y Trotsky ya habían comenzado a tener diferencias políticas desde 1938, ya que el segundo se mostraba muy duro con la vehemencia de Rivera, sus caprichos, y la impunidad y poder que su dinero le daban en la militancia cotidiana. Existen diversas y contradictorias versiones sobre la forma en que la relación entre el matrimonio y Trotsky continuó y, sobretodo, acerca de la manera en que Frida y Diego lo recordarán el resto de sus vidas. Más allá de estas subjetivas reconstrucciones de una historia demasiado rica, tras la muerte del revolucionario, Rivera y Kahlo comenzarán a acercarse nuevamente al PCM, y autocriticarán sus experiencias con Trotsky. Su situación era en extremo compleja y, si bien nada justifica que a la hora de elegir el matrimonio haya optado por volver a la égida del estalinismo, no por eso son menos ricos sus aportes artísticos e intelectuales a la revolución y la libertad.

Hija de la Revolución

Aún así, la vida de Frida siguió en revolución, se divorció de Diego en 1940, y enfermó gravemente “Ahora que hubiera dado la vida por ayudarte, resulta que son otras las ‘salvadoras’... Pagaré lo que debo con pintura... Lo único que te pido es que no me engañes en nada, ya no hay razón, escríbeme cada vez que puedas, procura no trabajar demasiado ahora que comiences el fresco, cuídate muchísimo tus ojitos, no vivas solito para que haya alguien que te cuide, y hagas lo que hagas, pase lo que pase, siempre te adorará tu Frida”, pero poco tiempo después aceptó volver a casarse con él, el hombre de su vida.
Se involucró en romances fugaces, y otros no tanto, y con el correr del tiempo fue optando por parejas femeninas, que con su cuerpo dolorido, ofrecían un sexo más tranquilo. Cada vez teniendo que someterse a intervenciones más dolorosas, y recuperaciones imposibles. Frida siguió pintando, y siguió políticamente comprometida. Es así que luego de que se le amputara una pierna gangrenada, Participó en silla de ruedas, de una marcha de protesta por la destitución de Jacobo Arbenz en Guatemala, situación que le causa un recrudecimiento de la pulmonía que tenía y su salud se deteriora rápidamente. Se agrava su salud, a causa de una bronconeumonía y fallece en la madrugada del 13 de julio de 1954. Su velatorio se realizó en el Palacio de Bellas Artes, al cual asistieron numerosas personas, entre ellas destacados personajes de la política y la cultura. Fue posteriormente cremada en el Panteón de Dolores. Para definir la vida de Frida, podríamos decir que  “De cualquier manera que se conciba la relación entre el desarrollo social y la liberación del individuo, todo revolucionario debería esforzarse por realizar, al menos en su propia conciencia, la síntesis entre su deseo de liberación social y su deseo de liberación espiritual”2 .

Notas

1 El surrealismo toma como cabezas teóricas a Marx y a Freud. Del primero la liberación social, del segundo la liberación individual que se lograría con la desautomatización de la percepción de la vida, cuando ésta dé cuenta de sí a través de métodos de asociación libre. Toda la concepción surrealista, tanto del arte como de la sociedad en general, está profundamente influida por la idea marxista de falsa conciencia , en tanto las acciones de los hombres –y su producto– no son el mero reflejo de sus condiciones reales, sino en sí mismas críticas, ya que responden a una realidad que se percibe como insuficiente.El movimiento surrealista dispara claramente contra su objetivo: la división arte-praxis vital, la tan pregonada por la burguesía «autonomía del arte», proponiendo el cambio a través de la acción..

2 Alquíe, “Phil du surealisme”, citado en Feraud, «Surrealisme et Marxisme», publicado en ‘La Bréche,  Action surréaliste», n’ 8 , París, 1965

 


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