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hoy "El Capital" de Marx
Escribe:
Michel Husson es economista,miembro
del Consejo científico de ATTAC-Francia.
http://hussonet.free.fr
Una introducción a El Capital no
puede tener actualmente otro sentido que
justificar el interés de su lectura
para comprender el capitalismo contemporáneo.
Francamente, no es tan difícil. En
efecto, la gran prensa económica
suele hacer periódicamente referencia
explícita a la crítica marxista
del capitalismo. Así, en su edición
del 19 de diciembre de 2002, The Economist
escribía que “el comunismo
como sistema de gobierno está muerto
o agonizante” pero, no obstante “su
porvenir parece asegurado en tanto que sistema
de ideas”. Business Week del
20 enero de 2003 evocaba el retorno de la
lucha de clases. Más recientemente,
en el Financial Times del 28 de diciembre
de 2006, John Thornhill señalaba
que “el reciente desarrollo de
la mundialización que, desde muchos
puntos de vista, recuerda a la época
de Marx, ha conducido sin ninguna duda a
un interés renovado por su critica
del capitalismo (…) ¿Cómo
puede ser que el dos por ciento más
rico de la población adulta posea
más del 50% de la riqueza mundial
mientras que la mitad más pobre no
posea más que el 1 %? ¿Cómo
se puede comprender el capital sin leer
Das Kapital?”. En Francia, Jacques
Attali, acaba de publicar une biografía
de Marx [2] en la que sostiene que sólo
hoy podemos plantearnos las cuestiones a
las que respondía Marx.
Sin embargo, estas referencias no son suficientes
para ignorar una objeción, a fin
de cuentas legitima: ¿reclamándonos
de una obra fechada en el siglo XIX para
analizar la realidad actual, no nos arriesgamos
a caer en un arcaísmo dogmático?
Esta alusión al arcaísmo debe
tomarse en consideración, y puede
justificarse a partir de dos postulados,
de los cuales uno solo sería suficiente
para convertir en caduca la referencia marxista.
Para justificar el recurso al aparato conceptual
marxista, tendremos que poner en cuestión
uno y otro de esos postulados.
El primero es que la ciencia económica
habría realizado, después
de Marx, progresos cualitativos, e incluso
habría efectuado cambios de paradigma
irreversibles. En ese caso, el análisis
marxista se habría vuelto obsoleto,
no tanto en razón de las transformaciones
de su objeto, sino por los progresos de
la ciencia económica.
Pero esta concepción de la “ciencia
económica” como una ciencia,
y en todo caso como una ciencia unificada
que ha progresado linealmente, debe ser
recusada. Contrariamente a la física,
por ejemplo, los paradigmas de la economía
continúan realmente coexistiendo
de manera conflictiva, como lo han hecho
desde el comienzo. La economía dominante
actual, llamada neoclásica, está
construida sobre un paradigma que no difiere
en lo fundamental del de las escuelas pre–marxistas
o incluso pre–clásicas. El
debate triangular entre la economía
“clásica” (Ricardo),
la economía “vulgar”
(Say o Malthus) y la crítica de la
economía política (Marx) continúa
aproximadamente en los mismos términos.
Las relaciones de fuerzas que existen entre
eso tres polos han evolucionado, pero no
según un esquema de eliminación
progresiva de paradigmas que caerían
poco a poco en el campo pre–científico.
La economía dominante no domina a
causa de sus efectos de conocimiento propios,
sino en función de las relaciones
de fuerzas ideológicas y políticas
más generales. Por poner un solo
ejemplo, podemos referirnos al debate perfectamente
de actualidad sobre las “trampas del
desempleo”: las indemnizaciones demasiado
generosas desanimarían a los parados
a retomar un empleo y ésta sería
una de las principales causas de la persistencia
del paro. Curiosamente, se trata exactamente
de los mismos argumentos que ya fueron avanzados
en Gran Bretaña para rechazar la
ley sobre los pobres (en 1832). Se trata
pues de una cuestión social que ningún
progreso de la ciencia ha conseguido superar.
El segundo postulado afirma que el capitalismo
de nuestro tiempo sería cualitativamente
diferente del que fue objeto de los estudios
de Marx. Sus análisis pudieron ser
útiles para comprender el capitalismo
del siglo XIX, pero han acabado resultando
obsoletos por las transformaciones que han
intervenido desde entonces en las estructuras
y los mecanismos del capitalismo. Es verdad,
evidentemente el capitalismo contemporáneo
no se parece, en sus formas de existencia,
al que conoció Marx. Pero las estructuras
determinantes de este sistema permanecen
invariables; es más, podemos sostener
que, por el contrario, el capitalismo contemporáneo
está más próximo de
un funcionamiento “puro” de
lo que lo estaba el de la “edad de
oro” que va desde la Segunda Guerra
Mundial a la mitad de los años setenta.
Si adoptamos este doble punto de vista (ausencia
de progreso acumulativo de la “ciencia”
económica y continuidad de las estructuras
capitalistas) es lícito aplicar los
esquemas marxistas hoy en día. Pero
no podemos quedar satisfechos con una versión
debilitada del dogmatismo que consistiría,
más o menos, en hacer entrar de manera
forzada la realidad actual en un marco conceptual
marxiano. Tenemos todavía que demostrar
que extraemos un beneficio, una plusvalía
y que hemos conseguido comprender mejor
el capitalismo contemporáneo. Esto
es lo que tratamos de demostrar a lo largo
de este texto, a partir de algunos ejemplos.
La teoría
del valor
La teoría del valor–trabajo
está en el corazón del análisis
marxista del capitalismo. Nada más
normal pues que comenzar por ella si queremos
evaluar la utilidad de esta herramienta
marxista para la comprensión del
capitalismo contemporáneo. No se
trata de exponer aquí esta teoría
en todos sus aspectos [3]. Pero al menos
podemos resumirla muy sucintamente alrededor
de una idea central: el trabajo humano es
la única fuente de creación
de valor. Por valor, hay que entender aquí
el valor monetario de las mercancías
producidas bajo el capitalismo. Por lo tanto
nos vemos confrontados a un verdadero enigma,
que las transformaciones del capitalismo
no han conseguido hacer desaparecer: un
régimen económico en el que
los trabajadores producen la integridad
del valor aunque no reciben más que
una fracción bajo la forma de salarios,
mientras que el resto va a los beneficios.
