| De
Bagdad a Jerusalén… y vuelta
Escribe:
Paolo Gilardi Redactor
de Lignes Rouges de la Gauche anticapitaliste
Hasta
su muerte, el 11 de noviembre de 2004, el
presidente de la Autoridad Palestina, Yasser
Arafat, era persona no grata en el territorio
de Estados Unidos. En cuanto a la Organización
para la Liberación de Palestina,
la OLP, y a su componente mayoritario del
que Arafat era líder, figuraban siempre
en la lista de las organizaciones tildadas
por Washington de terroristas. ¡Menos
de tres años después, el gobierno
de EE.UU. le otorga unos 190 millones de
dólares -a los cuales se deberían
añadir otros 228 provenientes de
colectas semiprivadas- al sucesor de Arafat,
Mahmud Abbas, y a su organización,
Al Fatah!
Cuántos
cambios en menos de tres años! Es
a tal punto, que tanto Bush como la prensa
y los funcionarios israelíes llaman
al presidente de la Autoridad Palestina
por su antiguo nombre de guerra, Abu Mazen,
privándole hasta del orgullo de su
pasado como combatiente antisionista.
Un camino
aún no señalado…
Evidentemente, es
una evolución que no puede ser aislada
del contexto regional particular, marcado
por la quiebra de la estrategia imperial
en Medio Oriente, en primer lugar en Irak,
y en Afganistán.
En 2002, antes de la invasión a Irak,
eran muchos los que en los gobiernos occidentales
pretendían que primero había
que encontrar una salida al problema palestino
antes de atacar Irak. El camino a Bagdad,
decían, pasa primero por Jerusalén.
El ex secretario de Estado y organizador
de tantos golpes de Estado, Henry Kissinger,
les respondía afirmando que sólo
los cretinos pueden imaginar que el camino
a Bagdad pasa por Jerusalén, cuando
es exactamente al revés (International
Herald Tribune, 14/8/02).
Para él, como para muchos otros en
el seno del establishment yanqui, la victoria
en Irak era la premisa para realizar el
proyecto de un Gran Medio Oriente modernizado
y libre de feudos locales, en primer lugar
el de Arabia Saudita. Tal victoria no podía,
desde luego, más que provocar un
golpe decisivo a todas las fuerzas nacionalistas
y antiimperialistas en la región,
en primer lugar a la resistencia palestina.
Las cosas, lo sabemos, no ocurrieron como
se preveía. Incluso, por el contrario,
la teoría de Kissinger mantiene validez.
El fracaso de la estrategia imperial no
sólo provocó la guerra civil
en Irak, sino que también suscitó,
desde el sur de Irak hasta las costas orientales
del Mediterráneo, una movilización
y organización sin precedentes de
las poblaciones shiítas, las más
pobres de la región y que en el conjunto
del mundo árabe son excluidas del
poder. Entre ellas aumenta el prestigio
del Irán shiíta que se postula
como referencia panislamista, un Irán
que puede desempeñar un papel determinante
no sólo en materia de armas atómicas
-parecen ser tan míticas como las
armas de destrucción masiva de Saddam
Hussein-, sino en la fijación de
los precios del petróleo y el gas
natural.
Por otra parte, la resistencia nacional
en Irak, la recuperación de la ofensiva
de los talibanes en Afganistán, el
importante rol jugado por Hezbollah en la
derrota israelí en el Líbano
durante el verano de 2006 y la impresionante
movilización de las poblaciones pobres
del Líbano contra el gobierno proyanqui
de Fuad Siniora desbarataron el proyecto
de ahogar la voluntad de resistencia mediante
la afirmación de una superioridad
militar aplastante. Así, el camino
de Jerusalén aún no está
señalado…
Un escenario
que se repite
En este contexto interviene,
a fines de enero de 2006, la victoria electoral
de Hamas en Palestina, en el marco de elecciones
calificadas por los observadores de la ONU
y la Unión Europea como las más
democráticas que jamás se
hayan dado en Medio Oriente. Otra vez se
repetía un escenario que desde entonces
se convino en llamar la paradoja democrática,
que se resume en el hecho de que cada vez
que EE.UU. logra imponer elecciones son
sus propios enemigos quienes las ganan.
Este había sido el caso dos veces
en Irak en 2005 y lo fue de nuevo en los
territorios palestinos en enero de 2006.