Los capitalistas compran los medios de producción
(máquinas, materias primas, energía,
etc.) y la fuerza de trabajo; de esta manera
producen las mercancías que venden
y se reencuentran finalmente con más
dinero del que habían invertido al
inicio. El producto es la diferencia entre
el precio de venta y el precio de coste
de esta producción. Ésta es
la constante que sirve de definición
en los manuales, pero el misterio de la
fuente del beneficio queda sin aclarar.
En torno a esta cuestión, absolutamente
fundamental, Marx comenzará su análisis
del capitalismo en El Capital. Antes que
él los grandes clásicos de
la economía política, como
Smith o Ricardo, procedían de manera
distinta cuando se preguntaban sobre lo
que regulaba el precio relativo de las mercancías:
¿por qué, por ejemplo, una
mesa valía el equivalente del precio
de cinco pantalones? La respuesta que se
imponía inmediatamente era afirmar
que esta relación de uno a cinco
reflejaba aproximadamente el tiempo de trabajo
necesario por producir un pantalón
o una mesa. Se trata de lo que podríamos
llamar la versión elemental del valor–trabajo.
A continuación, esos economistas
–que Marx llamaba clásicos
y que respetaba (a diferencia de otros economistas
que llamará “vulgares”)
– tratan de descomponer el precio
de una mercancía.
Además del precio de las materias
primas, éste incorpora tres grandes
categorías, la renta, el beneficio
y el salario. Esta fórmula “trinitaria”
parece muy simétrica: la renta es
el precio de la tierra, el beneficio el
precio del capital, y el salario es el precio
del trabajo. De ahí la contradicción
siguiente: por un lado, el valor de una
mercancía depende de la cantidad
de trabajo necesario para su producción;
pero, por otro lado, éste no comprende
solamente al salario. El análisis
se complica más aún cuando
tenemos en cuenta, como hace Ricardo, que
el capitalismo se caracteriza por la formación
de una tasa general de beneficio; dicho
de otra manera, que los capitales tienden
a tener la misma rentabilidad sea cual sea
la rama en la que han sido invertidos.
Ricardo no llegará a resolver esta
dificultad. Marx propone su propia solución,
que es a la vez genial y simple (al menos
a posteriori). Él aplica a la fuerza
de trabajo, esta mercancía un poco
particular, la distinción clásica,
que hace suya, entre valor de uso y valor
de cambio. El salario es el precio de la
fuerza de trabajo que es socialmente reconocido
en un momento dado como necesaria para su
reproducción. Desde ese punto de
vista, el intercambio entre el vendedor
de la fuerza de trabajo y el capitalista
es, por regla general, una relación
igual. Pero la fuerza de trabajo dispone
de la propiedad particular, que es su valor
de uso, de producir el valor. El capitalista
se apropia íntegramente de este valor
producido, pero no paga más que una
parte, porque el desarrollo de la sociedad
permite que los salarios puedan producir
durante su tiempo de trabajo un valor mayor
del que éste puede recuperar en la
forma de salario.
Hagamos lo mismo que Marx, en las primeras
líneas de El Capital, y observemos
la sociedad como una “inmensa acumulación
de mercancías” todas producidas
por el trabajo humano. Podemos hacer dos
montones: el primero está formado
por los bienes y servicios de consumo que
regresan a los trabajadores; el segundo
comprende los bienes llamados “de
lujo” y los bienes de inversión,
que corresponden a la plusvalía.
El tiempo de trabajo del conjunto de esta
sociedad puede a la vez descomponerse en
dos: el tiempo consagrado para producir
el primer montón es llamado por Marx
el trabajo necesario, y el sobretrabajo
es el que se dedica a la producción
del segundo montón.
Esta representación resulta en el
fondo bastante simple; para llegar a una
conclusión, tenemos, evidentemente,
que retroceder un poco y adoptar un punto
de vista social. Es muy difícil dar
este paso precisamente porque la fuerza
del capitalismo radica en proporcionar una
visión de la sociedad como una larga
serie de intercambios iguales. Contrariamente
al feudalismo en el que el sobretrabajo
resultaba físicamente perceptible
–el campesino debía trabajar
un cierto número de días por
año en las tierras del señor
o le entregaba una fracción de su
propia cosecha– esta distinción
entre trabajo necesario y sobretrabajo resulta
opaca en el capitalismo, a causa de las
modalidades del reparto de las riquezas
y de una muy profunda división social
del trabajo. En realidad, este dispositivo
funciona todavía hoy e incluso adquiere
con la financiarización una forma
exacerbada.
Las finanzas
¿crean valor?
La euforia bursátil y las ilusiones
creadas por la “nueva economía”
han creado la impresión de que cualquiera
podía “enriquecerse durmiendo”,
y que las finanzas se habían convertido
en una fuente autónoma de valor.
Estas ilusiones no tienen nada de original,
y encontramos en El Capital todo
los elementos para hacer una critica, especialmente
en los análisis del Libro Tercero
dedicados al reparto del beneficio entre
interés y el beneficio de empresa.
Marx escribe por ejemplo que: “He
aquí por qué en la concepción
vulgar de la gente se considera el capital–dinero,
el capital a interés, como el verdadero
capital, como el capital por excelencia”
[4]. En efecto, éste parece capaz
de procurar un beneficio, independientemente
de la explotación de la fuerza de
trabajo.
Por eso, Marx añade: “Para
la economía vulgar, que pretende
presentar el capital como fuente independiente
de valor, de creación de valor, esta
forma es, naturalmente, un magnifico hallazgo,
la forma en que ya no es posible identificar
la fuente de la ganancia y en que el resultado
del proceso capitalista de producción
– desglosado del proceso mismo –
cobra existencia independiente”
[5].
La teoría del valor es, por lo tanto,
particularmente útil para tratar
correctamente el fenómeno de la financiarización.
Una presentación ampliamente extendida
consiste en decir que los capitales tienen
siempre la alternativa de invertir en la
esfera productiva o de situarse en los mercados
financieros especulativos, y que han de
arbitrar entre los dos en función
de los rendimientos esperados. Este punto
de vista puede tener algunas virtudes críticas,
pero tiene el defecto de sugerir que existen
dos medios alternativos de ganar dinero.
En realidad, es posible enriquecerse en
la Bolsa, pero sólo sobre la base
de una punción operada sobre la plusvalía,
de modo que el mecanismo establece unos
límites, los de la explotación,
y que el movimiento de valorización
bursátil no puede autoalimentarse
indefinidamente.
Desde un punto de vista teórico,
los cursos de la Bolsa deben ser valorados
en relación con los beneficios esperados.
Esta relación es, evidentemente,
muy imperfecta, y depende también
de la estructura de financiamiento de las
empresas: según éstas se financien
principalmente, o accesoriamente, sobre
los mercados financieros, el curso de la
acción será un indicador más
o menos preciso. El economista marxista
Anwar Shaikh ha presentado una investigación
en la que muestra que esta relación
funciona bien para los Estados Unidos [6].
También se puede aplica en el caso
francés: entre 1965 y 1995, el índice
de la Bolsa de Paris es claramente correlativo
con la tasa de ganancia.
Pero esta ley ha sido claramente desmentida
en la segunda mitad de los años 90:
en Paris, el índice CAC40 por ejemplo
se ha multiplicado por tres en cinco años,
lo que resulta verdaderamente extravagante.
La conmoción bursátil de comienzos
de los años 2000 debe interpretarse,
por lo tanto, como una forma de llamada
al orden por parte de la ley del valor,
que construye su camino sin preocuparse
de las modas económicas. El retorno
de lo real tiene como referencia, a fin
de cuentas, la explotación de los
trabajadores, que es el verdadero “fundamento”
de la Bolsa. El crecimiento de la esfera
financiera y de las rentas que ésta
procura, sólo es posible en proporción
exacta con el aumento de la plusvalía
no acumulado y tanto la una como la otra
admiten limites, que han sido alcanzados.
¿Fin
del trabajo y, por lo tanto, del valor–trabajo?
Las
teorizaciones nacidas de la “nueva
economía” concluyen en la idea
de que las nuevas tecnologías convierten
en obsoleto el valortrabajo, porque introducen
transformaciones fundamentales en la naturaleza
de las mercancías. En particular,
la determinación de su valor por
el trabajo socialmente necesario ya no correspondería
al lugar obtenido por el conocimiento en
la producción.
Las mercancías modernas toman cada
vez más la forma de bienes y servicios
inmateriales: programas de ordenador, proyecciones,
información, etc. Pero esto no pone
en cuestión la teoría del
valortrabajo, para la cual la mercancía
no es una cosa. No es su existencia material
lo que constituye la mercancía, sino
una relación social ampliamente independiente
de la forma concreta del producto: es mercancía
aquello que es vendido como medio de rentabilizar
un capital.
Otra característica de estas mercancías
radica en su capacidad de reproducción,
que se deduce de una estructura de costes
particulares: la concepción del producto
necesita una aportación inicial de
fondos importante y concentrada en el tiempo,
en la que los gastos de trabajo cualificado
ocupan un lugar creciente; las inversiones
se desvalorizan rápidamente y hay
que rentabilizarlas en un período
corto; los gastos variables de producción
o de reproducción son relativamente
débiles; en fin, es posible apropiarse
gratuitamente de la innovación o
del producto mismo.
Se habla también de indivisibilidad,
noción que se aplica sin problemas
a la información: una vez ésta
es producida, su difusión no priva
a nadie de su disfrute, contrariamente por
ejemplo a un libro que no puedo leer, si
lo he dado o prestado.
En la medida en que las nuevas tecnologías
introducen la posibilidad de una producción
y de una difusión casi gratuita,
éstas entran en contradicción
con la lógica del beneficio. Para
funcionar según sus reglas habituales,
el capitalismo debe limitar esas posibilidades
por medio de dispositivos jurídicos
que protegen la propiedad industrial (patentes,
derechos de autor, licencias, etc.) y por
procedimientos que destruyen el valor de
uso de ciertas innovaciones. Un ejemplo
reciente es la invención de garantías
que prohíben la transferencias y
la lectura de los ficheros digitales.
Por tanto, las mercancías modernas
no llevan a la emergencia de un nuevo modo
de producción que superaría
la ley del valor, como pretenden ciertos
teóricos del “capitalismo cognitivo”.
Por el contrario, como ha señalado
André Gorz, “el capitalismo
cognitivo, es la contradicción del
capitalismo” [7]. En efecto volvemos
a encontrarnos con la contradicción
absolutamente clásica entre la forma
que toma el desarrollo de las fuerzas productivas
(aquí, la potencial difusión
gratuita) y las relaciones de producción
capitalista, que buscan reproducir el estatuto
de mercancía, en sentido opuesto
a las potencialidades de las nuevas tecnologías.
Estos mismas teorías de la superación
del valor–trabajo insisten sobre el
papel que desempeña el conocimiento
en los procesos productivos, que dejarían
particularmente en mal lugar a la teoría
del valor–trabajo. Para Enzo Rullani,
“el conocimiento se ha convertido
en un factor necesario, tanto como el trabajo
y el capital” y el capitalismo cognitivo
“funciona de manera diferente del
capitalismo a secas”. Por eso, “Ni
la teoría del valor, de la tradición
marxista, ni la liberal, actualmente dominante,
pueden dar cuenta del proceso de transformación
del conocimiento en valor” [8].
Esto significa ignorar que una de las fuentes
esenciales de la eficacia del capitalismo
ha residido siempre en la incorporación
de las capacidades de los trabajadores a
su maquinaria social. Marx ya señalaba
que: “La acumulación del
saber y de la destreza, de las fuerzas productivas
generales del cerebro social, es absorbida
así, con respecto al trabajo, por
el capital y se presenta por ende como propiedad
del capital, y mas precisamente del capital
fijo” [10]. La idea según
la cual el capital goza de la facultad de
apropiarse de los progresos de la ciencia
(o del conocimiento) no es desde luego nada
novedosa en el campo del marxismo. Por el
contrario, uno de las grandes aportaciones
de Marx está en haber demostrado
que el capital no era un parque de maquinas
o de ordenadores en red, sino una relación
social de dominación.
El análisis
del paro
El capitalismo, particularmente el europeo,
se caracteriza desde hace de dos decenios,
por un retroceso de la participación
de los salarios en la renta nacional, por
la persistencia de un paro masivo y por
la extensión de la precariedad. Una
de las maniobras para justificar esta situación
por parte de la economía dominante
consiste en referirse la teoría de
la tasa de paro de equilibrio. Se le llama
también NAIRU (non accelerating
inflation rate of unemployment) por encima
del cual se desencadena la inflación.