Desde entonces todo fue armado, desde Washington
hasta Tel Aviv y pasando por las capitales
de la Unión Europea, para impedir
la puesta en pie de un gobierno dirigido
por Hamas. Éste, al contrario de
lo que se pretende, de ningún modo
intentó apropiarse de la totalidad
del poder ya que siempre predicó
la constitución de un gobierno de
coalición con Al Fatah. Esta disposición
a un gobierno de unidad nacional, además,
fue confirmada por Hamas incluso en febrero
pasado mediante la firma de los acuerdos
de La Meca.
Sin embargo, la creación de un gobierno
así fue sistemáticamente impedida
hasta el reciente golpe de Estado de Mahmud
Abbas en Cisjordania. En 2006, mientras
Washington multiplicaba las presiones para
evitar que sea reconocido un gobierno dirigido
por Hamas, Israel tomaba como pretexto la
captura del cabo Gilad Shalit por milicias
palestinas para lanzar una operación
de larga duración en Gaza, operación
en parte ocultada por la guerra de 33 días
contra el Líbano pero que como mínimo
provocó decenas de víctimas,
militares y civiles.
En cuanto a la UE, tomó a los palestinos
por la garganta bloqueando la ayuda financiera
prometida y que estaba destinada a la construcción
de un aparato de Estado. Así es como
los empleados públicos fueron privados
de salarios durante unos dieciséis
meses. Muchos de ellos, policías,
se pasaron con armas y bagajes a las milicias
de Hamas, mientras las escuelas cerraban
sus puertas y los docentes procuraban ganarse
el pan de otro modo.
Este encarnizamiento para impedir la creación
de un gobierno de unidad nacional expresa,
por cierto, la voluntad del actual gobierno
de EE.UU. de proseguir la lucha contra el
Islam político; pero es sobre todo
el medio de agredir a Irán atacando
directa o indirectamente a sus aliados:
Hezbollah en el Líbano y Hamas en
Palestina. Por otra parte, para Israel,
la creación de tal gobierno sería
un obstáculo superior en la medida
en que expresaría una legitimidad
que Abbas solo, corrupto y muy desacreditado
entre la población, no podría
sostener.
Reconocimiento
implícito
Israel y EE.UU. tenían
urgencia en la medida en que un llamamiento
a favor de un gobierno de unidad nacional
había sido lanzado en junio del año
pasado por presos políticos surgidos
de todos los componentes de la resistencia
palestina. Conocido bajo el nombre de Documento
de los Presos Políticos, este llamamiento
expresaba el consenso logrado entre Marwan
Barghuti, dirigente de Al Fatah; Kaletz
al Natseh de Hamas, Rahim Maluh del Frente
Popular para la Liberación de Palestina
y Bassam al Sadi del grupo Jihad Islámica.
Aunque incluyendo entre sus 18 puntos reivindicaciones
inaceptables para el Estado de Israel, como
por ejemplo el derecho al retorno de los
refugiados de 1947 y 1967 -una reivindicación
que Israel jamás aceptó en
la medida en que eso implicaría restituir
las tierras sobre las cuales se fundó
el Estado sionista-, el Documento de los
Presos contenía un reconocimiento
implícito del Estado de Israel. En
efecto, al reivindicar un Estado palestino
en Gaza, Cisjordania y Jerusalén
Este, aceptaba de hecho la existencia
de otro Estado en las otras partes de la
Palestina histórica.
Este reconocimiento implícito se
confirmó durante la conferencia de
La Meca de febrero pasado. Reunida por el
rey Abdallah de Arabia Saudita a fin de
encontrar una solución al conflicto
interpalestino -y tratar de oponerse a la
influencia creciente de Irán-, la
conferencia en la cual participaron Abbas
y el primer ministro palestino miembro de
Hamas, Ismail Haniya, concluyó en
un proyecto de gobierno palestino de unidad
nacional alrededor de ocho prioridades,
incluida la reconstrucción económica
del país, la restauración
de la ley, la lucha contra la corrupción
y la continuación de las negociaciones
con Israel, lo que vuelve a aceptar su existencia.
Pese a eso, los acuerdos de La Meca fueron
rechazados por Washington y Tel Aviv, que
desde enero de 2006 empujan a Abbas a lanzar
una ofensiva militar contra Hamas. A tal
fin, a principios de junio de este año
el gobierno israelí dio luz verde
para entregas masivas de armas a las milicias
de Al Fatah en Gaza.
¿Golpe
de Hamas o… de Al Fatah?