Toda política orientada a recuperar
el pleno empleo sería ilusoria, ya
que la baja de la tasa de paro desencadenaría
un aumento de la inflación que, finalmente,
conduciría la tasa del paro a su
valor “de equilibrio”.
Pero sí examinamos más
de cerca esta formulación, descubrimos
que se trata más bien de una teoría
de la “tasa de explotación
de equilibrio”, tanto más elevada
cuanto aumentan la tasa de paro y las ganancias
de productividad, a condición de
que éstas últimas no se repercutan
plenamente sobre los salarios. Este enfoque
moderno es solamente una reformulación
de la teoría de Marx, como se muestra
en esta cita: “La proporción
diferente en que la clase obrera se descompone
en ejército activo y ejército
de reserva, el aumento o la disminución
del sobrante relativo de población
correspondiente al flujo y reflujo del periodo
industrial, determinan exclusivamente las
variaciones en el tipo general de los salarios”
[10]. Todo esto sucede como sí las
política europeas se inspiraran directamente
de este análisis, que permite comprender
por qué éstas se fijan como
objetivo aumentar la tasa de empleo, y no
reducir la tasa de paro. Se trata de crear
empleos a condición de hacer progresar
aún más rápidamente
las incorporaciones al mercado de trabajo
para mantener la presión ejercida
por lo que Marx llamaba el “ejército
industrial de reserva”. Esto nos facilita
una descripción bastante fiel de
las reglas de funcionamiento de un capitalismo
que trata de aumentar la tasa de explotación,
manteniendo la presión ejercida por
el paro masivo sobre los salarios, y desconectar
su progresión de los avances en la
productividad.
La mercancía
contra las necesidades sociales
Una de las tendencias más sorprendentes
del capitalismo contemporáneo es
tratar de transformar en mercancías
lo que no lo es o no lo debería ser,
en primer lugar, la seguridad social y los
servicios públicos. Este proyecto
es doblemente reaccionario: afirma la voluntad
del capitalismo de volver a su “estado
natural” borrando todo lo que había
podido civilizarlo y, a la vez, revela su
incapacidad profunda tomar a su cargo los
nuevos problemas que se plantean a la humanidad.
La distinción establecida por Marx
entre valor de cambio y valor de uso es
aquí una clave esencial para comprender
las exigencias del capitalismo. No es que
no quiera responder adecuadamente a las
exigencias racionales y a las aspiraciones
legitimas, como curar a los enfermos de
sida o limitar las emisiones de gas de efecto
invernadero; es que lo condiciona a que
estas exigencias y aspiraciones pasen bajo
las horcas caudinas de la mercancía
y de las ganancias. En el caso del sida,
el principio intangible es vender los medicamentos
al precio que rentabilice su capital, y
tanto peor sí dicho precio es asequible
solamente para una minoría de las
personas afectadas.
Se trata claro está de la ley del
valor, que se aplica aquí con su
eficacia propia, que no radica en curar
al máximo de enfermos sino en rentabilizar
el capital invertido. Las luchas que apuntan,
con ciertos éxitos, en contra de
ese principio de eficacia tienen, por lo
tanto, un contenido anticapitalista inmediato,
ya que la alternativa pasa por financiar
la investigación con fondos públicos
y, a continuación, distribuir los
medicamentos en función del poder
de compra de los pacientes, o incluso gratuitamente.
Cuando los grandes grupos farmacéuticos
se oponen ferozmente a la producción
y a la difusión de medicamentos genéricos,
es el estatus de mercancías y el
estatus del capital de sus inversiones lo
que defienden, con una gran lucidez.
Idéntica oposición nos encontramos
a propósito de la lucha contra el
cambio climático. Aquí también,
las potencias capitalistas (grupos industriales
y gubernamentales) rechazan el más
pequeño paso hacia una solución
racional como la planificación energética
a escala planetaria. Tratan de buscar sucedáneos
como las “ecotasas” o los “derechos
de emisión”. Para ellos se
trata de incluir la gestión de este
problema en el espacio de los utensilios
mercantiles donde, dicho sea sintéticamente,
se juega sobre los costes y los precios,
en vez de sobre las cantidades. Lo que pretenden
es crear seudomercancías y de seudo–mercados,
en los que el ejemplo más caricaturesco
es el proyecto de mercado de los derechos
de emisión.
Esto es un puro absurdo que no resiste siquiera
a las contradicciones interimperialistas,
como lo ha demostrado la renuncia unilateral
de los Estados–Unidos a los acuerdos
de Kyoto, por lo demás bastante tímidos.
Al mismo tiempo, el capitalismo contemporáneo
trata de organizar la economía mundial
y el conjunto de las sociedades según
sus propias modalidades, dando la espalda
a los objetivos del bienestar.
El proceso de constitución de un
mercado mundial se desarrolla de manera
sistemática y pretende, en el fondo,
el establecimiento de una ley del valor
internacional. Pero este proyecto se enfrenta
a profundas contradicciones, porque se basa
en la negación de las diferencias
de productividad que obstaculizan la formación
de un espacio de valorización homogéneo.
Este olvido tiene consecuencias de expulsión
forzada que implican la eliminación
potencial de todo trabajo que no se sitúa
por encima de las normas de rentabilidad
más elevadas, normas que el mercado
mundial tiende a universalizar.
Así, los países son fraccionados
entre dos grandes sectores, los que se integran
en el mercado mundial, y los que deben ser
mantenidos al margen. Se trata pues de un
anti–modelo de desarrollo, y ese proceso
de dualización de los países
del Sur resulta estrictamente idéntico
al que llamamos exclusión en los
países del Norte.
A quien la patronal querría desplazar
al estatus de una pura mercancía
es, finalmente, a la propia fuerza de trabajo.
El proyecto de “refundación
social” de la patronal francesa expresa
bien esta ambición de no tener que
pagar al trabajador asalariado más
que en el momento en que trabaja por el
patrón, lo que significa reducir
al mínimo y cargar sobre las finanzas
públicas los elementos del salario
socializado, “remercantilizar”
las jubilaciones, y hacer desaparecer la
noción misma del horario legal del
trabajo. Este proyecto da la espalda al
progreso social que, por el contrario, pasa
por la “desmercantilización”
y el tiempo libre. Para alcanzar este objetivo
no es necesario contar con las innovaciones
de la técnica, sino con un proyecto
radical de transformación social
que es el único medio para enviar
la vieja ley del valor al museo de las antigüedades.
La lucha por el tiempo libre como medio
privilegiado de redistribuir los logros
de la productividad es, por lo tanto, la
vía fundamental para lograr que el
trabajo deje de ser una mercancía
y que la aritmética de las necesidades
sociales substituya a la del negocio.
Esta es la vía trazada por Marx en
uno de los últimos capítulos
de El Capital : “La libertad,
en este terreno, sólo puede consistir
en que el hombre socializado, los productores
asociados, regulen racionalmente éste
su intercambio de materias con la naturaleza,
lo pongan bajo su control común en
vez de dejarse dominar por él como
por un poder ciego, y lo lleven a cabo con
el menor gasto posible de fuerzas y en las
condiciones más adecuadas y más
dignas de su naturaleza humana. Pero, con
todo ello, siempre seguirá siendo
éste un reino de la necesidad. Al
otro lado de sus fronteras comienza el despliegue
de las fuerzas humanas que se considera
como fin en sí, el verdadero reino
de la libertad, que sin embargo sólo
puede florecer tomando como base aquel reino
de la necesidad. La condición fundamental
para ello es la reducción de la jornada
de trabajo” [11].
La teoría
de la acumulación
La teoría marxista de la acumulación
y de la reproducción del capital
propone un marco de análisis de la
dinámica del modo de producción
capitalista, el cual está dotado
de un principio de eficacia especifica,
que no le impide caer regularmente en contradicciones
(que, hasta ahora, ha conseguido remontar).
Su historia le ha hecho recorrer diferentes
fases que le aproximan a una crisis sistémica
referida a su principio central de funcionamiento,
sin que de ello se deba deducir la inevitabilidad
de su hundimiento final.
Empecemos por una apología paradójica:
el capitalismo es, en la historia de la
humanidad, el primer modo de producción
que ha mostrado semejante dinamismo. Lo
podemos medir, por ejemplo, por medio de
la ampliación sin precedentes de
la productividad del trabajo en la segunda
mitad del siglo XIX, que llevó a
Marx a afirmar que el capitalismo revolucionaba
las fuerzas productivas.
Esta auténtica hazaña se deriva
de su característica esencial: la
competencia entre capitales privados movidos
por la búsqueda de la rentabilidad
máxima. Dicha competencia se basa
en una tendencia permanente a la acumulación
del capital (“la Ley y los profetas”,
decía Marx), que transforma
permanentemente los métodos de producción
y los productos mismos y no se contenta
con aumentar la escala de la producción.
Estos logros tienen por contrapartida dificultades
estructurales de funcionamiento, que se
manifiestan por crisis periódicas.
Nos encontramos con dos contradicciones
absolutamente centrales que combinan una
tendencia, por una parte, a la sobreacumulación,
y por otra parte, a la sobreproducción.
La tendencia a la sobreacumulación
es la contrapartida de la competencia :
cada capitalista tiende a invertir para
ganar cuotas de mercado, sea bajando sus
precios, sea mejorando la calidad del producto.
Esta tendencia se refuerza cuando el mercado
es su portador y la rentabilidad es elevada.
Pero la suma de estas acciones, racionales
cuando están tomadas separadamente,
conducen casi automáticamente a una
sobreacumulación. Dicho de otra manera,
globalmente hay demasiadas capacidades de
producción activas, y por ello mismo,
demasiado capital para que éste pueda
ser rentabilizado al nivel precedente. Lo
que se gana en productividad se paga con
un anticipo en capital por puesto de trabajo;
lo que Marx denominaba la composición
orgánica del capital.
La segunda tendencia se refiere a las ventas.
La sobreacumulación arrastra a la
sobreproducción, en cuanto se producen
también demasiadas mercancías
en relación a lo que el mercado puede
absorber. Este desequilibrio proviene de
un subcon-sumo relativo cada vez que la
distribución de las rentas no crea
el poder de compra necesario para vender
la producción. Marx estudió
durante largo tiempo las condiciones de
la reproducción del sistema; podemos
resumir sus ideas diciendo que el capitalismo
utiliza un motor de dos tiempos: necesita
el beneficio, claro está, pero también
necesita que las mercancías sean
efectivamente vendidas para que se pueda
embolsar realmente dicho beneficio, “realizarlo”
por retomar el término de Marx. Marx
muestra que estas condiciones no son absolutamente
imposibles de alcanzar, pero que nada garantiza
que sean satisfechas duraderamente.
La competencia entre capitales individuales
conlleva permanentemente el riesgo de sobreacumu-lación
y, por consiguiente, de desequilibrio entre
los dos grandes “sectores” de
la economía : el que produce los
medios de producción (bienes de inversión,
energía, materias primeras, etc.)
y el que produce los bienes de consumo.
Pero la fuente principal del desequilibrio
es la lucha de clases: cada capitalista
está interesado en bajar los salarios
de sus propios asalariados, pero si todos
los salarios están bloqueados, caen
las ventas. Entonces es necesario que el
beneficio obtenido gracias al bloqueo de
los salarios sea redistribuido hacia otras
capas sociales, que lo consumen y substituyen
así al consumo menguante de los salarios.
Por lo tanto, el funcionamiento del capitalismo
es esencialmente irregular. Su trayectoria
está sometida a dos tipos de movimientos
que no tienen la misma amplitud. Tenemos
por un lado el ciclo del capital que conduce
a la sucesión regular de booms y
de recesiones.
Estas crisis periódicas más
o menos intensas, forman parte del funcionamiento
“normal” del capitalismo. Se
trata de “pequeñas crisis”
de las el sistema sale de manera automática
: la fase de recesión produce la
desvalorización del capital, la cual
crea las condiciones de la recuperación.
Las inversiones constituyen el motor de
estas fluctuaciones, en cierta medida automáticas.
La teoría
de las ondas largas
Pero
el capitalismo tiene una historia que repite
ese funcionamiento cíclico y que
conduce a la sucesión de periodos
históricos, marcados por unas características
específicas. La teoría de
las ondas largas desarrollada por Ernest
Mandel [13] establece las referencias históricas
que resumimos en el cuadro siguiente.