A Mohammad Dahlan,
hombre de EE.UU. en la conducción
palestina, ex jefe de los servicios especiales
y actual responsable de la seguridad del
presidente, le cupo el honor de poner en
marcha la ofensiva. Símbolo de la
corrupción que gangrena a Al Fatah
y héroe de todos los que en el seno
del aparato palestino no están dispuestos
a ceder ni una pizca de sus privilegios,
desde la victoria electoral de Hamas se
negaba sistemáticamente a poner las
fuerzas de seguridad bajo la autoridad del
gobierno.
Sus milicias en Gaza no dejaron de agredir
a las de Hamas y sus ataques se intensificaron
desde enero de 2006. Pese a eso, Hamas siguió
buscando el acuerdo con él hasta
junio de este año, cuando se hacía
cada vez más evidente que Dahlan
preparaba un escenario a la argelina, es
decir un golpe de Estado en Gaza que, como
el que perpetró el ejército
argelino en 1992 y que había privado
al Frente Islámico de Salvación
de su victoria electoral, privaría
de la suya a Hamas.
El intento de golpe de Estado de principios
de junio fue un verdadero fracaso. Las milicias
corruptas de Dahlan no duraron más
de seis horas ante la reacción de
Hamas, ampliamente apoyada en este caso
por la población, siendo Dahlan,
personaje brutal y particularmente corrupto,
uno de los personajes más detestados
de Gaza.
La derrota de este intento de golpe y la
huida de Dahlan de Gaza fue tomada entonces
como pretexto por Abbas para formar un nuevo
gobierno en Cisjordania excluyendo a Hamas,
pese a la enésima proposición
de este último y al frustrado intento
de golpe, de crear un gobierno de coalición.
Un hombre de Al Fatah, Salam Fayad, se encargó
de dirigir el gobierno de combate contra
una fuerza que está lejos de ser
insignificante en Cisjordania, ya que sólo
con los votos obtenidos en Gaza Hamas no
hubiera podido ganar las elecciones de enero
de 2006.
Se concreta así, como lo dice Michel
Warshawski, militante israelí antisionista
y director del Centro de Información
Alternativa de Jerusalén, el
viejo sueño israelí de poder
negociar con una dirección palestina
confinada en Cisjordania y a la desesperada
búsqueda de un acuerdo (web de Alternative
Information Center, 18/7).
Vichy sobre
el Jordán
En
este sentido se debe entender la súbita
generosidad norteamericana, israelí
y europea con respecto a Abbas. En efecto;
además de los 190 millones de dólares
yanquis citados al comienzo -y de los cuales
90 son destinados a las fuerzas de seguridad
de Al Fatah-, Israel le devolvió
al gobierno Abbas-Fayad los 144 millones
de dólares de impuesto anticipado
que retenía desde julio del año
pasado, mientras que la Unión Europea
anunció la continuidad de la ayuda.
En una entrevista concedida conjuntamente
al Times de Londres, al berlinés
Die Zeit y al italiano Corriere della
Sera el día de su entronización,
el nuevo presidente israelí Shimon
Peres explica que la combinación
entre Abu Mazen y el primer ministro Salam
Fayad es muy alentadora. Contrariamente
a Hamas, son serios, racionales y quieren
la paz con Israel. Es una buena oportunidad.
(25/7) Y es también por eso
que Israel acaba de liberar unos 250 presos
palestinos. Así mata dos pájaros
de un tiro: no sólo esa liberación
debería atribuirse a favor de la
política seria y racional de Abbas,
sino que restituye 200 combatientes a las
milicias de Al Fatah -el 85 % de los presos
liberados son miembros de las brigadas de
Al Fatah, los mártires de Al Aqsa-,
a quienes necesitan para combatir a las
milicias de Hamas en Cisjordania y Gaza.
La elección es clara. En su conferencia
de prensa del 24 de julio, el presidente
Bush lo resumió perfectamente. Dijo:
De un lado está Abu Mazen, que
trata de crear en los territorios palestinos
las instituciones de una democracia moderna.
Del otro está Hamas, que se dedica
al extremismo y al terrorismo (International
Herald Tribune, 17/7). La lógica
de la guerra de civilización y de
la guerra infinita contra el terrorismo
surge a plena luz: por un lado, los modernos
y democráticos Amir Karzai en Afganistán,
Siniora en Líbano, Al Maliki en Irak
y Abu Mazen en Palestina; por el otro, los
terroristas islamistas.
Sin embargo, al contrario que en Afganistán
e Irak, una intervención militar
directa del imperialismo yanqui y su agente
local no sería la mejor de las opciones
posibles en el Líbano y Palestina.