La sucesión
de las ondas largas
Así, con un ritmo mucho más
prolongado, el capitalismo presenta una
sucesión de fases expansivas y de
fases recesivas. Esta presentación
sintética requiere algunas precisiones.
La primera, que no basta con esperar 25
o 30 años. Si Mandel habla de una
onda más que de un ciclo, está
claro que su enfoque no se sitúa
en un esquema generalmente atribuido –probablemente
sin razón – à Kondratieff,
de movimientos regulares y alternativos
de los precios y de la producción.
Uno de los puntos importantes de la teoría
de las ondas largas es romper la simetría
de las inflexiones: el paso de la fase expansiva
a la fase depresiva es “endógeno”,
en el sentido que es resultante de la acción
de los mecanismos internos del sistema.
El paso de la fase depresiva a la fase expansiva
es por el contrario “exógeno”,
no automático, y supone una reconfiguración
del marco social e institucional.
La idea clave radica aquí en que
el paso a la fase expansiva no está
garantizado de entrada y que necesita reconstituir
un nuevo “orden productivo”.
Esto dura todo lo necesario, y no se trata
por tanto de un ciclo parecido al ciclo
coyuntural en el que la duración
puede ser referida a la duración
de la vida del capital fijo. Por eso este
enfoque no confiere ninguna primacía
a las innovaciones tecnológicas:
en la definición de este nuevo orden
productivo, las transformaciones sociales
(relaciones de fuerzas capital–trabajo,
grado de socialización, condiciones
de trabajo, etc.) tienen un rol esencial.
La tasa de ganancia es un buen indicador
sintético de la doble temporalidad
del capitalismo. A corto plazo, fluctúa
con el ciclo coyuntural, mientras que sus
movimientos a largo plazo se acompasan con
las grandes fases del capitalismo. La realización
de un orden productivo coherente se traduce
por su mantenimiento en un nivel elevado
y prácticamente “garantizado”.
Al cabo de un cierto tiempo, el juego de
las contradicciones fundamentales del sistema
degrada esta situación, y la crisis
está siempre y en todas partes marcada
por una baja significativa de la tasa de
ganancias. Ésta refleja una doble
incapacidad del capitalismo, para reproducir
el grado de explotación de los trabajadores
y para asegurar la venta de las mercancías.
La realización progresiva de un nuevo
orden productivo se traduce por un restablecimiento
más o menos rápido de la tasa
de ganancia. Nos parece útil reformular
la ley de la baja tendencia de la tasa de
ganancia de este modo: no baja de manera
continúa, pero los mecanismos que
la impulsan a la baja acaban siempre por
vencer a las que Marx llamaba contratendencias.
Así, la exigencia de una refundación
del orden productivo reaparece periódicamente.
El enfoque marxista de la dinámica
a largo plazo del capital podría
resumirse en pocas palabras de la manera
siguiente: la crisis es segura, pero la
catástrofe no lo es. La crisis es
segura, en el sentido de que todas las composturas
que el capitalismo se inventa, o que se
le imponen, no pueden suprimir duraderamente
el carácter desequilibrado y contradictorio
de su funcionamiento. Sólo el paso
hacia otra lógica podría concluir
en una regulación estable. Pero estas
conmociones periódicas que acompañan
su historia no implican, en modo alguno,
que el capitalismo se dirija inexorablemente
hacia el hundimiento final. En cada una
de esas “grandes crisis”, la
opción está abierta: puede
suceder que el capitalismo sea derrocado,
o que se recupere bajo formas que pueden
ser más o menos violentas (guerra,
fascismo), y más o menos regresivas
(giro neoliberal). Éste es el marco
en el que debemos examinar la trayectoria
del capitalismo contemporáneo.
La reproducción difícil
Para funcionar de manera relativamente armoniosa,
el capitalismo necesita de un tasa de ganancia
suficiente, pero también de mercados.
Pero esto no es suficiente y debe satisfacerse
una condición suplementaria: la que
se manifiesta bajo la forma de nuevos mercados:
éstos deben corresponder a sectores
susceptibles de hacer compatibles un crecimiento
sostenido con una tasa de ganancia mantenida,
gracias a las ganancias de la productividad
inducidas. Ahora bien, esta adecuación
está constantemente cuestionada por
la evolución de las necesidades sociales.
En la medida que el bloqueo salarial se
impone como el medio privilegiado de rentabilidad
del beneficio en Europa, el crecimiento
posible está a priori contrariado.
Pero ésta no es la única razón;
hay que encontrarla más bien en los
límites de tamaño y de dinamismo
de esos nuevos mercados. La multiplicación
de bienes innovadores no es suficiente para
constituir un nuevo mercado de un tamaño
tan considerable como una serie de automóviles,
que arrastra no solamente a la industria
del automóvil sino también
a los servicios de manutención y
a las infraestructuras viarias y urbanas.
La extensión relativamente limitada
de los mercados potenciales no ha sido tampoco
compensada por el crecimiento de la demanda.
Faltaba desde este punto de vista un elemento
de cierre importante que debía llevar
las ganancias de productividad a progresiones
rápidas de la demanda en función
de bajadas de precios relativas, inducidas
por las avances de la productividad.
A continuación asistimos a un desplazamiento
de la demanda social, de los bienes manufacturados
hacia los servicios, que se corresponde
mal con las exigencias de la acumulación
del capital. Esta deriva se orienta hacia
las zonas de producción (de bienes
o de servicios) de un débil potencial
en productividad. También entre bastidores
del aparato productivo, las gastos de servicios
ven aumentar su proporción. Esta
modificación estructural de la demanda
social es una de las causes esenciales de
la desaceleración de la productividad
que, a continuación, enrarecen las
oportunidades de inversiones rentables.
Pero la productividad no se desacelera porque
la acumulación se ralentice. Más
bien al contrario, porque la productividad–
en tanto que indicador de beneficios anticipados–
se frena, la acumulación decae y
el crecimiento se contiene, lo cual tiene
efectos suplementarios sobre la productividad.
Otro elemento que debemos tomar en consideración
es la formación de une economía
realmente mundializada que, confrontando
las necesidades sociales más elementales
del Sur con las normas de competitividad
del Norte, tiende a excluir a los productores
(y por tanto a las necesidades) del Sur.