El fracaso de los 33 días de guerra
del verano de 2006 todavía afecta
profundamente a la conducción -y
la sociedad- israelí. Por eso los
gobiernos a las órdenes de EE.UU.
e Israel son los encargados de la represión.
En Líbano, Siniora lo intenta bajo
la protección de la fuerza multinacional
desplegada allí, como lo reconoce
el ministro italiano de Asuntos Exteriores
Massimo D’Alema, para proteger a Israel
(Corriere della Sera, 17/7). En Palestina
cumple la tarea el gobierno Abbas-Fayad,
como en Francia bajo la ocupación
alemana la cumplía el gobierno del
mariscal Pétain instalado en la pequeña
ciudad de Vichy.
¿Nuevas
intervenciones a la vista?
La multiplicación
de los enfrentamientos entre las fracciones
palestinas, querida y dirigida por los imperialistas,
contribuye a su vez a confirmar la idea
profundamente racista del choque de civilizaciones.
De hecho todo un pueblo, el palestino, no
sólo es víctima «colateral»
de los combates entre milicias, sino que
a los ojos del mundo y sobre todo de la
sociedad israelí es asimilado a hordas
salvajes.
Funcionales hoy a los imperativos de represión,
las agresiones entre milicias opuestas van
a servir mañana para legitimar la
intervención, evidentemente humanitaria
-con las armas más sofisticadas-
de los autoproclamados representantes de
la civilización, la que, para retomar
las palabras de S. Peres, es seria y racional.
En este sentido, la asimilación de
la población de Gaza en su conjunto
a Hamas y a la guerra civil prepara nuevas
agresiones y bombardeos y una puesta en
cuarentena que podría convertirse
en una hambruna dramática.
En tal sentido, una de las tareas de la
izquierda palestina debería ser desarrollar
un amplio movimiento contra la guerra civil
para oponer a la división mantenida
por el sionismo y EE.UU. las tareas de solidaridad
antiimperialista. Por ahora no parece fácil
de lograr, aunque el pasado 14 de junio
varios cientos de personas salieron a las
calles de Gaza al llamado del Frente Popular
para la Liberación de Palestina (FPLP)
y del Frente Democrático de Liberación
de Palestina (FDLP) para exigir el fin de
los combates entre fracciones.
Vuelta a Bagdad
La estrategia imperialista
en Palestina, como hemos dicho, no puede
ser aislada del contexto regional. Más
aún porque los apoyos y los millones
ofrecidos a Abbas coinciden con un aumento
de la ayuda militar yanqui a Arabia Saudita
y Egipto por un lado, y con un crecimiento
del 25% de la ayuda militar provista a Israel
por el otro.
La elección de los beneficiarios
de la ayuda coincide con las invitaciones
a la conferencia de paz sin extremistas
que quiere Bush. Excluyendo de ésta
a Hamas y sus patrocinadores, Irán
y Siria, el gobierno de EE.UU. asocia de
hecho a Egipto, Israel, Al Fatah, Jordania
y Arabia Saudita a su política de
restablecer su dominio regional en misión
antiiraní. Porque al contrario de
lo que se quiere dar a entender, y aun si
debían ser obligados a retirar las
tropas del suelo de Irak, no es en absoluto
con la intención de abandonar el
sueño del establishment yanqui -sea
demócrata o republicano- de un Gran
Medio Oriente totalmente entregado a los
mercados.
Entretanto, la Administración Bush
prepara el despliegue del primer escuadrón
de armas robot en los cielos de Irak para
antes de fines del 2007. Se trata de una
nueva generación de drones, esos
aviones de reconocimiento sin piloto conocidos
con el nombre de Predator. Sin embargo,
los nuevos aviones -su nombre es Reaper,
segadora- no se limitan la vigilancia, ya
que son tan grandes como un caza y están
equipados con cuatro misiles y numerosas
bombas. Para recibirlos, desde hace algunos
meses las tropas yanquis están ampliando
la base de Balal, la más grande de
Irak.
Así, volviendo a Henry Kissinger,
el camino a Jerusalén pasa de nuevo
por Bagdad.
Retomar la
iniciativa
Se trata pues de que
el movimiento antiguerra, en especial en
EE.UU. y también en todas partes,
retome la iniciativa no sólo por
el retiro total e inmediato de las tropas
de ocupación de Irak sino también
contra el sionismo y la represión
ejercida por Al Fatah, y por el desmantelamiento
de las bases militares yanquis en Medio
Oriente, Europa, Asia y América Latina.
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