En estas condiciones, la distribución
de los beneficios no es suficiente, si éstos
se invierten en sectores en los que la productividad
–inferior o con un crecimiento más
lento– lastra las condiciones generales
de la rentabilidad. Como la transferencia
no está frenada o compensada por
una relativa saturación de la demanda
adecuada, el salario deja, parcialmente
de estar adecuado a la estructura de la
oferta y por consiguiente debe ser bloqueado.
La desigualdad del reparto en favor de las
capas sociales adineradas (también
a escala mundial) representa entonces, hasta
un cierto punto, una solución al
problema de la realización de los
beneficios.
El estancamiento del capitalismo en una
fase depresiva resulta por tanto de una
brecha creciente entre la transformación
de las necesidades sociales y el modo capitalista
de reconocimiento y de satisfacción,
de esas necesidades. Pero esto quiere decir
también que el perfil particular
de la fase actual pone en acción,
posiblemente por primera vez en su historia,
los elementos de una crisis sistemática
del capitalismo. Incluso podemos adelantar
la hipótesis de que el capitalismo
ha agotado su potencial de progreso, en
el sentido de que su reproducción
pasa en adelante por una involución
social generalizada. En todo caso, debemos
constatar que se restringen sus capacidades
actuales de ajuste en sus principales dimensiones,
tecnológicas, sociales y geográficas.
El capitalismo contemporáneo se caracteriza
por un progreso técnico latente conjugado
con importantes avances de la productividad
virtual. Pero la movilización de
estas potencialidades se enfrenta con un
triple límite: – la insuficiencia
de la acumulación representa un freno
para la difusión de los nuevos equipamientos
y para el rejuvenecimiento rápido
del stock de capital; – la imbricación
creciente entre la industria y los servicios
en el corazón mismo del aparato productivo
contribuye a tirar hacia abajo los niveles
globales de la productividad; – el
insuficiente dinamismo de la demande refuerza
el efecto precedente y añade un factor
especifico de inadecuación a la oferta,
a la vez por el descenso de la elasticidad
de la demanda a los precios de los nuevos
productos, y por el desplazamiento de la
demanda social hacia servicios de menor
productividad.
Por tanto, si la tecnología no permite
ya modelar la satisfacción de las
necesidades sociales sobre la base de mercancías
con fuerte productividad, esto significa
que la adecuación a las necesidades
sociales está cada vez más
amenazada y las desigualdades crecientes
a la hora del reparto de las rentas acaban
siendo la condición de la realización
de las ganancias. Por esta razón
el capitalismo, en su dimensión social,
es incapaz de proponer un “acuerdo
institucionalizado” aceptable, dicho
de otra manera, un reparto equitativo de
los frutos del desarrollo. Reivindica, de
une manera completamente contradictoria
con su discurso elaborado durante la “edad
de oro” de los años de expansión,
la necesidad de la regresión social
para sostener el dinamismo de la acumulación.
Sin una modificación profunda de
las relaciones de fuerzas, parece incapaz
de volver por sí mismo a una distribución
más equilibrada de la riqueza.
En fin, desde el punto de vista geográfico,
el capitalismo ha perdido su vocación
de extensión en profundidad. La apertura
de vastos mercados potenciales después
de la caída del Muro de Berlín
no ha constituido el nuevo Eldorado imaginado,
y por consiguiente tampoco el “choque
exógeno” salvador. La estructuración
de la economía mundial tiende a endurecer
los mecanismos de expulsión forzada
restringiendo a los países del Sur
cualquier posible alineamiento sobre las
normas de la hiper–competitividad.
Cada vez más, la figura armoniosa
de la Tríada es reemplazada por las
relaciones conflictivas entre los tres polos
dominantes. El dinamismo reciente de los
Estados Unidos no sienta las bases de un
régimen de crecimiento que pudiera
a continuación reforzarse por su
extensión al resto del mundo. Sus
contrapartidas se muestran cada vez más
evidentes, bajo la forma de un agotamiento
del crecimiento en Europa y aún más
en Japón. Finalmente, la relación
entre el Norte y los grandes países
emergentes del Sur (China, India, etc.)
está profundamente desequilibrada.
Por ello, la fase actual del capitalismo
está situada bajo el signo de un
aumento de las tensiones entre los polos
dominantes de la economía mundial
y una inestabilidad creciente de ella.
En resumen, las posibilidades de remodelación
de estas tres dimensiones (tecnológica,
social, geográfica) susceptibles
de suministrar el marco institucional de
una nueva fase expansiva parecen limitadas
y esta onda larga está llamada probablemente
a prolongarse en condiciones de débil
crecimiento. Parafraseando una formula célebre,
la Edad de Oro ha representado sin duda
“la fase superior del capitalismo”,
todo lo bueno que podía ofrecer.
Retirando ostensiblemente esta oferta proclama
la reivindicación de un auténtico
derecho a la regresión social.
¿Nueva
economía, nueva onda larga?
¿Estamos
entrando en una nueva fase de crecimiento
duradero? Podemos reunir los elementos de
repuesta ya propuestos enunciando de manera
sintética los ingredientes de una
fase expansiva: como condiciones inmediatas,
un nivel suficientemente elevado de la tasa
de ganancia y la recuperación de
la acumulación; un contexto relativamente
estable, especialmente desde el punto de
vista de la estructuración de la
economía mundial, que asegure las
condiciones de mantenimiento de la tasa
de ganancia a un nivel elevado. Este primer
conjunto de condiciones definen un esquema
de reproducción que establece que
se compra lo que se produce. No obstante
hay que añadir las exigencia de legitimidad
social que define un “orden productivo”
y garantiza la reproducción general
del modelo.
La especificidad absolutamente inédita
de la fase actual radica precisamente en
que el restablecimiento de la tasa de ganancia
no ha permitido la recuperación de
ninguna de las otras curvas del capitalismo.
La tasa de acumulación, la tasa de
crecimiento del PIB y de la productividad
del trabajo están todas a la baja,
precisamente cuando la tasa de ganancia
crece.
Cierto, la fase más reciente de la
“nueva economía” se ha
desplazado en parte hacia los Estados Unidos,
donde se ha podido constatar una modificación
de las tres curvas: acumulación,
crecimiento y productividad. Pero dicho
restablecimiento ha sido muy limitado en
el tiempo y todavía más en
el espacio: a pesar de la recuperación,
de los avances en la tasa de ganancia, el
capitalismo mundial no ha entrado en una
nueva fase expansiva. Le han faltado esencialmente
tres atributos : un orden económico
mundial, áreas de acumulación
rentable suficientemente extensas y un modo
de legitimación social. La fase actual
está particularmente dilatada, porque
no ha sido capaz de concluir en un orden
productivo coherente y sobre una estructuración
estable de la economía mundial.
Podemos situar sintéticamente la
matriz teórica propuesta aquí
respecto a otros enfoques. No se opone como
tal al enfoque regulacionista [13] inicial,
con el que presenta puntos comunes en cuanto
a las cuestiones planteadas y a su principio
general: para funcionar bien, el capitalismo
necesita de un conjunto de elementos constitutivos
de lo que podemos llamar un modo de regulación,
un orden productivo o un periodo histórico.
Lo importante es combinar la historicidad
y la posibilidad de esquemas de reproducción
relativamente estables. Pero hay que distanciarse
de los trabajos regulacionistas de la “segunda
generación” situados bajo el
signo de la armonía espontánea,
y atentos sobre todo a diseñar las
líneas de un nuevo contrato social,
como si ésta fuera la lógica
natural de funcionamiento del capitalismo
y como si éste dispusiera permanentemente
de un stock de modos de regulación
y bastara con animarlo a elegir bien.
Este enfoque se distingue también
de una interpretación marxista monocausal
que hace de la tasa de ganancia instantánea
el alfa y el omega de la dinámica
del capital. Pero sobre todo, hay que diferenciarlo
de los enfoques que dan un papel desproporcionado
a la tecnología. Sí existe
una relación orgánica entre
la sucesión de ondas largas y las
revoluciones científicas y técnicas,
ésta no puede llevarnos une visión
“a lo Schumpeter” en la que
la innovación sería en sí
misma la clave de la apertura de una nueva
fase de expansión.
Las mutaciones ligadas a la informática
constituyen indudablemente un nuevo “paradigma
técnico–económico”
–por retomar la terminología
de Freeman y de Louçã [14]–
pero ésta no es suficiente para fundar
una nueva fase expansiva. Por ello es muy
urgente distanciarse de un cierto cientifismo
marxista que los defensores del capitalismo
toman a su cargo, fingiendo creer que la
revolución tecnológica en
curso basta para definir un modelo social
coherente.
La teoría de las ondas largas permite
reanudar con la radicalidad crítica
del marxismo. Si el capitalismo tiene tantas
dificultades para establecer las bases de
un orden relativamente estable y socialmente
atractivo, es porque está confrontado
a una verdadera crisis sistémica.
En adelante, su prosperidad se basa sobre
la negación de una gran parte de
las necesidades sociales. Llegado a este
estadio, las presiones que podemos ejercer
sobre él para hacerlo funcionar de
otra manera, para “regularlo”,
deben ser tan fuertes que se distingan cada
vez menos de un proyecto global de transformación
social. Por consiguiente, hay que aprender
a ser radical, o dicho de otro modo, “a
ir a la raíz de las cosas”,
y el retorno a Marx es una etapa de este
trayecto. La edición resumida de
Gabriel Deville tiene, desde este punto
de vista, la inmensa ventaja de hacer accesible
a un público amplio la obra maestra
de Marx.
Lecturas
complementarias
Ernest Mandel. El Capital. Cien años
de controversias en torno a la obra de Karl
Marx. Siglo XXI, México, 1985.
Ernest Mandel, Iniciación a la economía
marxista
http://www.ernestmandel.org/es/
Obras de Marx en internet
http://www.marxists.org/espanol/m-e/index.htm
El Capital en Internet
http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital.htm
Notas
[1] Prólogo a la edición resumida
del Capital de Gabriel Deville, Los libros
de la frontera, Barcelona, 2007.
[2] Jacques Attali, Karl Marx ou l’esprit
du monde, Fayard, Paris, 2005.
[3] Puede encontrarse una exposición
sintética en el primer capítulo
de A. Martin, M. Dupont, M. Husson, C. Samary
y H. Wilno, Elementos de análisis
económico marxista, Los Libros de
la Catarata, Serie Viento Sur, 2002, http://hussonet.free.fr/engranaj.pdf.
[4] Karl Marx, El Capital, Libro 3, Fondo
de Cultura Económica, México,
1995, p.360.
[5] Karl Marx, El Capital, Libro 3, Fondo
de Cultura Económica, México,
1995, p.374.
[6] Anwar M. Shaikh, “The Stock Market
and the Corporate Sector : A Profit-Based
Approach”, The Jerome Levy Economics
Institute, Working Paper n°146, 1995,
http://hussonet.free.fr/shaikh.pdf.
[7] André Gorz, L’immatériel,
Galilée, 2003.
[8] Enzo Rullani, “El capitalismo
cognitivo: du déjà vu?”,
traducción de “Le capitalisme
cognitif : du déjà-vu ?”,
Multitudes n°2, 2000,http://sindominio.net/arkitzean/multitudes/multitudes2/rullani.htm.
Para una crítica, ver Michel Husson,
“¿ Hemos entrado en el capitalismo
cognitivo ?”, http://hussonet.free.fr/cognitic.pdf.
[9] Karl Marx, Elementos fundamentales para
la critica de la economía política
(Grundrisse), Siglo XXI, Madrid, 1997, vol.2,
p.220.
[10] Karl Marx, El capital, esta edición,
p.287.
[11] Karl Marx, El Capital, Libro 3, Fondo
de Cultura Económica, México,
1995, p.759.
[12] Ernest Mandel, Las ondas largas del
desarrollo capitalista, Siglo XXI, Madrid,
1986.
[13] Para una crítica de la escuela
de la regulación, ver Michel Husson,
“L’école de la régulation,
de Marx à la Fondation Saint-Simon
: un aller sans retour ?”, en Jacques
Bidet y Eustache Kouvelakis, Dictionnaire
Marx contemporain, PUF, 2001, http://hussonet.free.fr/regula99.pdf.
[14] Christopher Freeman y Francisco Louçã,
As time goes by, From the Industrial Revolutions
to the Information Revolution, Oxford University
Press, 2002.
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